martes, agosto 13, 2019

LAS PASO DEL SUSTO


Hasta hace unas semanas se discutía sobre la utilidad de las PASO y la conveniencia de suprimirlas ya que, en la gran mayoría de las fuerzas políticas los candidatos eran auto-elegidos o elegidos por los más influyentes de los partidos y nunca en las elecciones democráticas internas inexistentes que las PASO pretendieron ordenar. Sin embargo, con los resultados de este último domingo, nos encontramos con que las PASO tienen una nueva y sorprendente utilidad.

 No, no se trata de las PASO sean la igualmente útil “encuesta general confiable” sobre las preferencias de los votantes, sino de algo mucho más interesante: su condición de ensayo general y de presentar el no menos teatral “qué pasaría si...”. En este caso, qué pasaría si el kirchnerismo y sus partidos asociados (entre ellos parte del peronismo, en especial el provincial)  ganasen las elecciones.

La respuesta a este “qué pasaría si...” no se hizo esperar: si con el macrismo la economía se deterioró y, lejos de progresar, fue cada vez más para atrás, con el aparentemente ya irreversible triunfo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la economía se hundió. Alza inusitada del dólar, caída de la bolsa, etc. en oposición a las apuestas optimistas del mercado en el viernes anterior a las PASO, cuando se creía que Macri iba a hacer una relativamente buena elección, quizá perdiendo, pero por poco.  

O sea, las PASO sirvieron y seguirán sirviendo hasta octubre como la demostración práctica ante la opinión pública un tanto dubitativa y confusa de los últimos tiempos, de qué pasa si Macri y sus partidos asociados (entre los que se encuentra otra parte sustancial del peronismo, no sólo el de Córdoba sino el de otras provincias) pierden y los otros ganan.

Una consecuencia no menor de este drástico drama es que el Presidente Macri por fin ha dejado de referirse a la oposición que tiene enfrente como “peronismo” para llamarla lisa y llanamente como lo que es: kirchnerismo, con Alberto Fernández, el ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner, como posible presidente electo, y Cristina Kirchner, sí, la misma que fue presidente y que dejó la economía hecha pedazos hace menos de cuatro años, ahora como vicepresidente. No hay un kirchnerismo bueno de Néstor y uno malo de Cristina, como mujer me niego a que se la considere por debajo de su marido: fueron los dos igual de malos en su concepción de la política económica y de los criterios estatistas y anti-mercado, sólo que uno tuvo más suerte con el precio de la soja y a la otra, esa suerte le duró menos. El kirchnerismo será siendo lo que es y lo que siempre fue: estatista, generador de inflación, creador de pan para hoy y hambre para mañana, y su política exterior será, por la fuerza, equivocada, siempre aliada de los países enemigos de la libertad económica y de la globalización.

En el drama de las PASO, entonces, ganó el kirchnerismo y perdió la política de libertad y apertura, encarnada sobre todo en el macrismo (política exterior exitosa, con la macroeconomía aún sin resolución) y en el peronismo liberal agregado a última hora a través de la figura de Miguel Angel Pichetto reivindicando sin decirlo aún muy fuerte (deben decirlo, ¡DEBEN!) la exitosa experiencia peronista liberal de los años 90 con Menem y Cavallo, una leccioncita que el Presidente Macri está comenzando a comprender y, esperemos, aprovechar, para bien de la Argentina, de los argentinos y del teatro nacional, que nunca se agota en un ensayo general.

Todavía nos queda la première de octubre, donde el SUSTO pasará a ser un relativo miedo—cuando muchos de los espectadores del ensayo general abierto piensen mejor en el desenlace de la obra como equivalente a su propio futuro y cuando se agreguen muchos de aquellos que prefieren ver las malas obras en la mejor versión del estreno y se negaron a asistir al ensayo general.

Y, finalmente, tendremos el espectáculo afinado en noviembre, en el cual el desenlace será el único que el país se puede permitir: el de un final feliz, que augure un progreso sostenido y muchas más y mejores temporadas. Un final que no es otro que el del actual gobierno terminando bien lo que empezó bien y continuó mal, por torpeza y ceguera, dos males por suerte remediables, aunque este primer paso del drama electoral parezca gritar desaforadamente (¡para que todos escuchen!), lo contrario.

domingo, julio 28, 2019

LO CORTÉS NO QUITA LO VALIENTE


Iremos todos a las PASO en prolija fila a votar la fórmula Macri-Pichetto, sin hacer ruido y con los dientes apretados, porque nada salió como se pensaba y porque nadie sabe cómo va a salir el próximo período, si es que la sensatez sumada al miedo, logran la reelección del Presidente Macri.

Sentirnos felices por el agregado final de Miguel Ángel Pichetto y presumiblemente, a través de él, a muchísimos peronistas—algo que ya señalamos como imprescindible desde hace mucho tiempo—no borra el hecho tardío y aún no ejecutado en la amplitud que merece, es decir, abriendo dentro de Juntos por el Cambio un espacio donde los peronistas se sientan invitados a adherir y participar.

Esto habla de la dificultad de Macri para entender su lugar en la historia: él querría verse como un heredero del desarrollismo (que no pudo ir muy lejos sin el peronismo, por otra parte), en vez de aceptar que su lugar es el de restablecer la alianza peronista-liberal de los años 90, interrumpida brutalmente por Duhalde y Alfonsín, interrupción continuada por los Kirchner.

