miércoles, julio 26, 2017

LA GUERRA CONTRA LA POBREZA: ¿DÓNDE ESTÁ EL PLAN MILITAR?


La pobreza en la Argentina existe sólo por la enorme desorganización del país, por la haraganería en pensar en cómo solucionar los problemas, y por la escasa voluntad de ejecutar con eficiencia.
El tema del aumento de pobres en las últimas décadas aparece en forma muy insistente tanto en los discursos de campaña como en los periódicos, radio, televisión, y, en menor medida, en las redes sociales. Sin embargo, más allá de adjudicar los pobres a una política económica u a otra, aún intentando diferenciar la complejidad del tema, poco se habla o se dice de cómo comenzar a solucionar el problema.
El nuevo gobierno, del mismo modo que los anteriores, debe hacerse cargo de un territorio con aproximadamente 13 millones de pobres, es decir gente en condiciones de vida muy precarias, muchas veces sin una vivienda mínimamente digna, sin trabajo, sin educación y sin servicios de higiene o salud. Las soluciones que han aparecido son los planes sociales, dinero entregado directamente a esas personas, o la promesa de que las condiciones mejorarán cuando la economía crezca, haya más trabajos, etc. etc. Las opiniones y promesas, ya todos las conocemos.  Lo que no vemos, frente a un problema de esta magnitud es la voluntad de encararlo como un todo con una planificación adecuada que en unos pocos meses elimine lo endémico de la situación e invente rápidamente una solución primaria que vaya retroalimentándose hasta terminar con el problema y contar con 13 millones de personas más sanas, medianamente educadas y con un oficio o profesión. Si se trata de una guerra, como tantas veces se dice desde el Gobierno y la oposición, ¿no haría falta entonces un plan militar a ser ejecutado sobre el territorio que ocupa esa población? Es decir un plan semejante al que un ejército de ocupación eficiente organizaría en un territorio amigo devastado al cual se quiere ver progresar. Digamos, Alemania o Japón después de la Segunda Guerra Mundial.
 Sí, la urbanización de las villas es el primer paso correcto, la creación de más redes de agua y cloacas que aquí y allá acompañan el proceso, también. Pero hace falta mucho más: enmarcar estas buenas políticas parciales dentro de un plan más general.
Cuando se piensa que si la economía mejora, la pobreza disminuirá no se piensa bien, ya que se omite todo lo endémico de esta pobreza y aquello  que en primer lugar llevó a esta situación:  la desatención básica original de algunos grupos de personas, a los que se fueron sumando inmigrantes de países vecinos, creando así una inmensa masa de desatendidos que no ha dejado de multiplicarse en el tiempo. ¿Cómo procedería un plan militar para crear orden y seguro progreso al servicio de estas masas, por un lado, y al servicio secundario del resto de la población que no tiene por qué padecer las consecuencias de esta masa abandonada a sí misma(salvo por la limosna de los planes) y sin organización? En primer lugar, a organizarla territorialmente, lo cual supone un plan descentralizado con unidades que funcionen independientemente de un plan nacional inspirador pero no ejecutor. 
Las reformas necesarias para poder llevar a cabo este plan son las siguientes:
1) Reforma tributaria federal, de forma que los recursos no sean administrados a nivel nacional—excepto aquellos que sean necesarios para asegurar la administración específicamente nacional—y con la cesión equitativa de recaudación e impuestos y capacidad de endeudamiento en los niveles provincial, municipal y—una novedad—las unidades de rescate.
2) Creación de las unidades de rescate, financiadas primariamente con préstamos nacionales o internacionales a escala provincial o municipal. Cada unidad de rescate es una entidad autosuficiente y cooperativa en la cual los participantes serán los encargados de la construcción de viviendas, gestión de comedores, y diversas tareas de mantenimiento y uso dentro del predio o territorio asignado, y obligados—todos—a asistir a una escuela de formación básica en distintos niveles para niños, adolescentes y adultos y a cursos breves de higiene y salud a impartirse en la obligatoria sala de primeros auxilios de cada unidad. Las unidades de rescate pueden funcionar dentro de barrios ya existentes que serán demarcados territorialmente para fijar tanto la unidad como los residentes que pertenecen a ella y las tareas que deben ejecutar.
3) Registro nacional, provincial y municipal de personas en la pobreza de modo de establecer el lugar y población de las unidades de rescate.
4) Eliminación de los subsidios y planes nacionales, provinciales y municipales, y creación de la tarjeta Pertenecer, a través de la cual cobrarán un sueldo por el trabajo realizado en la unidad, y--esto seguiría como en la actualidad--la asignación universal por hijo.
5) Creación de una primera línea de créditos en el Banco Nación alimentada en primera instancia con el dinero que actualmente se deriva a los subsidios. Estas líneas de crédito serán alimentadas inmediatamente después con el ahorro y recursos productivos de las unidades de rescate, con los impuestos de las personas y actividades y negocios  agregados a la economía general, con gestión de financiación genuina en la banca privada, nacional o internacional, etc.
6) Reforma laboral y sindical que permita que, lo que los afiliados a los sindicatos puedan perder por leyes más flexibles, puedan ganarlo a través de la cooperativización sindical de los seguros de desempleo y una economía más libre no sujeta a abusos laborales y, por lo tanto, más móvil y creadora de empleos.
7) Facilitar la colaboración entre las unidades de rescate y los sindicatos de modo que éstos puedan ofrecer formación profesional y primera inserción laboral con certificación formativa.
8) Alentar a las cámaras de comercio e industria a crear planes de formación para oficios en desuso que puedan ser rehabilitados como valor agregado (p.ej. bordadoras para industria textil y de la moda; carpintería fina, etc.) y a colaborar en general en la dignificación de todas las artes y oficios, en particular los de alta demanda, como los servicios de enfermería, cuidado de niños y adultos mayores, etc.
9) Alentar a las cámaras profesionales a crear sistemas de promoción y becas para aquellos jóvenes de las unidades de rescate que demuestren cualidades sobresalientes para el estudio.
10) Desalentar la inmigración desde los países vecinos hasta que nuestra economía pueda absorberlos, y compartiendo este plan y técnicas de ejecución con esos países de modo que ellos puedan absorber esos mismos potenciales inmigrantes.
Como todos los planes eficientes, el plan nacional de creación de centenares de unidades de rescate en el todo el país, requiere un comienzo fácil de ejecutar y sin demasiado costo, al cual puedan ir agregándosele armónicamente las diferentes capas de pertenencia, cuidado, formación y desarrollo:
1.    Registro de las personas que formarán parte de estas unidades y definición y ubicación territorial de estas unidades.
2.    Rápida ubicación o creación de las escuelas y centro de salud dentro de la unidad de rescate.
3.    Emisión y entrega de la tarjeta Pertenecer con la respectiva identificación y bancarización de la persona y firma del contrato con la unidad de rescate.

