jueves, marzo 26, 2020

EL VIRUS QUE NO SE COMBATE: LA FALTA DE MONEDA





Grandes loas ha recibido el Presidente Fernández por su rápida y correcta reacción ante la pandemia y su efecto local. Se rodeó de expertos, obtuvo la cordial ayuda de la oposición y la comprensión de una gran parte de la ciudadanía que, en general, respondió bien a la voz de mando y, sobre todo, a la explicación detallada de por qué se tomaron medidas tan ingratas. Un modelo de actuación política colectiva—muy al mejor antiguo estilo peronista de conducción con explicación—que logró cohesión por un único y exclusivo motivo: el miedo a morirse y la existencia comprobada de un virus que, en algunos casos, mata.

Este modelo de conducción y acción colectiva, sin embargo, no ha podido ser aplicado en el caso de ese virus que nos viene aquejando desde que otro peronista poco ilustrado y apurado por ser presidente de cualquier modo, destrozó la convertibilidad, pesificó los depósitos bancarios y los contratos en dólares y creó el virus letal de una moneda nacional inservible junto a la dificultad de usar otras, como el dólar, eterna moneda referente de los argentinos. El gobierno medianamente responsable en lo fiscal y con ingresos maravillosos por los precios de las producciones agrícolas argentinas de Néstor Kirchner, disimuló por un tiempo este tema, que se agravó en la segunda presidencia de Cristina Kirchner y que se esperaba que Mauricio Macri como presidente resolviese, por su profesada fe liberal, pero malos cálculos electorales lo hicieron desistir.

El resultado, desde Duhalde para aquí, ha sido una Argentina fundamentalmente enferma en su economía no por su falta de recursos (abunda el capital argentino en las cajas fuertes y colchones locales y en la seguridad de los bancos del exterior, fuera del alcance de los nuevos Duhaldes) sino por la falta de libertad para disponer y usar una moneda confiable y estable en todas las transacciones.

Hoy la Argentina en coma, casi muerta, aún más golpeada por la paralización de la economía tras el Covid-19, pide a gritos que alguien cree un equipo de atención del mayor problema básico que tiene la economía argentina, que es la falta de confianza en su moneda frente a la constante emisión y al rezago de un efectivo equilibrio fiscal. Un equilibrio, por otra parte, que jamás se encontrará mientras no se ataque el problema principal que es la falta de una moneda estable con la cual se pueda invertir y recaudar y operar en total libertad, tanto internamente como en las operaciones que involucran el exterior.

Sorprende que un Alberto Fernández, que supo representar al partido de Domingo Cavallo, continúe con los ojos cerrados a este problema que tiene una sencilla solución para aquellos que entienden cuándo exactamente comenzó a arruinar la macroeconomía la falta de una moneda estable y a ir matando, en especial en tiempos difíciles en el mundo, toda posibilidad de crecimiento.

Se debe volver a una convertibilidad, como bien explican desde ya hace mucho tiempo los mejores economistas argentinos, desde Domingo Cavallo—descubridor de las bondades específicas de permitir una moneda convertible a otras que merezcan más confianza como modo de promover el ahorro dentro del sistema y volver a inversiones libres y rentables—hasta Carlos Melconian.

La inflación es un mal del peso y del déficit fiscal, pero la parálisis de la economía argentina  se puede controlar con una nueva convertibilidad flotante y la libertad total de circulación de otras divisas estables y confiables.
Urge que el Presidente Fernández cree un veloz consejo para una reforma monetaria  y que se la ejecute con tanta rapidez como el plan para minimizar los efectos del virus Covid-19. Una buena conducción y una buena explicación de este problema y de su inevitable solución, ayudarán a poner la Argentina de pie, aun en medio de la pandemia, y abrirán el camino para un crecimiento sostenido.
 Las inevitables discusiones intra- gobierno podrán desarrollarse después acerca de qué impuestos cobrar a las ganancias (¡no a la producción! ) y cómo distribuirlos, pero quedará zanjada de una vez y para siempre, esperemos, la discusión acerca de la conveniencia de permitir operar libremente, hacia adentro y hacia afuera en la moneda de preferencia. Un DNU o, mejor, una ley aprobada por un Congreso en el cual la oposición no podrá oponerse a la solución que no se animó a tomar en su momento, para no ceder la delantera política, permitirá demostrar, colectivamente, que no habrá crecimiento sin moneda y que esa moneda no puede, por ahora, ser un peso devaluado que se devaluará aún más.

El premio de la lealtad a la verdad será el comienzo del crecimiento de Argentina durante el gobierno menos esperado para lograr ese objetivo. Pero, así es la vida, que cuando no mata, enseña.

lunes, febrero 17, 2020

LA RESIGNIFICACIÓN DEL PERONISMO


Con una ciudadanía cada vez más dividida y desorientada, la reorganización de los espacios políticos y la reformulación de sus propuestas requieren más atención de las que la misma ciudadanía, sus dirigentes políticos y la prensa, le otorgan.

Lejos de concentrarse en las aparentes diferencias entre el hoy presidente Alberto Fernández y la ex presidente Cristina Kirchner, vale la pena intentar una mirada más amplia sobre el peronismo en su conjunto. Franquicia gratuita al servicio de quien se apodere de sus insignias y/o partido, para unos, rémora inservible del pasado para otros, tradición no revisitada para los nostálgicos, el peronismo no parece nunca concluir pero tampoco reorganizarse a la luz de las nuevas necesidades nacionales.