Que el Presidente siga el argumento equivocado, no es un dato menor cuando se advierte la principal y terrible falla de su gobierno: no haber logrado resolver el tema de una moneda estable. En efecto, como todos los economistas liberales del país no se han cansado de advertirle—desde el mismísimo Cavallo hasta Espert, pasando por los numerosos economistas de las prestigiosas fundaciones que han criticado su falta de solidez al intentar diseñar una nueva macroeconomía—la única solución para una moneda estable que permita conservar una moneda nacional es la convertibilidad. La otra, claro, es una dolarización lisa y llana, una decisión que, a la inversa de la convertibilidad, no se podría tomar como exclusiva decisión nacional sino que requeriría el consenso de la Reserva Federal de los Estados Unidos y seguramente del FMI.

Si pensamos en la mayor queja de la población, la que quizá le haga perder la elección, por más polarización con el miedo a Venezuela, a los Kirchner o a cualquier reminiscencia del peronismo pasado autoritario, nos encontramos con que la moneda inestable y no confiable es lo que está a la base de toda la queja referida a la inflación, a lo caro del dólar, a las tasas exorbitantes e imposibles de pagar y su consecuencia de nula inversión en nuevos negocios y crecimiento,

Con la incorporación del peronismo, el Presidente Macri haría muy bien en incorporarse él a su vez a la saga inconclusa del peronismo y terminarla bien. Es decir: volver a colocar a los años 90 como el principio imperfecto de algo que jamás debió interrumpirse y situarse en continuidad sin tener miedo a la convertibilidad ligada a ese período. Incluso, quizá, hasta comenzando ya mismo con una iniciativa en el Banco Central que dé la pista de que, efectivamente, vamos a ir OTRA VEZ en el buen camino de la estabilidad. Puede incluso hacer docencia y explicar por qué falló la economía del tiempo de la convertibilidad, no por un problema de moneda sino por un problema de déficit y deuda de las provincias.

Como ya la población tiene buena conciencia, arraigada en carne propia, del ajuste y de que se ha logrado el equilibrio fiscal, no costará mucho convencer de que una nueva convertibilidad (con dólar flotante a partir de un momento cercano) será el complemento duradero de una economía estable. No hace falta volver a detallar aquí las medidas necesarias que el Banco Central debe imponer a los bancos para el uso libre de otras monedas. Pueden leerse en los numerosos artículos del Dr. Cavallo y otros economistas que también han aportado a la cuestión. Es un tema técnico ya ampliamente analizado y resuelto en su modo de implementación y que sólo requiere la iniciativa de un Presidente que no tenga miedo al peronismo ni a su mejor pasado y que se anime a abrazarlo más allá de la fórmula presidencial. El país que hoy no lo quiere demasiado y está resentido por sus malas decisiones, lo amará. ¿Qué resorte de autosabotaje puede hacer que una persona que quiere ser amada evite hacer aquello que cumpliría su objetivo? No se trata de Durán Barba, ni de Marcos Peña, que son apenas soportes externos de decisiones más profundas que, esperemos, cambien, para que podamos seguir juntos. Cambiar cuesta, también al Presidente Macri.

Lo importante no es, entonces, sólo votar por la fórmula que en tantos otros aspectos nos conforma, tales como la política exterior, la obra pública, la conciencia de la necesidad de modernizar la legislación laboral y, blanqueando en la misma intención a los trabajadores en negro, actualizar y mejorar el sistema jubilatorio.

Lo importante es meditar acerca de en qué momento de nuestra propia historia estamos y aceptar que el hoy denostado peronismo (siempre interesadamente confundido con el kirchnerismo socialista) ya hizo en los 90, lo que hoy hay que volver a hacer. Aceptar aquel gobierno de los 90 que representa un valioso antecedente—diez años sin inflación y moneda estable—de feliz unión del liberalismo y el peronismo.

Ya sabemos, el liberalismo y el peronismo expresan las dos grandes tradiciones argentinas, siempre antagónicas, menos en los años 90 y, justamente, hoy, en una fórmula presidencial que aún no parece consciente de toda su magia. Tampoco de su potencial reparador a nivel de comunidad y de su potencial para terminar, de una vez y para siempre, con la falta de una moneda confiable que ponga al país en marcha otra vez. 

miércoles, junio 12, 2019

MACRI-PICHETTO: EL MARCO NO COMPRENDIDO DE LOS OPUESTOS UNIDOS



A raíz de la inteligentísima decisión del Presidente Macri de incorporar a Miguel Ángel Pichetto a la fórmula presidencial, iniciando por fin, una vez más, la estrecha colaboración del liberalismo con el peronismo, me parece oportuno reproducir uno de los capítulos de mi reciente libro “El peronismo liberal y la Argentina: Bases de gobierno”, publicado en Amazon Kindle y dedicado a explorar el significado de esta unión.

Entre las tantas fantasías remanentes del pasado que continúan actuando en la definición e interpretación de todo aquello que es o se quiere ver como peronista, la consolidada oposición peronista-liberal se sigue destacando e imposibilitando nuevos razonamientos que tiendan a unir a las dos corrientes tradicionalmente contrapuestas.

Se trate de un peronista o de un liberal y a menos que esa persona haya convenientemente filtrado su opinión a través de una información educada y  una visión desprejuiciada de la realidad, lo más probable es que oigamos expresiones que definan al peronismo y al liberalismo como filosofías tan opuestas como el agua y el aceite, y, desde luego, como el bien o el mal para el país, alternando cada ideal en el rol del destructor o del benefactor según quien lo proponga.