Este principio de organización pondría inmediatamente en marcha el plan que este gobierno podría llamar, como lo hacía en campaña, Pobreza Cero, integrando en modo simbólico a los 13 millones de pobres a un camino de progreso.
Conseguir las leyes para las reformas puede resultar un poco más arduo, pero no si las unidades de rescate se crean por decreto en los niveles provincial y territorial, donde se pueden obtener leyes locales que zanjen la posible lucha política en el Congreso Nacional.  

Aunque, claro, quien tenga la iniciativa y audacia para iniciar y liderar este plan, seguramente no carecerá de la habilidad política para encontrar los socios que, más tarde, también se beneficiarán con el progreso conseguido. 

viernes, junio 30, 2017

EL PERONISMO CONSERVADOR Y EL MACRISMO


La inutilidad de las próximas primarias, en las que no se cumplirá el objetivo de elegir un único candidato entre varios aspirantes del mismo partido, hace que volvamos a interrogarnos acerca, ya no de esta anormalidad, sino de la aún mayor anormalidad de que hayamos perdido las antiguas referencias partidarias que nos sirvieron durante medio siglo.

 La primer gran ruptura la produjo Alfonsín en el Partido Radical, llevando al radicalismo un poco más a la izquierda de lo acostumbrado, novedad que fue seguida por un Menem realizando el movimiento opuesto y uniendo al Justicialismo no sólo con los Conservadores que ya habían acompañado al Gral. Perón en su regreso, sino con los antiguos enemigos liberales. Co éstos, el peronismo conservador entró en una estrecha y ya indisoluble alianza, posiblemente la que hoy es menos reconocida como vigente, recoge menos prensa, tiene menos expresión formal y aparece como una forma de peronismo replegada. Para muchos el peronismo conservador-liberal sólo pertenece a la era menemista, fue liquidado en el 2001, y en el mejor de los casos, se lo percibe absorbido y superado por el macrismo.

El peronismo conservador, sin embargo, merece una mirada más atenta, ya que contiene lo mejor y más avanzado del pasado peronista, y, suficientemente hecho conciencia, o más bien, regresado a la conciencia, en una población hoy sin suficiente liderazgo político de envergadura—hablamos de la envergadura de un Perón estadista—puede ser la llave que termine de colocar a la Argentina en su definitivo sendero.

Si Alfonsín y Duhalde no hubiesen conspirado para acelerar la caída de de la Rúa y del ministro Cavallo, el mismo que había hecho el milagro de la modernización argentina, antes de que Menem le pidiese la renuncia, deteniendo con este hecho el proceso modernizador—faltaba lo que aún falta, reforma fiscal federal y descentralización plena—el proceso de modernización hubiese continuado. Aunque fuese a los tumbos, con sucesivas elecciones, se hubiera avanzado en el mismo camino, logrando el éxito final que aún hoy debe perseguir con infinito esfuerzo el continuador de aquella modernización, el presidente Macri. En cambio, Alfonsín y Duhalde retrocedieron en la modernización, arruinaron lo que se había logrado y abrieron a puerta a los Kirchner con los resultados ya conocidos.

Estos dos grandes cambios hacia fines del siglo pasado y comienzo de éste producidos por el Radicalismo y el Peronismo nos dicen mucho acerca de lo que verdaderamente está sucediendo en términos políticos dentro de la Argentina profunda. No se trata tanto de que en 2001 estallase el sistema de partidos políticos sino, más bien, del avance lento y tortuoso pero inevitable de las corrientes históricas tradicionales, requeridas de una nueva formulación adecuada a la época.

En realidad, tenemos a los mismos actores de siempre, el Radicalismo, el Peronismo, el Conservadurismo local, Liberal o no y las izquierdas, pero todos combinados de modos disfuncionales. La disfuncionalidad de las PASO es el reflejo de esta disfuncionalidad.  Por esa disfuncionalidad, el dedo. ¿Cómo resolver si no con el dedo autoritario quién debe ser el candidato en cualquiera de los partidos donde una fracción que poco y nada tiene que ver con la tradición de ese partido lo controla y anula toda expresión de quienes podrían representarlo con mayor fidelidad en la interpretación de la historia?

El Partido Radical encorseta al Presidente Macri en una lenta y parsimoniosa social-democracia, impidiéndole la necesaria velocidad liberal para volver al camino abandonado de los 90 y el kirchnerismo residual hace todo lo posible para mantener paralizado un Partido Justicialista que debería ser, por historia, representado por el peronismo más genuino. Ese peronismo conservador hoy ausente en el escenario político como entidad consistente, el que supo tanto hacer la productiva alianza con los liberales como asegurar un verdadero progresismo hacia el siglo XXI, y el que, abrazando tanto el crecimiento nacional como la globalización, la revolución de las costumbres como el avance tecnológico, nos dio como argentinos un lugar en el Grupo de los 20 países más relevantes del mundo.

Así, estas inminentes primarias tienen como única ventaja dejar expuesta la única brecha, el único divorcio importante que existe en la Argentina: el que existe entre representantes y representados. Entre los muchos peronismos que se presentan con sus propios partidos o frentes y sus únicos candidatos ya elegidos—Massa (insistiendo con Stolbitzer en el tipo de alianza con el radicalismo iniciado por Alfonsín y Duhalde, y luego por Kirchner-Cobos), la inefable ex-presidenta, los ex ministros, etc.—hay uno, el más genuino, ese que justamente no figura en la lista: el peronismo conservador.

Ese peronismo está compuesto de una importante mayoría de argentinos fieles a la doctrina y a la tradición a la vez que ya actualizados en una economía liberal desde los tiempos de Menem y Cavallo, quienes, tras el inmenso desastre de Duhalde y los Kirchner, continúan ofreciendo un punto de referencia, tal vez imperfecto pero, sin duda, orientado en el sentido correcto.

Es ese punto de referencia incorporado el que hoy hace que los peronistas conservadores sin liderazgo nacional propio ni partido dónde crearlo, busquen refugio en Macri, algunos bajo la forma de apoyo electoral y otros de modo más literal colaborando con el PRO o el gobierno. Pero éste no es un esquema estable. Sigue haciendo falta un partido que permita que los aspirantes al liderazgo de una posición conservadora, nacional y liberal a la vez, compitan entre ellos para consolidar y administrar mejores gobiernos. Hace falta consistencia—es decir, dentro de una misma visión de país general, competir no por visiones opuestas cómo en las últimas décadas, sino por diferentes estilos de gestión o diferentes acentos o prioridades dentro de la visión general. Del mismo modo, del otro lado, hace falta el otro partido que encarne, ahí sí, la visión  opuesta.

Es así como el peronismo conservador y liberal, hoy sosteniendo a Macri, debe ser reconocido, observado y acompañado en su proceso, de modo de colocar una gran mayoría de argentinos hoy desencaminados y escépticos en el camino de buscar y elegir a quién los represente fielmente. Sólo una mente poco imaginativa puede creer que esto perjudique las chances de éxito del actual gobierno. Muy por el contrario, puede transformarse en la mejor garantía de su sostén y progreso y, si la historia continúa siendo lo que es, pura evolución hacia algo mejor, siempre y a pesar de todo. Este peronismo hoy desorganizado constituye quizá la base para la recuperación de uno de los dos grandes partidos nacionales que los argentinos perdimos cuando una combinación de usurpadores, antiguos enemigos gorilas y una jueza electoral decididamente antiperonista, lograron que durante casi veinte años el Partido Justicialista no volviera a tener elecciones internas, ni a tener un nuevo liderazgo realmente elegido por los afiliados y simpatizantes ni a expresar una genuina continuidad histórica.