Desde luego, se trata de dos filosofías con diferentes orígenes, con diferentes expresiones políticas y, sobre todo, con contextos históricos y objetivos diferentes. En la Argentina, sin embargo, ambos idearios se contradicen mucho menos de lo que muchos quisieran creer: el peronismo histórico, con su estatismo pudo haber contradicho en su etapa revolucionaria post-Segunda Guerra Mundial a un liberalismo cuya base doctrinaria es la libertad, tanto de los individuos como de las instituciones y empresas, para regirse por sí mismos sin la tutela del Estado. El peronismo, sin duda, fue antiliberal en esta etapa y, más aún, explícitamente opuesto a los países que como Inglaterra y los Estados Unidos representaban al liberalismo en el mundo. Esta oposición, fundamentada durante la etapa revolucionaria, fue muy específica: Inglaterra aún dominaba todos los sectores de la economía y las finanzas en nuestro país y una revolución de ascenso popular como la que proponía Perón no estaba en sus planes, ni en los de unos Estados Unidos que quizá hubieran sido más laxos de no mediar sus propios compromisos con Inglaterra. La historia sucedió de ese modo y, para muchos liberales, esta actitud de Perón resulta aún imperdonable del mismo modo que para los peronistas resulta inimaginable aún hoy una clara amistad o incluso sociedad—como la que se proponía en tiempos del ALCA—con los Estados Unidos y, ni qué decir, con Inglaterra, con todas las heridas de las Malvinas aún abiertas.

Este pesadísimo lastre histórico ciega hasta el día de hoy a ambos bandos, aunque el mundo y las necesidades argentinas hayan cambiado drásticamente. Aunque en los tiempos de Carlos Menem y Domingo Cavallo, mucho se reparó, demostrando que las afinidades eran posibles y beneficiosas para el país, la torpeza de los años kirchneristas, rescatando del pasado la vieja enemistad y el arraigado odio de unos por otros, volvió la historia para atrás.

El hecho real es que la historia del mundo, al volverse éste totalmente interconectado por la tecnología y la facilidad del comercio, caminó en dirección a una organización regida, en primera instancia, por la diseminación global de las democracias representativas y de las economías de libre mercado. El aparente reciente paso atrás de esta tendencia con el resurgir de los nacionalismos intervencionistas no es más que una explosiva reacción destinada a fracasar ya que no se puede combatir la cada día más creciente interconexión e interdependencia. Por lo tanto, el peronismo que ya supo ser liberal en los años 90, no tiene otra solución, si de verdad cree en el bienestar y la prosperidad de los argentinos, que aceptar el marco global de referencia que es liberal y adaptarse a éste.

Tal vez a los resentidos liberales que preferirían que todo peronismo desapareciese  del mapa, les agrade por su parte revisar el tipo de comunidad que el General Perón visualizaba en su libro La Comunidad Organizada, compuesta por individuos libres, organizados libremente y fuera de toda tutela del Estado, interesados tanto en su propia felicidad como en la felicidad de la comunidad. Quizá sea esa la única gran diferencia, después de todo, entre el peronismo real—el profundo, el desprendido de los avatares revolucionarios de sus inicios—y el liberalismo: mientras el peronismo, fiel a su origen cristiano,  no puede imaginar al individuo sin su dimensión comunitaria (“Un ser humano no puede realizarse dentro de una comunidad que no se realiza” Gral. Perón 1973), el liberalismo cree más bien en la felicidad individual del hombre, sin que le importe de sus circunstancias otra cosa que la máxima libertad para lograrla.

Las reyertas del siglo XX, aunque aún pesen en el imaginario colectivo, resultan sin embargo menos importantes que dos realidades que emparentan estrechamente al liberalismo y al peronismo en lo que han hecho por la grandeza de la Argentina. Debemos al liberalismo del siglo XIX y a la exótica condición argentina de colonia informal del Imperio Británico, única en Latinoamérica, con la excepción de Uruguay, el asombroso desarrollo alcanzado hasta el final de la década de 1920. Ese descomunal progreso que se cita tan a menudo, recordando la expresión habitual en Europa “Rico como un argentino” y nuestro desarrollo semejante al de las otras prósperas colonias inglesas como Australia, Canadá y Nueva Zelanda fue, en efecto, admirable.

Pero, debemos al peronismo la otra cara de la grandeza: el progreso como pueblo en la también admirable y asombrosa gigantesca clase media, única en Latinoamérica, consciente de sus derechos y embarcada en un seguro ascenso social por medio del trabajo. Ambos movimientos hicieron de la Argentina un país excepcional y único en Latinoamérica, pero también la lucha interminable entre ambos, hasta los años 90, hicieron de la Argentina el fracaso que hoy es, un fracaso sólo redimible aceptando lo que cada uno ha hecho por el país y recuperando lo que en los 90 se demostró no sólo era posible sino que representaba la única solución estable para el progreso de la Nación y la estabilidad del pueblo: la unión de las dos grandes tradiciones para el bien común. La tan proclamada unidad nacional por la que todos juran no es nunca, sin embargo—con la excepción de los años 90—expresada claramente como la unión de estos dos específicos opuestos: el liberalismo y el peronismo.

Si el peronismo debe aceptar la realidad global liberal e incluirla en toda organización de la economía, el liberalismo debe hacer el trabajo complementario de aceptar a los sindicatos, base de la más genuina organización peronista para la defensa y progreso de los trabajadores, como socios actualizados y no como enemigos.

La síntesis de una macroeconomía a tono con la economía global, de una economía de libre mercado y de un sindicalismo con la misma misión pero con instrumentos compatibles y complementarios de esa economía global, puede no sólo hacer regresar el armónico clima de los años 90 sino sentar bases aún más sólidas para un mayor crecimiento y un mayor despliegue de las clases medias en su ascenso.