El germen de este futuro promisorio está sin duda en el conjunto de gobernadores peronistas conservadores que hoy apoyan a Macri, aún con las diferencias, en los peronistas que eligieron ayudar directamente a Macri (y tenemos que recordar al Momo Venegas, que lamentablemente acabamos de perder, y que fue un modelo para la actualización de las organizaciones gremiales) y en los muchos peronistas dispersos que aún creen—y fervientemente—en un final feliz para esta larga y triste etapa de la Argentina.

 Una etapa que debe su desdicha no a “la política de los 90 y al desastre del 2001” como repiten aún muchos ignorantes, sino a la confusión intelectual de muchos dirigentes políticos--extraviados en el sentido de la historia—y, más aún, a la creación de conjuntos políticos formados por opuestos, totalmente disfuncionales y mentirosos.

Entramos en la etapa final de la disfuncionalidad y en el aún brumoso comienzo de una nueva organización política, funcional a las ideas e intereses genuinos de los argentinos, sean cuales sean estos intereses, con los nuevos partidos renacidos de sus cenizas. Y, entre esas mismas cenizas, la misma Argentina de todas las herencias y tradiciones, está también lista para renacer, después del caos, en pura continuidad.

lunes, mayo 29, 2017

CÓMO ADUEÑARSE DE LA ARGENTINA O EL FIN DE LA DIVISIÓN


Las divisiones entre los argentinos vienen, ya lo sabemos, desde el inicio de su historia. Tironeados entre la tradición hispánica y la seducción del cada día más extenso e importante Imperio Británico, los argentinos fundadores tuvieron siempre ante sí el desafío de permanecer fieles a sí mismos e ingresar,  a la vez, en la ola más próspera y modernizadora. Otro hubiera sido el cantar si el Imperio Español hubiera generado los recursos, expansión y liderazgo de la modernidad mundial. Lamentablemente para nosotros, herederos de la Hispanidad, no fue así y—más allá de tener que conformarnos con las glorias del pasado remoto de nuestro propio Imperio—tuvimos que lidiar con nuestros sentimientos de envidia, desadaptación y, más tarde, con la necesidad de no perder el tren mundial, encontrando a la vez los recursos que nos permitieran mantener una identidad propia. La globalización no es un tema de hoy y bueno es recordarlo cuando hablamos de nuestras actuales divisiones entre argentinos,  ya no entre kirchneristas o anti kirchneristas, ya que el kirchnerismo, por suerte, es cada día más reconocido como lo que es, una fracción minoritaria de la izquierda anclada por conveniencia y no por convicción en el peronismo, sino de la división que ya lleva más de medio siglo, entre peronistas y antiperonistas.

Esta división atravesó diferentes etapas, donde predominaba una u otra fracción, luego de batallas siempre inconclusas en las cuales siempre se esperaba la próxima, la definitiva, en la cual el peronismo o el antiperonismo serían derrotados para siempre y la nueva historia de la Argentina quedaría lista para comenzar. Es bastante extraño que, después de tanto tiempo, en el cual ambas partes sufrieron desgastes y desprestigios inmensos, destrozando los partidos tradicionales en su lucha, no sean más numerosos los intelectuales y los dirigentes políticos que reparen en algo sencillo: la división existe porque se continúa alimentándola de manera artificial.

 En efecto, no existe en la realidad tal división. La división real que aportó el peronismo en los años 40 y 50, que fue la de introducir al poder a la clase trabajadora y organizarla, hace rato que fue absorbida por el total de la sociedad argentina, ya que absolutamente nadie discute ya el increíble aporte al ascenso social que realizó en aquel tiempo el revolucionario general Perón, y mucho menos discute la existencia de los sindicatos y de la CGT, aunque haya quejas fundamentadas acerca de su desempeño actual en la economía, un desempeño que debe ser, como tantas otras cosas, actualizado.

Tampoco nadie discute la necesidad de la inserción de la Argentina en el mundo, aunque muchos trastabillen ante los detalles de adaptación a la actual globalización,  sean peronistas o antiperonistas, un rasgo que habla de una dificultad nacional de adaptación y no de una división entre los argentinos.

Si la división no existe en la realidad y es artificialmente cultivada por líderes e intelectuales que buscan diferenciarse de este modo, ¿qué podemos hacer para superar este escollo y diferenciarnos de un modo más productivo? En primer lugar, ayudaría a unos y a otros asumir el total de la historia argentina como propia, sin importar el lado de la preferencia. La historia argentina es la que es, pasó lo que pasó, y somos, TODOS, lo que somos, es decir, la suma de TODOS los anteriores, más allá de quién sea nuestro héroe nacional favorito o de nuestro juicio personal sobre tal o cual período de la historia.  El efecto inmediato de asumir la realidad como lo que fue y es, será el de hacernos íntimamente dueños de la Argentina, integrando todas  sus partes del modo que mejor podamos. Personalmente, como peronista, admiro enormemente el período de colonia informal de Inglaterra que supimos tener y que puso a la Argentina a la cabeza de la modernidad en América Latina y nos dejó el esquema de una Argentina grande y productiva, globalizada (aún en términos coloniales, el flujo de riqueza hacia la Argentina fue enorme, también en capital humano) y lista para concretar la segunda parte de esta epopeya de grandeza, a la que admiro y con la cual, por contemporánea, simpatizo, cuando el General Perón levantó a todos los excluidos de la riqueza y los derechos a esta—una vez más, en esto, a la cabeza de América Latina—y dejó el país listo para lo que nunca volvió después, hasta el abortado intento de Menem y Cavallo en los años 90, una Argentina globalizada, moderna, altamente productiva y con una población integrada en términos de derechos e igualdad.  Tener esta visión y sentimiento integrados me ha permitido, desde hace mucho tiempo, comprender a la Argentina como una totalidad, en la cual mi identificación personal y mis preferencias no importan demasiado ya que lo que sobresale, siempre, es la necesidad nacional del momento, vista a través de TODA la historia del pasado y del futuro al cual queremos llegar, que no debe, nunca, desmentir los logros del pasado. A lo sumo, esta posición integradora me ha ganado el odio de todos aquellos que, peronistas o antiperonistas, prefieren seguir en el recorte de uno de los pasados antes que ver la realidad histórica total del presente.