Los opuestos, al unirse una vez más como durante la larga década de los 90, retomarán así la senda perdida con las enmiendas necesarias y, si la alianza está bien comprendida y aceptada en su razón histórica por la mayoría de la población, la Argentina no deberá ya jamás temer por su futuro ni por su lugar en el mundo. Volverá a tener aquel futuro promisorio que los hermanos opuestos, de un modo u otro, soñaron.


viernes, mayo 10, 2019

LA ARGENTINA EN COMA



Dormida, con la ayuda farmacológica de los dólares del Banco Central para mantener todo tal como está—aunque la pobre esté deshecha y a la espera de una terapia eficaz y veloz—la Argentina espera su agosto, y su octubre y su noviembre.

Sin príncipe que la despierte, el cuento de hadas no se puede contar. Es cierto que le hicieron morder la manzana envenenada de la pesificación asimétrica y la ruptura de todos los contratos privados en dólares (Espejito, espejito, decía Duhalde, ¿hay un presidente más lindo que yo? Y el espejo le respondía, una y otra vez que sí, y le mostraba la Argentina de los 90, sin inflación, en crecimiento, y con la sola y trágica mancha del gasto desmesurado de las provincias, la de Buenos Aires en particular). Desde entonces,  no apareció el príncipe capaz de despertarla y volverla a su sendero de crecimiento normal. Los ilusorios años kirchneristas confunden a muchos por las apariencias de vitalidad, pero la Argentina seguía en coma, consumiéndose, además.

¿Está a tiempo Macri de hacer algo más que sostener el coma? ¿Si gana las elecciones, será capaz de hacer lo que aún no se sabe por qué no hizo en un primer mandato? ¿El que gane será capaz de desandar el camino hasta aquella infausta puerta de fines de 2001y comienzos de 2002, y volverla a cruzar para corregir el error de haber creído que el camino era otro?

Si hoy se logra un acuerdo con los opositores, el primer punto debe ser la estabilidad monetaria, con el reconocimiento del carácter bimonetario de nuestra economía , de la operatoria legal tanto en pesos como en dólares y con las normas que permitan la clara independencia del Banco Central y su autolimitación como prestamista del Estado.

Si no hay un acuerdo sobre este primer punto, todo el resto no será más que un conjunto de palabras a destiempo. Estas necesarias medidas serán entonces el objeto principal de la campaña: quien prometa con estas razones terminar con la inflación será posiblemente quien termine por ganar la presidencia. Si Macri quiere ser candidato, sin embargo, debería ya implementar estas medidas, en soledad o como parte del acuerdo.

La Argentina vive innecesariamente en coma, por culpa de una repetida mala praxis y no una mala praxis circunstancial o accidental, sino la misma mala praxis a la que estamos acostumbrados en tantos otros aspectos de la vida nacional: la mala praxis por absoluta incomprensión de los problemas e ignorancia acerca de las verdaderas soluciones.

sábado, abril 13, 2019

LA SOLUCIÓN CAVALLO



Cuando en estos días la idea generalizada parece ser la de que estamos condenados a esperar no sólo las elecciones sino el ballotage y a rezar para que Macri gane las elecciones, ante la ausencia de otro posible candidato liberal y en la renovada esperanza de que actual presidente algún día lo sea de verdad. Esta victoria, sin embargo, sólo está garantizada por la actual división del peronismo en peronismo indefinido y su propio antagonista, el kirchnerismo. Un modo más nítido de mirar el largo presente que nos separa de noviembre es rechazar de plano la absurda idea de que el ya hoy presidente Macri precisa volver a ganar las elecciones para “hacer lo que hay que hacer”, según su propio declamatorio entusiasmo. Como ya dijimos otras veces, si sabe HOY los que hay que hacer, ¿por qué esperar hasta mañana?, y si no sabe, ¿por qué no abrir la consulta hoy para aprender y así tener una chance más certera de ganar que especular con una división que ni siquiera es segura a la hora del ballotage? Ahí está la solución Cavallo, al alcance de la mano, una solución de efectos certeros e inmediatos para atacar y resolver el problema de base que complica todo el resto de lo que este gobierno quiere y puede hacer.

 Lo que ni este presidente, ni ningún miembro de su equipo y mucho menos miembro de los demás aliados de la Coalición Cívica o de los Radicales, sabe, es cómo terminar sólidamente con la inflación, con lo cual, todo lo bueno que pudo hacer Macri hasta ahora en materia de administración del Estado y de relaciones internacionales, no le luce, ni le lucirá jamás ni le hará ganar elecciones o crear un segundo mandato más exitoso. Aunque ganase, ¿cómo resolvería en ese segundo mandato el tema de la inflación? Los inversores se sentirían por cierto tranquilos de que ningún kirchnerismo o peronismo duhaldista los va o a expropiar o a destruir los contratos privados, pero tampoco invertirían en un contexto de inflación con su secuela de altísimas tasas de interés como único remedio para contener el dólar, estancamiento, baja productividad y bajo consumo. Por lo tanto, es obvio que, en el tema de la inflación, Macri sabe tan poco y mal resolverlo como los demás candidatos y ganar las elecciones no significa absolutamente nada.

 Más bien, plantear este tema correctamente lleva a deducir que Macri sólo puede salvarse a sí mismo y salvar al país de paso, aún cuando su intención sea primariamente salvarse a sí mismo políticamente, resolviendo el problema de la inflación. Y aquí, omnipresente y sin ideas rivales en el horizonte inmediato, aparece la solución Cavallo, regalada patrióticamente al presidente y a disposición de los argentinos que con su voz e integridad decidan apoyarla públicamente—y aquí el periodismo en general que tanta campaña injusta ha hecho en contra de Cavallo, tiene un rol primordial para comprender primero y esclarecer a la opinión pública en general.