Por eso la disyuntiva argentina no es entre peronismo o antiperonismo, ni entre el eufemismo de populismo o no populismo—ese comodín del lenguaje político que intenta mantener la misma división del pasado vestida con un nuevo y superficial ropaje. La actual división está justamente entre la gran mayoría de peronistas y antiperonistas que cae en esta trampa y la minoría que se ha dado cuenta de que la división es artificial e insiste en soluciones nacionales que atraviesen todo el arco ideológico. En el mismo gobierno del presidente Macri coexisten estas dos posiciones: unos insisten en alimentar las antiguas divisiones con el objeto de un predomino electoral, otros han dado el verdadero salto a la modernidad y el cambio y hablan de la Argentina y no de fracciones cuya inexistencia está demostrada en la carencia de partidos políticos organizados bajo claros liderazgos.  En todo caso, los incipientes movimientos y partidos políticos llaman a la organización bajo nuevas premisas, no abstractas, como Cambiemos—símbolo  cabal de esta etapa transicional de las divisiones caducas a divisiones que reflejen la necesidad del momento—sino concretas, alrededor de un proyecto específico.

El camino hacia una asunción de la Argentina como un patrimonio querido y común no será demasiado largo de recorrer una vez que la minoría que formula esta idea lo haga de manera clara y sencilla, de modo que llegue al total de la población y permita que lo que las grandes masas ya intuyen, sea un patrimonio colectivo consciente.

Adueñados todos de la Argentina, tendremos las divisiones normales en cualquier país pero no las de pulsión suicida o asesina que hemos tenido a lo largo de la historia más reciente. Los otros son también nosotros, y han hecho, también, algo bueno por el país, nos guste esto más o menos. Podremos entonces renovar nuestras energías, afinidades  y preferencias anotándonos en aquellas nuevas batallas que vale la pena dar: ¿debe ser la administración del país más bien social demócrata o liberal?, ¿cómo deben integrarse sindicatos y empresarios para obtener una mayor productividad que asegure una competencia global?, ¿cuáles son nuestras alianzas de mutua defensa en el mundo? Estas son algunas de las cuestiones importantes a resolver, hoy oscurecidas por una visión congelada de las divisiones del pasado que impiden ver la realidad con una mirada fresca y nuevamente tan creativa como la de la Generación del 80 o la del Gral. Perón.

Dueños de toda la historia argentina, finalmente asumida orgullosamente como propia en su totalidad, los argentinos habremos terminado con el lastre de las divisiones del pasado, y podremos encarar batallas más productivas.  Con la adrenalina y exagerada pasión de siempre, claro, porque en eso, como argentinos (y no como peronistas, según quería Borges) somos incorregibles.

miércoles, abril 19, 2017

MACRI Y LA LLAVE SECRETA


Con el viejo prejuicio que le hace preferir aliados radicales y un cómodo ideario desarrollista—aunque el desarrollismo haya gobernado apenas por un par de años y sólo haya podido hacerlo apoyado por el peronismo--el Presidente Macri se resiste a entrar en lo que quizá perciba como el barro de un peronismo al que hay mucho para reprocharle.

A pesar de los muchos peronistas que forman parte del PRO, no  existe en el gobierno una relación empática y  explícita con el peronismo más genuino. Más aún, por parte del actual gobierno existe una deliberada ceguera hacia los millones de peronistas hoy libres de ataduras. Esos peronistas que no se inclinaron nunca por el kirchnerismo, que miraron al PJ con espanto ante sus sucesivas agachadas ante la autocracia kirchnerista, y que terminaron depositando no sólo el voto sino una oscura esperanza en que el Macri de Boca sencillo y tenaz, por alguno de esos inesperados milagros argentinos, les devolviera la fe. Más allá de todas las distorsiones y dislates que sufrió el peronismo en las últimas décadas, esos mismos millones de peronistas continúan esperando un final feliz para un movimiento inconcluso, detenido en el tiempo, sin un liderazgo adecuado que actualice los instrumentos para el crecimiento de la Nación y real felicidad del pueblo, únicas metas aceptadas por el mismo General Perón como guía doctrinaria permanente.

Con una mirada sesgada, que desde la herida siempre viva del peronismo histórico incomprendido y perseguido, en ese peronismo tan masivo como huérfano de liderazgo, se ve con inmenso desagrado la siempre interesada confusión que desde el gobierno se persiste en hacer entre kirchnerismo y  peronismo, como si el primero fuera la cabal expresión del segundo y no su horrenda apropiación y distorsión. Todo esto sería, como a veces parece creerse desde el gobierno, un problema exclusivo de un peronismo que no supo hacerse valer o generar dirigentes inteligentes, si no fuese que, ignorado, ese peronismo queda como una inmensa masa boyante en el gran lago de los problemas irresueltos del país, transformándose por inercia en un obstáculo para el cambio. Esa masa informe y sin conducción asoma cada tanto bajo la forma de un peligro sobredimensionado e inminente, en especial durante las manifestaciones sindicales y de sectores marginales que no se sienten parte del cambio y que no saben ni qué pedir ni cómo negociar adecuadamente. Las conducciones alternativas al estilo de Sergio Massa y sus aliados social-demócratas sólo son aspirantes en un torneo en el cual el peronismo sólo busca a Macri o a un semejante, el Menem más perfecto, el Cavallo finalmente peronizado, promesas que la historia, hasta el día de hoy, no le cumplió. ¿Sólo el peronismo recuerda—y no siempre—que fue el primero en modernizar y reconciliar la Argentina, casi treinta años antes de Macri?

Semejante a la de los tiempos en que Perón irrumpió para equilibrar las fuerzas sociales y productivas, impidiendo que el país se deslizara hacia una izquierda sin retorno, la Argentina de hoy, con su más de treinta por ciento de pobres y en aumento—aunque más no sea por crecimiento demográfico—requiere de un nuevo Perón antes de que la suma de ojos cerrados y manos operando a medias en la economía cree una nueva inclinación hacia un inevitable estatismo donde se termine repartiendo la pobreza por igual. O sea, el socialismo a la cubana o en la versión Venezuela.

Si pudiera deshacerse del prejuicio histórico hacia el peronismo, el Presidente Macri quizá podría ver como potencialmente propio el peronismo de esos millones de peronistas sin liderazgo ni atención y hacer suya la llave secreta que siempre está a disposición de aquel que,  audaz en su visión, realmente desee el bien del país. Su estrategia de confrontar electoralmente con un kirchnerismo envuelto en la sábana del fantasma peronista seguramente se marchitaría aún más y algo nuevo sucedería bajo el sol argentino. La libertad de trazar una raya de justicia y legalidad, en primer término, sin oportunismos electorales, y la aún más preciada oportunidad de trazar la línea divisoria entre los que desean un libre mercado, nacional y global, con una gran participación privada de la inversión y el trabajo, antes que la acción estatal. Y aquí es donde el Presidente Macri debería enterarse de que no sólo existe la llave sino que hoy sólo él puede usarla.