La solución Cavallo es sencilla, limpia técnicamente y elegante en todos sus aspectos, sin fisuras. Es alarmante que haya tan pocas personas que la vean.
Lo que Domingo Cavallo propone no es ni una dolarización ni una solución a medias sin futuro ni una convertibilidad reducida a la facilidad de cambiar pesos por dólares o viceversa, libremente. Es una solución de fondo, duradera y estable.

 Propone, en primer término, reconocer la realidad, es decir el ya instalado e irreversible formato de nuestra economía. Nuestra economía ya es bimonetaria, funcionamos en pesos para las actividades cotidianas y ahorramos en dólares para protegernos de la inflación. En segundo término, y como reconocimiento de la realidad, Cavallo propone entonces crear el marco legal para poder operar indistintamente en pesos o en dólares. La primer ventaja de este esquema aparece de inmediato, eliminar la alta tasa de interés que hoy aqueja tanto a la economía de producción como a la de consumo: si es posible operar en dólares, también es posible para cualquiera obtener créditos en dólares a bajísimas tasas de interés internacionales y, por lo tanto, automáticamente renovar el crédito hoy paralizado en las pyme y retomar el consumo en cuotas las tarjetas de crédito que hoy tienen un recargo en tasas de hasta a veces más del 100% anual. Cavallo luego propone fijar también los sueldos en dólares, con lo cual el componente salarial de precios también desaparece como elemento de indexación inflacionario. En tercer término, Cavallo propone complementar este esquema de simple convertibilidad de una moneda a otra con la eliminación del diferencial entre el comprar y vender dólares del que abusan los bancos sin motivo alguno que lo justifique y sin que nadie les haya puesto un freno hasta ahora, sin duda por la conciencia culpable de estar haciéndoles la vida muy difícil en otros campos que el del abuso financiero. Finalmente, Cavallo hace notar que hoy es incluso posible un anclaje referencial de esta convertibilidad, a ser liberado apenas se estabilicen los diferentes términos de la economía. Un anclaje no muy diferente de la actual banda pero proyectado a una mucho más veloz y certera flotación como última referencia genuina del mercado. Para quienes hagan mención de la inflación residual que el mismo gobierno podría crear con sus enormes aumentos de tarifas, Cavallo hace notar que: “Si se estabiliza el precio del dólar, las tarifas no tienen porqué seguir aumentando. Los subsidios que aún habrá que pagar pueden reducirse volviendo a las reglas de juego de los 90s en materia de energía. Cada vez que hay una devaluación, los subsidios económicos aumentan y hacen más difícil el cumplimiento de las metas fiscales. Por eso obligan a seguir con los aumentos tarifarios”.

¿Qué hace falta para que el presidente Macri haga esta rápida reforma del sistema monetario, una reforma local que no precisa, como precisaría una dolarización total de la economía, la autorización de los Estados Unidos y la Reserva Federal, y ni siquiera la autorización del FMI ya sólo se requiere el gentil comentario de lo que se va a hacer para no liquidar en pocos meses el igualmente gentil e irresponsable nuevo adelanto del mismo organismo para contener la demanda de dólares de un público desesperado por la inflación? Hace falta que el presidente entienda bien la solución, para poder explicarla a sus equipos y a los argentinos, y hace falta el coraje de reconocer que no es que hace 70 años vivimos en inflación y que la culpa de todo la tiene el peronismo, olvidando el peronismo liberal de los años 90 y al mismo Cavallo, que nos permitieron vivir sin inflación más de 10 años. También hace falta modestia y reconocer que el actual gobierno no pudo hasta hoy controlar la inflación porque no sabe cómo, y que no se trata sólo de un sencillo tema de libreta de almacenero, no gastar más de lo que se recauda o déficit cero. Eso también, pero totalmente inútil si no se puede operar en una moneda confiable.

Un parráfo aparte merecen los eternos demonizadores de Cavallo que se basan en sus malos recuerdos ya de los 90, ya del 2001-2002. Si en los 90 mucho sufrieron cierres de fábrica y despidos, eso es inherente a una economía liberal de mercado y, es verdad, siempre se puede preferir una economía estatista y más proteccionista. Pero, liberal o más o menos estatista o proteccionista, esa economía siempre precisará una moneda confiable, y eso es lo que Cavallo brindó a  los argentinos hasta su salida del Gobierno de Menem—por no aceptar las mafias, otro dato que se olvida—en 1996. No se le puede achacar a Cavallo que no haya ido a una flotación, como era su intención, en el momento adecuado ya que no estaba en el gobierno y sus sucesores siguieron en piloto automático con el 1 a 1. En su segunda participación en el gobierno de de la Rua, la falta de una gestión previa adecuada para ir agregando las reformas necesarias, complicó todo, en especial la deuda acumulada—mucho menor que la actual, bueno es hacerlo notar—y de ahí la inestabilidad final, cuando el mismo fondo se negó a apoyar la continuidad de un 1 a 1 que había quedado atrasado, lo que hubiera permitido un acceso gradual y programado a la flotación. El corralito, no anticipado con una explicación de su por qué, indignó y ofuscó a la clase alta y media que no tuvo la frialdad necesaria para darse cuenta de que nadie les estaba sacando nada, sólo haciéndole notar que, para que todo el sistema bancario y la economía de mercado no pereciesen, era necesario dejar los dólares dentro del sistema y operar bancariamente, sin los dólares físicos hasta que todo se estabilizase. La ocasión fue aprovechada por los falsos defensores de las clase media baja y baja, y Duhalde y Alfonsín lanzaron la gente a la calle, con las terribles consecuencias de desorden, represión y muertos, la renuncia de Cavallo y la caída de de la Rúa. Lo que les llegó a la clase alta y a la clase media, cómplices inconscientes del golpe institucional, fue esta vez no el corralito bancario que les permitía disponer de sus dólares y operar con ellos sino el corralón de Duhalde y la pesificación compulsiva de todos los dólares en el sistema bancario y en los contratos privados. Por fin presidente, según sus más queridos sueños, Duhalde, que no pudo hacer ganar la elección al peronismo sino en la Provincia de Buenos Aires dónde el mismo Cavallo aportó sus votos a Ruckauf, perjudicó a la clase media baja y a la clase baja con una devaluación de los salarios equivalente a la devaluación del peso, con un dólar que pasó de 1 a 4 pesos. Por qué Duhalde y sus economistas—entre ellos el hoy candidato Lavagna—son considerados salvadores de la patria y Cavallo, el que la hundió continúa siendo un misterio cultural, sólo explicable por el interés de muchos medios masivos de comunicación y grandes empresarios endeudados en dólares que vieron en la pesificación su salvación. Que la gente hoy siga ciega es menos aceptable, después de 12 años de los Kirchner que legó Duhalde con su prédica estatista y su propia irresponsabilidad. Que el Presidente Macri adhiera a la confusión popular para no desentonar y obtener más votos, no se condice con su voluntad de líder. Si quiere liderar el cambio, más le vale entender bien la realidad y liderar la opinión pública hacia una correcta comprensión en vez de someterse servilmente a los prejuicios instalados. De esos gestos están hechos los verdaderos cambios.

El viejo axioma yoga dice que sale por la puerta donde se entró. La Argentina entró en su debacle económica con la salida de la convertibilidad (no con la salida del cambio fijo 1 a 1, que hubiera podido ser corregido con una oportuna flotación y no con una brutal e innecesaria devaluación) y la Argentina va a volver a entrar en su senda de estabilidad, no inflación y consiguiente inversión y prosperidad, sólo con un regreso a la convertibilidad. Esa es la solución Cavallo y la respuesta a este gobierno que no acierta y se empecina en su incomprensión.

domingo, marzo 31, 2019

SUEÑO DE UNA LARGA NOCHE DE INVIERNO



Mientras que el peronismo no da el menor signo de vitalidad—sólo el prolongado coma de Lavagna, adormecido junto a Duhalde en el ensueño tardío de una victoriosa gestión que jamás existió—el gobierno nos pone la frazada y nos manda a dormir hasta el año que viene, después de unas elecciones que deberá ganar porque si no las gana, no despertaremos. O peor aún, despertaremos sólo para encontrarnos dentro de una temible pesadilla.

El problema es que los argentinos no queremos irnos a dormir. Por más que nos arrullen con la canción de los brotes verdes de abril, con el gastado tema de la inflación dominada y con el dólar que no subirá porque el colchón del fondo aguantará todo. No queremos dormir otro año. Queremos estar más despiertos que nunca, no queremos que las mentiras o falsas apreciaciones sigan arruinando todas las posibles chances de salir adelante, queremos que nos vaya bien.

Periodistas y politólogos explican por qué hay que dormir: el Presidente ya no puede hacer nada, ya perdió poder, ahora ya está. Hay que esperar. La teología del sueño que nos exige paciencia y dormir por casi un año es, sin embargo, un mamarracho verbal más, para justificar lo injustificable.

Si el Presidente Macri va a hacer el año que viene lo que hay que hacer “cuando el pueblo le confirme el rumbo”, entonces ya sabe lo que hay que hacer. Y si sabe lo que hay que hacer, ¿por qué simplemente no nos cuenta qué es lo que hay que hacer y comienza a hacerlo ahora? El pueblo ya le confirmó el rumbo en 2015 y en 2017. ¿Por qué no lo hizo durante estos tres años? ¿Quíén asegura entonces que sabe y que, en efecto, puede hacerlo? Si puede mañana, puede hoy.  Y si no puede hoy, la respuesta es que quizá no sabe EXACTAMENTE cómo hacerlo.

Ponernos a dormir puede hacerle ganar tiempo, pero no le hará necesariamente ganar la elección y si no la gana y la gana en su lugar una fuerza regresiva como Lavagna o, Dios nos libre, el kirchnerismo, la oportunidad de hacer una perfecta reforma liberal de la economía se habrá perdido por un tiempo muy largo. Dejar la macroeconomía ordenada, sin inflación y con una moneda estable, y comenzando a discutir las otras condiciones necesarias para un crecimiento sostenido, no era una tarea tan imposible en 2016 como para que se la postergase por miedo, y tampoco lo es ahora para que se la postergue por prudencia.  Es una tarea posible. Posible de comenzar en este mismo momento explicando muy bien a la población lo que se quiere hacer—e incluso lo que ya se ha hecho en ese sentido—y entendiendo que la población no es la masa idiota que un gobierno puede poner a dormir sino SIEMPRE un pueblo potencial, capaz de crecer y aceptar las verdades más difíciles, siempre y cuando tengan sentido.

¿Qué es lo que impide al Presidente Macri tomar por este nuevo camino, plantear el plan total y comenzarlo ya mismo, de modo, no sólo de aumentar sus chances reales electorales, sino de poner fin a la recesión, creando expectativas positivas basadas en un plan claro y previsible? 

Lo que le impide dar este paso es su errada idea, desde el mismo momento en que asumió, de que él está capacitado para crear el plan económico integral que la Argentina precisa.