La llave secreta no es otra que la que Perón supo usar en el pasado desde la Secretaría de Trabajo, aquel modesto invento desde el cual hizo una revolución que cambió la historia de por lo menos un país latinoamericano, el nuestro, poniéndolo a la vanguardia de la justicia social y logrando en pocos años transformar a una masa trabajadora sin formación y desorganizada, en una clase media educada y capaz de defenderse, no a través del Estado sino a través de organizaciones libres e independientes del Estado y del Gobierno. El peronismo, a pesar de haber concretado su revolución con mano férrea, autoritaria y muchas veces poco respetuosa de las libertades individuales, se preocupó por dotar a los trabajadores con entidades propias e independientes del Estado, comparables en poder a las entidades empresarias. Todo el resto dicho, esa fue su duradera e inextinguible revolución. El peronismo, llevado a su última instancia, no es otra cosa que los trabajadores organizados en sindicatos, con los sindicatos organizados en una gran Confederación General del Trabajo y apoyados por una organización política, las 62 organizaciones peronistas, útiles a la hora de construir poder electoral para asegurar, justamente, la representación sindical en el Congreso.

Así, la llave del peronismo no es otra que la llave de los trabajadores y la llave de los trabajadores está en las manos de cualquier gobierno que, en vez de temerles, decida asociarlos genuinamente a sus políticas. En su primer año de gobierno el Presidente Macri mostró una instintiva capacidad de conducción de los trabajadores organizados, asegurando la libertad de las paritarias y promoviendo la cláusula gatillo en la mayoría de las negociaciones de modo de proteger los salarios contra una inflación que sólo puede desaparecer gradualmente mientras se va ordenando el Estado. En este segundo año, el Presidente Macri parece haber renunciado a esta conducción indirecta del peronismo, creyendo erradamente que transformarlo en el enemigo elegido lo favorecerá en las elecciones.

La estrategia antes mencionada de confundir peronismo con kirchnerismo arrastra también a la CGT y a los trabajadores que se ven en la indeseable posición de oponerse a un gobierno al cual votaron y que les respondió bien en su primer año de gobierno, o permanecer invisibles e inmóviles. Ni siquiera piensan en líderes alternativos como Sergio Massa, que pretende muy específicamente conducir a ese peronismo huérfano, ya que los trabajadores tienen demasiados problemas como para esperar un fin de ciclo macrista y un nuevo liderazgo presidencial.  Desde ese peronismo huérfano, lo que se siente es que el momento es ahora y que el hombre de la decisión es el actual Presidente Macri.

 ¿Qué podría éste entonces hacer para, en vez de enemistarse con los trabajadores, amigarse y liderarlos? La principal política a la que el Presidente Macri debería esforzarse en asociar a los trabajadores es a la del cambio. No desde el discurso, sino desde la participación activa e interesada en ese cambio total de la economía y de los poderes del gobierno que el actual Presidente ha propuesto a los argentinos.  Sin los trabajadores enmarcados específicamente a través de sus organizaciones en nuevos programas que hagan ese cambio posible, no habrá cambio real y mucho menos cambio duradero, porque los problemas de los trabajadores permanecerán sin solución en la medida en que ellos mismos y sus organización no comprendan cuál es su participación en el cambio y contribuyan a éste de modo de beneficiarse en el tiempo. No hay entonces, como muchos desean, un final anunciado del peronismo sino una actualización pendiente e imprescindible de la columna vertebral del peronismo, sus trabajadores y sus organizaciones sindicales, una actualización que, increíblemente, y por su propia naturaleza, beneficiará tanto al gobierno y a su política de cambio como a las mismas organizaciones y trabajadores.

La llave secreta que el Presidente Macri puede usar es la de la continuidad de lo que fue la acción inicial del General Perón proyectada a las circunstancias actuales:
  •   Fortalecer la CGT y las organizaciones sindicales con un nuevo rol en la economía reconociéndoles su capacidad de liderar parte del cambio en tanto representan el capital humano productivo del país
  •  Conseguir que la CGT y las organizaciones sindicales apoyen nuevas leyes que bajen el costo laboral permitiéndoles gestionar y administrar un seguro de desempleo de sus afiliados, con compañías aseguradoras sindicales que funcionen a semejanza de las Obras Sociales en la atención de Salud.
  • Hacer que los sindicatos sean el primer lugar de referencia y contención de los millones de jóvenes hoy excluidos de la educación y el trabajo, ocupándose junto a otras organizaciones privadas de su formación (ver artículo El Plan Pertenecer)
  •  Aprovechar la experiencia de muchos líderes sindicales devenidos ellos mismos empresarios para crear un programa de Primera Empresa en la cual se ayude a los trabajadores con vocación emprendedora a formar su primera empresa
  • Dado el volumen de actividad económica que los sindicatos tendrán a su cargo en esta nueva etapa de una economía cien por cien capitalista y de libre mercado, considerar la creación sindical de un nuevo banco privado, el Banco Sindical, destinado a la concreción y solución de los problemas financieros de los trabajadores
  • Rescatar para los trabajadores la fortaleza de las organizaciones libres del pueblo, capaces de crecer hasta su mejor dimensión en una sociedad libre, en la cual el Estado tenga cada vez menos injerencia y obligación fiscal, trasladando estas obligaciones a los mismos trabajadores organizados en sindicatos, cooperativas y asociaciones sin fines de lucro
  • Confiar en que el único peronismo posible del siglo XXI es el peronismo de los trabajadores asociados en libertad para su propia protección y beneficio con nuevos instrumentos capitalistas (seguros, apoyo financiero, formación continua etc.) dentro de una economía libre,  como queda claro en los textos del General Perón actualizando La Comunidad Organizada, textos de un iluminado liberalismo visto desde el ángulo de los trabajadores, un punto de vista que muchos aún no pueden percibir y que, para bien de todos, convendría subrayar

Si pensamos que el Presidente Macri y Cambiemos ya tienen el apoyo implícito de las 62 Organizaciones conducidas por el Momo Venegas para llevar adelante un plan semejante al arriba descripto que pueda concretar el cambio en forma efectiva sin dejar afuera a lo que es en realidad su parte sustancial—los trabajadores actuales y los no trabajadores que desean trabajar—resulta  incomprensible imaginar una campaña electoral bienintencionada y honesta que no los incluya explícitamente y, con ellos, al verdadero peronismo.

Dejarlos sin liderazgo, o con el aparente liderazgo del kirchnerismo—al cual, es cierto difícilmente se vuelquen, justificando entonces que ignorarlos puede no ser demasiado peligroso—no alterará demasiado el resultado de las elecciones que, por descarte, ganará de todos modos Cambiemos. Pero, ¿es justo atrasar el progreso del cambio, no ser más enérgico y veloz, y más eficiente a la hora de terminar con la pobreza en nombre de relegar a un peronismo que se persiste en ver como molesto cuando se lo debería ver como socio principal?