Casi nada cambió, en la macroeconomía, desde 2016. Tampoco cambió la persistencia del Presidente Macri en creer que él SABE. No sabe. Sabe, sí, por cierto, que la Argentina precisa una economía lo más libre posible (aunque tiene dudas de hasta dónde debe darse ese grado de libertad) y sabe que la Argentina debe ser parte del mundo, comunicarse con él y comerciar libremente (aquí también tiene dudas entre libertad e impuestos). También, sin duda, sería muy capaz de ejecutar si alguien idóneo le hubiese escrito un plan a seguir. Sería un mejor ministro que Dujovne, por ejemplo, un muy superior y más experimentado ejecutivo. Pero hay algo que Macri por cierto no es:  un economista excelentemente formado y del nivel y experiencia que la Argentina precisa para diseñar un plan integral y facilitar ya mismo su ejecución con un grado probado de éxito. 

Los tres años pasados son la demostración de esta específica falta de capacidad y la patética muestra de que sólo el empecinamiento en una errada autovaloración personal han mantenido a la Argentina innecesariamente paralizada durante ese mismo período y a la población, que por fin había vuelto a dar el vía libre a una economía liberal, extremadamente confundida y comenzando a creer que quizá un estatismo puro y duro es su mejor destino.

En el sueño de la larga noche de invierno que nos espera, no tendremos mucho para hacer más que soñar con la realidad que nos obligaron a abandonar. Una realidad donde coexisten un presidente que no sabe y varios equipos de economistas liberales que sí saben, con la capacidad para resolver el problema, no por magos ni por sus diferentes ideas políticas ni por más inteligentes. Sólo porque son muy capaces y porque se han formado para resolver ese problema.

Volver a citar el caso de Menem--que tampoco sabía y que, como Macri, también tenía una buena idea general de hacia dónde ir—y de cómo acertó al llamar a Cavallo y sus equipos de la Fundación Mediterránea y del IERAL, viene al caso como el mejor ejemplo de cómo se solucionan los problemas macroeconómicos y se estabiliza la moneda en menos de un año. El mismo tiempo que hoy se nos manda a esperar durmiendo.

¿Habrá alguien que le diga al Presidente Macri que con humildad blanquee esta particular ignorancia suya que nos está costando la vida como país y como comunidad y llame al equipo que más le guste de todos aquellos que ya están listos? Él conoce bien los nombres, hace rato que lo están llamando, privada y públicamente. Sólo tiene que abrir la puerta. Decirse y decirnos: “Despertemos, que ya es hora.”

O no dijo Menem: “Argentina, levántate y anda” y la Argentina se levantó y anduvo durante una larguísima temporada? Hasta que...se durmió de nuevo, sin el buen economista con el buen equipo que siguiera las reformas. 

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martes, febrero 26, 2019

LA OPORTUNIDAD QUE MACRI DESDEÑA Y QUE EL PERONISMO NO APROVECHA



En estos días, las diferentes líneas del peronismo parecen converger en una única idea: regresar a un régimen intervencionista y estatista, como forma de práctica oposición al actual gobierno de un Mauricio Macri que muchos peronistas continúan describiendo como “neoliberal”.

Por otra parte el gobierno, ligeramente preocupado por la posibilidad de que el peronismo se unifique, ya no bajo una candidatura de la ex presidenta Cristina Kirchner, sino de un Lavagna, hace todo lo posible para despegarse de la aparentemente desprestigiada imagen de “neoliberal”, insistiendo con un déficit fiscal cero de cuño más bien radical y sin hacer mucho para modificar el ya añoso estatismo y perpetuo intervencionismo que tanto han costado a la Argentina post años 90.

Lo que ni unos ni otros parecen comprender es el inmenso deseo de la mayoría de la población, agrandado por el fracaso de la actual gestión, de cambiar de verdad y tener por fin una economía sólida y predecible.  Mientras que el gobierno y la mayoría de los peronistas tratan de olvidar la década de los 90, los unos para que no se crea que han llegado para repetir lo que evalúan como un fracaso y los otros, porque no tienen el coraje para asumir como propio el éxito de una década. La mayoría de la sociedad, sin embargo, parece estar lista para que se le explique cómo hubiera seguido la Argentina si Duhalde y Alfonsín no hubiesen dado el famoso golpe institucional y destruido en pocos días el trabajo de modernización de la Argentina, incompleto e imperfecto pero en marcha. 

Esa detención histórica, que ahora el peronismo, otra vez con Duhalde y Lavagna y presumiblemente también con Cristina Kirchner, pretende reeditar, es la misma detención histórica que el gobierno de Cambiemos ha ido arrastrando a lo largo de estos tres interminables e improductivos años, a la espera de ganar una segunda elección presidencial para quizá ahí animarse a cambiar un poco más o no, porque un poquito cada día estimula y sienta bien.

Unos y otros olvidan que el dúo Menem-Cavallo, un peronista de verdad y un liberal de verdad, unidos, transformaron  y encaminaron la Argentina en menos de un año. No hace falta mucho tiempo cuando se sabe lo que hay que hacer, se tiene el coraje y se conduce con claridad a la población por el camino elegido, asociándola en el proyecto.

Todavía estamos a tiempo de que surja una candidatura peronista-liberal o liberal-peronista, que una la economía de mercado con un despliegue de los sindicatos sin intervención del Estado para asegurar las mejores condiciones para los trabajadores, los desplazados del trabajo y los nuevos aspirantes sin formación.

Todavía estamos a tiempo, también, de que el mismo Macri se desprenda de su peso interior radical y, haciéndose más liberal, sepa cautivar al peronismo hablándole en su histórico lenguaje de los años 90.

No hay otra posibilidad, en realidad, de éxito, que unir las dos partes que hicieron grande a la Argentina en diferentes momentos y por diferentes motivos. En términos políticos, no hay que inventar nada nuevo, tampoco, porque ya se hizo y sólo hay que retomar el camino abandonado, mejorándolo con nuevos instrumentos. Sólo las diversas izquierdas, incluyendo las radicales y peronistas, protestarán una vez que el nuevo liderazgo resulte visible y convincente.