No son las elecciones de Octubre 2017 las que están en juego, sino las de Octubre de 2019. Esas en las que se medirá cuán sintonizado está el Presidente Macri con las necesidades de todo el pueblo argentino y no sólo con las de una mitad. Porque esa famosa grieta de la que no termina de hablarse no tiene nada de nuevo. No se trata de la grieta entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo, sino de la antigua grieta entre el antiperonismo y el peronismo, con el antiperonismo hoy encarnado tanto en el kirchnerismo como en el a veces limitado pensamiento macrista sumado al antiguo antiperonismo radical, todos aliados en el no poder reconocer al peronismo genuino, a ese peronismo flotante, aferrado a su eterna tabla de la justa ley, hoy sin liderazgo pero con la llave secreta colgada del cuello. Sí, allí está, solito, ese peronismo que ha resistido el naufragio, tantas tormentas y que aún espera abrir con su llave y para siempre, la puerta grande de la historia argentina. Si el Presidente Macri no recoge la llave, otro lo hará. ¿Vale la pena la espera? 

jueves, marzo 09, 2017

PERIODISMO CONTAGIOSO

Mauricio Macri llegó al poder desnudo, sin molestarse en vestir trajes con los cuales distraer. Su vida, pública en extremo, jamás ocultó mujeres, ni padres ni primos ni amistades, mucho menos el dinero. Es, por lo tanto, llamativo que un periodismo hoy ocioso tras la caída brutal del kirchnerismo que tanta tela daba para cortar, ahora pretenda hacer bis e intentar ridículamente desnudar a un rey desnudo desde el primer día. Se comparan los contratos de los Kirchner con Baez con los de Macri padre y el Correo, y como en realidad eso es previo al gobierno del hijo, se desata en simultáneo el falso escándalo de Avianca basado en un siempre redituable “por las dudas”, y, de paso, se disemina a sotto voce la idea de un posible “impeachment” local, renovación del helicóptero. 
Estimulados por la adrenalina de los medios norteamericanos en la cacería del Presidente Trump, muchos periodistas se abrochan las insignias heroicas para confrontar al poder, y regresan a un pasado obligatoriamente inclinado a la izquierda con un poder local que siempre es más bien capitalista—salvo durante el período kirchnerista. Miméticos con la ola global parecen olvidar que Trump es, a los efectos de los Estados Unidos y por su atrasado nacionalismo desglobalizador, más bien un Kirchner que un Macri.  El New York Times de hoy es el Lanata de ayer, ese tiempo pasó y hoy estamos en una nueva secuencia, bien distinta.  Sin embargo, el periodismo se empeña en reflejar una terrible realidad a punto de estallar, una bronca colectiva que rebalsa toda imaginación, algo nunca visto—aunque hayamos visto todo en la última larga década. 
Y así va por los medios, entrando en la casa de la gente, ese periodismo hoy en realidad desocupado, si de nuevas tragedias se trata, tan desocupado como los políticos que no encuentran su lugar. Por eso el periodismo tiende a encontrarse en la noticia con las diversas izquierdas, incluyendo el kirchnerismo remanente, que movilizan en nombre de la inmensa pobreza que supieron crear—y buscan un horror que no existe más que en el persistente recordatorio de un pasado que cuesta remediar. Es comprensible, ¿cómo despertar a los televidentes y a los cada día más escasos lectores sino con el ruido del escándalo? El problema es que, de tanto equivocar la presentación de la situación real—un equipo de gobierno que lentamente va reorganizando el país sobre bases sólidas y sustentables—insistiendo en todo lo que está mal y en la falta de avances rotundos en la economía, desparraman entre los argentinos una idea sin asidero: que la gente no da más, que todo está mucho peor y que quién sabe cómo terminará todo esto. Esa misma gente, que el periodismo alimenta con contenidos, ideas, e información magnificada, termina dudando de sí misma y enojándose con el país, el gobierno, los políticos y, ¡cuidado! con los mismos periodistas a los que se les nota demasiado el inmenso goce de reporteros de la catástrofe.
Ya lo sabemos, tampoco hay muchos líderes políticos capaces de explicar y contener. Sería agradable, sin embargo, que la porción más educada de la sociedad y aquella que sólo debería perseguir el interés general, como los intelectuales, periodistas y los olvidados artistas, tomase la posta, mirase el panorama con ecuanimidad y madurez de buen juez formado en la historia y mostrase lo que de verdad está sucediendo.

No importa si la gente está enojada y el periodismo la azuza más para irritarla al máximo y atraparla en las noticias. No importa si las cosas están un poco mejor o un poco peor. No importan los estados de ánimo, reales o inventados. Lo que importa es la comprensión exacta de lo que está sucediendo, cuáles serían las alternativas que nadie propone seriamente—preguntar en la CGT los cómo y los por qué de tanta falsa marcha y tanta amenaza sin contenido. Importaría que alguien describa con corrección el programa que este gobierno está desarrollando, cómo en efecto se relaciona con los años 90—la tentativa anterior de encaminar definitivamente la Argentina antes de que Duhalde y Alfonsín pusieran la piedra en el zapato y con ella nos sometieran a la larga y desdichada caminata con los Kirchner. 
Habría que explicar muy bien y, también, no habría que seguir denostando el peronismo y, en cambio, volver más bien a ser peronista en lo bueno y olvidado de este movimiento que hoy---¡y esta es la gran noticia que nadie quiere comunicar!—tiene sólo disponible, para seguir su rumbo hacia la grandeza de la nación y felicidad del pueblo, el liderazgo de Macri. Es cierto que es un liderazgo recortado por un hombre que tiene miedo de ser peronista, que quiere ser él mismo y un fundador como si la historia no importase, que se siente más seguro dentro de la dinámica republicana del radicalismo, tímido para asumir otro pasado que no sea el de Frondizi—pasado breve, aún propulsado por Perón—y que se resiste a abrazar a aquellos que lo siguen, a falta de alguien mejor, a aquellos que confían en él y a aquellos que desde la CGT le prestan una cierta ayuda que podría ser una ilimitada ayuda si el conductor asumiese sin reservas la bandera común y el espíritu de volver a levantar a los pobres hacia la clase media. 
Sí, hay que hacer otra vez lo que supo hacer el peronismo, y para que el milagro pueda suceder tiene que volver incluir a los millones de trabajadores con nuevos instrumentos aptos para un desarrollo capitalista e integrar, sobre todo, a los millones de aspirantes a trabajadores a los que hay que encuadrar y educar con urgencia extrema para inaugurar, no una nueva historia, sino para continuar y concluir la historia pendiente. 
Si el periodismo se esforzase, y en vez de agregar a Perón como el tercer demonio entre los militares y guerrilleros—como está de moda en estos días desde La Nación hasta Noticias—se preocupase de entender que el eslabón perdido en la saga argentina—una saga que peronistas, radicales y liberales, y ¡hasta la izquierda!, podríamos coincidir en que debió ser maravillosa, por lo dotado del territorio y de sus gentes—es el escaso agradecimiento de una buena parte del país por un movimiento que hizo todo para que la Argentina fuera aún más grande y con un pueblo muchísimo mejor. 
Ese escaso agradecimiento fue retribuido por el peronismo con enojo y resentimiento y sólo una reconciliación profunda, que acepte que el país anterior al peronismo era maravilloso, excepto que no para todos, y que el país del peronismo quiso ser maravilloso para todos y extender la maravilla anterior al futuro, pero, hasta hoy, no pudo lograrlo, siendo siempre una sola mitad, a veces con pésimos líderes, ni siquiera peronistas aunque disfrazados de tales. 
En los tiempos de Menem y Cavallo, parecía que serían ellos, ambos, o uno u otro en secuencia, quienes por fin remontaran la cuesta hacia el futuro. Y casi lo logran, uniendo las dos mitades, si no fuese que, una nueva mitad crecida en sus entrañas les robó el nombre y la posibilidad de progreso. Hoy estamos en una nueva oportunidad de dar la mano a nuestros dos mejores pasados, el liberal y el peronista--en esta historia el pasado radical fue sólo el mensajero del peronismo, integrando a los inmigrantes blancos. Si entendemos que ésta es la verdadera historia de la Argentina, y entendemos el lugar privilegiado de Macri y de los últimos peronistas de Perón aún vivos para pasar la posta, podremos recuperar el país y su verdadero camino.  Y, lo más importante, hasta podremos guiar al periodismo con la firmeza de convicciones bien sostenidas, de esas de las que uno está orgulloso y que nadie puede conmover fácilmente, aunque griten escándalo, fuego y quién sabe cuántas cosas más que oiremos en este año electoral, pero también el año de hacer un buen moño al pasado.

domingo, febrero 12, 2017

TRUMP: LA VACUNA CONTRA LA DESGLOBALIZACIÓN


La ola global de descontento con el Presidente de los Estados Unidos es muchas veces impulsada por criterios culturales progresistas que hubieran reaccionado de igual modo ante cualquier presidente republicano. Más aún ante el presidente Trump, con su retórica impulsiva, sus malos modales y una preferencia por conductas anticuadas, hace ya largo tiempo superadas por las élites comunicadoras, testigos vanguardia—en general—de los cambios culturales que más tarde o más temprano se producen en las sociedades a las que pertenecen. Menos visible es la ola de descontento en las empresas e instituciones financieras norteamericanas con despliegue multinacional, las que, bien o mal, han llevado a un progreso real en las condiciones de vida en infinitos países, incluyendo los Estados Unidos. La reacción práctica de éstas ante la campaña desglobalizadora aún no se percibe en su posible dimensión. 
 
Del hoy Presidente Trump, lo que importa no es la crítica cultural de sus convicciones, ni siquiera su tendencia al autoritarismo  infantiloide narcisista, sino su ignorancia acerca de y su desprecio profundo de la globalización y que hoy sea, justamente, la mejor expresión de una corriente subyacente en muchos países durante las largas décadas de la globalización: la tendencia a regresar a soluciones anti-mercado y nacionalistas ante las nuevas dificultades creadas por la integración industrial entre países y el libre comercio de bienes y servicios. Los argentinos hemos vivido exactamente este mismo proceso en los años posteriores a los globalizadores Menem-Cavallo, con la reacción del atrasado Duhalde y la posterior dogmatización de su proceso reaccionario a manos de ambos Kirchner.  
 
La propuesta del Presidente Trump es tan sencilla como antigua: priorizar la producción nacional, en especial en los sectores de energía, infraestructura, construcción y manufacturas menos competitivas, y desentenderse, por medio de altos impuestos, de la producción multinacional y del comercio multilateral. Regresando en el imaginario al próspero pasado posterior a la Segunda Guerra Mundial, negando la globalización como hecho irreversible, y sin la vocación ni la información necesaria como para, dentro de un legítimo espíritu de volver a hacer grande a los Estados Unidos de América, enfrentar los nuevos problemas de la globalización y analizarlos hasta resolverlos.  
 
Esta renuncia a la globalización es la principal diferencia entre quienes se imaginan y hasta sueñan con que puede ser un segundo Reagan y entre quienes con mayor lucidez ven al nuevo Presidente como la vacuna necesaria contra las recurrentes tendencias hacia la desglobalización. Hay que recordar, además, que dichas tendencias han sido fogoneadas tanto por la izquierda anticapitalista como por las derechas nacionalistas que nunca vieron con buenos ojos ni la globalización ni el predominio norteamericano como líder de esa globalización. De ahí las aparentemente inverosímiles alianzas o apoyos, locales e internacionales, que este nuevo presidente ha cosechado en sus primeras semanas como gobernante.
 
 Para valorizar al Presidente Trump, se insiste en decir que fue votado por una contundente mayoría de delegados y, si no por una mayoría popular, por una minoría importantísima y significativa de los estadounidenses, muchos cansados de los errores sin reformulación del ex-Presidente Obama, y otros, los menos, identificados con su ilusión de hacer grande a la Nación por medio de un regreso al pasado glorioso, el de  militares victoriosos y salvadores del mundo, el de una industria nacional que era la más competitiva del mundo, con norteamericanos en pleno empleo y crecimiento personal, muy pocos inmigrantes marrones y una población negra sin demasiados derechos. Esa minoría blanca, de clase obrera, media o alta, no legitima a Trump más que en el resultado electoral. En cambio, son legítimas sus preguntas angustiadas acerca de un país que ha dejado de crecer como debería y que no parece tener el éxito de antaño en el mundo, y,  por lo tanto, merece respuestas reales y un líder mejor formado y más adecuado a sus intereses profundos que los ayude a comprender el mundo moderno y a enfrentar sus desafíos, también legítimamente y con chances de un éxito real.
 
 La gestión del Presidente Trump puede durar un corto tiempo o el período entero, pero difícilmente tenga éxito en su propósito de hacer de los Estados Unidos más de lo que ya es hoy día. Puede incluso, empequeñecer a la gran nación aún más de lo que hizo el ex presidente Obama con su internacionalismo culpógeno y cometer aún mayores errores en su política internacional. Los Estados Unidos sólo pueden conservar lo adquirido y desplegarse aún más, con un liderazgo mejorado de la globalización y no desentendiéndose de ésta. Este período intermedio de marcha atrás, pausa, y error conceptual en el liderazgo presidencial estadounidense, terminará y el avance hacia el futuro continuará, porque esa es la lógica de la historia estadounidense, anclada en un irrenunciable destino global.
 
Como el kirchnerismo, antídoto político autoinfligido por los argentinos durante más de doce años antes de recuperar la salud mental y regresar al camino correcto de una economía abierta al mundo, el Presidente Trump, desconociendo el mapa y con una brújula sin imán, llevará inexorablemente a sus compatriotas al camino del cual nunca debieron haber salido, en las antípodas del que él lamentablemente eligió. En el mientras tanto, los republicanos lúcidos tendrán la oportunidad de buscar soluciones globales al problema del desempleo y de algunas de las desigualdades sociales creadas por el inequitativo reparto de las ganancias del conjunto, y de reformar y aumentar las innumerables condiciones de igualdad que la globalización creó en el planeta. Los líderes demócratas, a su vez, deberán afinar sus ideas acerca de la economía global y la correlación de éstas con la política internacional, de modo de no cometer errores, a la vez que reafirmando y expandiendo globalmente su cultura basada en las libertades personales interesándose, por ejemplo, en la libertad de las mujeres en los países musulmanes.
 