La comunidad argentina en su conjunto, más veloz, una vez más, que sus dirigentes, está sola y espera.

domingo, enero 20, 2019

LA VERDADERA DIVISIÓN ENTRE LOS ARGENTINOS



Nadie duda del verdadero beneficio que tendríamos como nación si fuésemos un pueblo más unido, superando las tradicionales divisiones históricas que tantas guerras civiles causaron y que parecen no agotarse y volver cada vez con renovados ropajes. Las próximas elecciones presidenciales ponen este tema sobre el tapete ya que, lejos de buscar un consenso nacional con un discurso claro en los objetivos y unificador en su esencia, el actual gobierno ha elegido una estrategia de confrontar con un kirchnerismo exhibido como expresión manifiesta de un peronismo históricamente odiado por una parte considerable de la sociedad.

Una estrategia que, pretendiendo ser astuta, puede terminar siendo irremediablemente estúpida, al dibujar al peronismo como lo que no es, por un lado, y al omitir que, mucho de lo que hoy pretende lograr el gobierno—terminar con la inflación, atraer grandes inversiones, modernizar el país—ya lo hizo el peronismo durante los años 90, mucho más velozmente, con gran éxito y en un marco de gran unidad nacional, con la vieja antinomia peronismo –liberalismo AMPLIAMENTE superada.

 Que hoy el PRO y Cambiemos se disfracen de desarrollistas, como si desarrollismo significase algo muy diferente del peronismo o del radicalismo estatistas e intervencionistas, tampoco ayuda mucho a la hora de ver cuáles son las antinomias actuales y visibles en el panorama político. En efecto, los argentinos quizá hoy rechazan masivamente a  unos y otros dirigentes políticos porque no terminan de comprender cabalmente lo que estos quieren ni lo que les proponen, ya que lo que se escucha no condice con su más reciente experiencia histórica. Una vez más, los argentinos parecen estar más adelantados en su percepción de la realidad que la mayoría de los políticos y cada vez más  necesitados de una clarificación de programas y propuestas que sea racional y no incompatible con la realidad.

No se comprende, por ejemplo, por qué, si Mauricio Macri manifiesta ante el mundo su vocación liberal, por qué internamente se vuelca del lado de los estatistas y, más específicamente aún, por qué no busca en su antecesor, el  peronismo liberal de los 90 el refuerzo que hoy le falta para emerger en las próximas elecciones como un líder claro, líder al fin de esa inmensa mayoría que ayer quería el cambio---la salida del estatismo e intervencionismo kirchneristas—y hoy quiere la claridad de un programa racional. Un programa que resulte plenamente exitoso, como el plan anterior de los años 90, mejorado allí donde este plan exhibió falencias—falta de seguros por desempleo, falta de estímulos para la reconversión industrial, federalismo fiscal a ultranza para que las provincias no endeuden a la Nación, etc.

Igualmente incomprensible es que el mismo peronismo federal no kirchnerista, no advierta este hueco por donde crecer, con el orgullo de haber hecho antes y mejor lo que el actual gobierno pretende hoy hacer a medias y sin explicarlo demasiado.

La verdadera división entre los argentinos no es entonces entre Cambiemos y el peronismo como un bloque donde el kirchnerismo es la mayor de las partes, ni entre un Cambiemos más estatista que liberal y un peronismo similarmente estatista en un hipotético ballotage con éste, sino una división latente y no expresada. Esta división no manifiesta se verifica entre aquellos cada vez más numerosos argentinos que miran el resto del mundo y su propio pasado de los años 90 y pretenden una economía que termine con igual éxito con la inflación, las altas tasas de crédito y la falta de inversión de nacionales y extranjeros, por un lado, y por el otro, los argentinos, ya sean de Cambiemos, Radicales, Peronistas o Socialistas que, añorando pasados lejanos y negando explícitamente los 90, bregan por diferentes variantes estatistas y intervencionistas, ya sean social demócratas, social cristianas, peronistas ortodoxas o llanamente socialistas. 

 ¿Cuál es la razón por la cual esta división no emerge a la conciencia pública con claridad?  La razón no es otra que el abrupto y trágico final de los 90 con un gobierno de de la Rua que cae, no por sus propios errores y mucho menos por el esfuerzo en mantener los logros de los 90 en un contexto internacional post Septiembre 2001, sino por el  golpe cívico de estos mismos sectores estatistas e intervencionistas que hoy pretenden volver, se llamen Duhalde y Lavagna, Ricardo Alfonsín en el radicalismo, y otros. 

Es por este error, aún no salvado públicamente, de evaluación de los 90 y su final, que periodistas, medios y políticos mediocres y conformistas, no se han atrevido aún a tomar el toro por las astas y describir la realidad de los años 90 e inmediatamente posteriores con la claridad necesaria. Mientras no se describa  la verdadera brecha,  la verdadera opción no dejará de planear por encima de la Nación sin encarnarse en ningún dirigente. Así,  las próximas elecciones corren el riesgo de ser una elección entre más de lo mismo.

A menos que, y siempre hay que esperar y luchar por lo mejor, a menos que...Macri se ilumine y se muestre ahora sin pudor como un faro liberal liderando esta posición en una alianza mayor a la actual y que incluya a todo el peronismo no estatista y no intervencionista y a otras pequeñas fuerzas liberales afines, o que, de las mismas filas del peronismo federal, surja un liderazgo que se atreva a hacer suyo un pasado muy honroso. Ese que hoy todos indebidamente sepultan, sin advertir su enorme potencial electoral.