En el recreo de la globalización, esperando que la vacuna contra la desglobalización haga efecto, el mundo se seguirá preguntando, a través de los infinitos análisis de la Presidencia Trump y sus efectos, cuando volverán esos Estados Unidos multirraciales, multiculturales, en la cresta del desarrollo tecnológico gracias a la importación de millares de cerebros del mundo, a liderar el planeta y a sostener el avance global hacia una libertad y un crecimiento aún mayores. Seguramente, dentro de no mucho tiempo, si creemos en la persistencia de ese espíritu de libertad que los ha hecho pioneros, en América y en el mundo, a la vez del libre mercado y de las libertades individuales, y líderes de una globalización que aún cuenta con ellos. 

jueves, enero 26, 2017

LA UNIFICACIÓN DE LAS TRADICIONES CULTURALES ARGENTINAS


 
No todos nuestros problemas son políticos. Muchos de ellos corresponden más a áreas de la experiencia común mal identificadas y, sobre todo, mal procesadas. Mientras que los políticos tienen como misión conquistar el poder para decidir sobre las reglas administrativas y organizativas del país y para conducir las relaciones internas y externas, el pueblo común debe, además de votar y participar allí donde le sea requerido en la toma de decisiones, ser consciente de sí mismo y de su propia historia y cultura  El proceso de unificación de los argentinos como pueblo capaz de avanzar hacia un futuro mejor sin retroceder, exige la aceptación de todas las tradiciones culturales y su unificación en una cultura nacional común. 

Los eventos nacionales, la experiencia de éstos y la reacción a los mismos lideran todos los procesos populares de avance y cambio y van creando sus propias tradiciones. Muchas veces estos procesos son acompañados por el correspondiente análisis y verbalización y unas pocas veces precedidos por éstos. Sin embargo, muchas otras veces, como en el caso de los procesos no comprendidos cabalmente y que tienden a estancarse y perpetuarse irresueltos en el tiempo, esos procesos no llegan a un nivel suficiente de conciencia que permita su resolución y el avance colectivo. En los últimos dos años, se ha popularizado la denominación otorgada por el periodista Jorge Lanata al más reciente proceso de división en la sociedad argentina, “la brecha”. La palabra ha quedado instalada y es usada a esta altura como un cliché. En dicha “brecha” se continúa oponiendo la mayoría de la sociedad moderada al kirchnerismo en descomposición,  pero, también y de paso,  abonando con interés político el recuerdo de divisiones más antiguas, peronismo-antiperonismo, peronismo-guerrilla izquierdista, peronismo-dictadura militar, peronismo- radicalismo, para sólo mencionar las categorías más recientes y significativas que continúan creando fuertes reacciones emocionales. Más allá de las luchas políticas, de los triunfos y las derrotas de cada bando político, puede observarse que cada una de estas tendencias políticas ha representado antes una tendencia cultural, es decir, un modo de entender la realidad y de proceder frente a ella, modo muchas veces compartido genuinamente por cientos, miles o millones de connacionales. Modos culturales, en definitiva, generados por las mismas personas, y que pueden o no gustar a unos o a otros, pero que, a la hora de mirar el total de la cultura argentina, es decir, de los modos de sentir y hacer de todos los argentinos, no se pueden ignorar y mucho menos suprimir.  

El problema a resolver, entonces, cada vez que se habla de “brecha” o divisiones, no es un problema político que se termina con la predominancia temporaria de una u otra, sino el de la difícil pero necesaria aceptación calma de la cultura común, reservando la belicosidad para la lucha política por el poder. La cultura común es.  Allí está, compuesta por el conjunto de tradiciones, pidiendo simplemente de cada uno de nosotros ser aceptada y reconocida como el conjunto variopinto de lo que somos como pueblo, con nuestros diferentes niveles de experiencia e interés. Diferenciar la cultura común de la lucha política nos ayudará a lograr una nación más madura, mucho más rica en la aceptación de su diversidad e infinitamente más potente en su capacidad de abrevar en distintas experiencias para encontrar nuevos caminos y soluciones como nación cada vez que sea necesario. 

La cultura común argentina requiere la unificación de todas las tradiciones culturales. Unificación no significa identificación personal con otras tradiciones fuera de la tradición personal, sino la simple aceptación de la existencia legítima de tal o cual tradición dentro del patrimonio cultural común. No hay brecha, hay pertenencia a distintas tradiciones, algunas mayoritarias, otras minoritarias, pero todas legítimas en tanto han sido generadas por nacionales. El enfrentamiento sucede cuando se confunde la legitimidad cultural con la lucha política y cuando se trata ya ni siquiera de que una tradición prevalezca y domine el conjunto—como debe obligatoriamente suceder en la lucha política—sino  que se persigue la desaparición de una tradición dentro del conjunto de la propia cultura. Por ejemplo, la brutal represión de la dictadura militar con la literal desaparición de personas, un grado cultural llevado mucho más allá de una legítima guerra contra la guerrilla.  

Así, si se supera la necesidad narcisística de que “mi” tradición se transforme en la tradición del conjunto, lo que se obtiene es una tradición compleja, multifacética, infinitamente más rica y con más opciones para los compatriotas, que pueden servirse de unas y otras para construir el presente del modo más conveniente, y programar el futuro de modo de acrecentar las tradiciones y no de secarlas, agotándolas. Un ejemplo positivo: superando los enfrentamientos del pasado, la mutua aceptación durante los años noventa del peronismo como movimiento social necesario y aceptable y del liberalismo económico como instrumento privilegiado para crear riqueza nacional.  No se trata de considerar a las tradiciones particulares en modo especialmente valorativo, ya sea este positivo o negativo, sino simplemente de aceptar a cada una de ellas como componente y parte de la cultura común e incluso usarlas en nuestro propio interés, como genuinas herramientas de progreso. Otro ejemplo positivo, el uso del asistencialismo populista de la izquierda peronista por parte del actual gobierno macrista como herramienta ocasional para lograr la paz social. 

De ese modo, la historia de la nacionalidad argentina y de su cultura dejarán de ser el campo de batalla traumático cultivado a lo largo de más de dos siglos, para transformarse en un legado común que no se discute sino que se acepta como el propio, el que el destino y el tiempo nos permitieron tener. Protestar en contra de la cultura común es tan improductivo como protestar contra nuestros genes, la cara que nos tocó o los padres que tuvimos. Somos eso. No se puede cambiar ni ser otros. Aunque sí se puede mejorar lo que somos por nacimiento y desarrollo. Uno de los rasgos esenciales de esa mejoría consiste en asumir el total de la historia como propio y el total de las tradiciones culturales como partes insoslayables de nuestra cultura común y, en tanto argentinos, de cada uno de nosotros.

Si somos nosotros, pero al mismo tiempo también los otros, ¿qué nos puede separar? La lucha política, pero esa es la historia superficial, no la de nuestra identidad profunda, la de nuestra alma como pueblo. Esa que, en definitiva, nos hace una nación.