Agotadas están tanto la cultivada brecha entre macrismo y kirchnerismo como la renovada brecha entre peronismo y antiperonismo  de los últimos años, con el triunfo inesperado de un peronismo variopinto. Tambíén fracasó la muy tardía intervención del ex Presidente Macri como socio del peronismo anti-kirchnerista, en un esfuerzo sin demasiada convicción. Así, hoy, con una alianza muy imperfecta de diversos sectores del peronismo y del kirchnerismo en el gobierno tras el triunfo en las elecciones presidenciales de 2019, vale la pena preguntarse si existe una posibilidad de unificación legítima del peronismo y cuáles serían las propuestas que un nuevo y emergente liderazgo podría ofrecer al conjunto de modo de no ahuyentar a ninguna de las partes que hoy aspiran a constituirlo.

Para realizar un efectivo trabajo de integración de esas partes, es necesario considerar que, desde la muerte del general Perón, el peronismo atravesó muchos cambios en sus políticas tradicionales, pero sin dirigentes que, retomando la palabra y estricto método didáctico del General Perón, actualizasen el formato de antiguas políticas conservando las esencias doctrinarias. Así, dirigentes como Carlos Menem supieron encontrar el éxito sin dar mayores explicaciones a los ciudadanos y pagando el precio después en la destrucción de sus exitosas políticas a manos de Eduardo Duhalde, un dirigente igualmente peronista, pero interesadamente aferrado a ortodoxias del pasado, así como su seguidor Néstor Kirchner, que además introdujo a su mujer como seguidora y catalizadora de políticas ya ortodoxas, ya culturalmente antagónicas  en  muchas de sus formulaciones a la doctrina peronista. 

Hoy, en la inmensa crisis y desorden que atraviesan el país, volver al pasado sólo es útil para recordar lo que no se hizo: resignificar al peronismo como un instrumento político útil también en el siglo XXI, un instrumento  capaz de lograr, a la vez, la prosperidad de la Nación y el ascenso social de sus clases trabajadoras y aspirantes al trabajo.

No tiene mucho sentido discutir hoy las propuestas culturales que trajo la administración de Cristina Kirchner, algunas de las cuales fueron estandartes explícitos de la generación del 70 y, como tal, parte también de la historia del peronismo, propuestas que la ciudadanía afín absorbió bastante pacíficamente sin una oposición demasiado enérgica en el resto. La Argentina admite esa multiplicidad cultural y lo hace, tradicionalmente, en paz.  En cambio, sí tiene mucho sentido discutir el enorme atraso que los Kirchner y antes que ellos Duhalde, entronizaron en el país con su insensato discurso anti-liberal en la economía, porque eso afecta la vida real de cada habitante para mal y no sus creencias personales.

Aferrándose a la antigua oposición entre peronismo y liberalismo y su sangrienta historia en los tiempos del final del primer gobierno de Perón y hasta el regreso de la democracia en 1983, muchos peronistas—kirchneristas y no kirchneristas-- quedaron anclados en un pasado estatista improductivo. El éxito de Menem, iluminado en la necesidad de unir los dos antiguos bandos, debería haber quedado como la lección práctica pero, como período no concluido con éxito durante la siguiente afín administración radical, y sin líderes respetados que hicieran suya la lección, permanece aún oculto en el pasado.

Sí, el éxito de los años 90 continúa ignorado en un país que hoy no puede ni quiere recordar su propia experiencia de cómo supo una vez terminar con la inflación y terminar con la escasez de dólares.  Tampoco el ex presidente Macri se animó a hacer suya la lección, perdiendo así la oportunidad de entrar por la puerta grande de la historia. El rol del líder unificador del peronismo con el liberalismo y capaz de absorber en el intento los contenidos liberales de izquierda del kirchnerismo sigue vacante.

La necesidad de un nuevo liderazgo que rescate los opuestos y los resitúe en el nuevo escenario nacional es más que urgente. No hay tanta necesidad de asustarse con posibles guerras civiles, con nuevos enfrentamientos entre dirigencias poco afines del peronismo, si se es capaz de ubicar a cada uno en su correspondiente lugar de acción.

El kirchnerismo, hoy bajo el peso de sus innumerables delitos de defraudación del Estado, precisa a la vez un justo castigo judicial y un rescate de todas y cualquiera de las buenas intenciones que haya tenido, reencauzadas en una política más general. Por ejemplo, sus grandiosos y valorables proyectos de inclusión, no cumplidos y menos alcanzados en la población más carenciada, deben ser reencauzados en los sindicatos, la mejor organización posible para permitir no sólo mejores condiciones de trabajo, educación y salud, sino una inclusión ascendente hacia la clase media.

 El peronismo ortodoxo y aferrado al pasado, debe ser reeducado acerca de qué instrumentos usar para tener una economía organizada y productiva, a perder el miedo a reeditar su exitosa experiencia de los años 90 con la convertibilidad y la política económica de libertad, y a entender que el “neoliberalismo” o el “liberalismo” pueden ser crueles en países donde no existen sindicatos con la proyección que éstos tienen en el nuestro, o sea, donde no existe una doctrina peronista capaz de encontrar el recurso justo para hacer crecer el país a la vez que protegiendo a sus trabajadores.


 Finalmente, el peronismo liberal que después de Menem y Cavallo no ha encontrado hasta ahora dirigentes capaces de representarlo cabalmente—Macri no se atrevió a ser ni peronista ni liberal---debe hacer un esfuerzo suplementario en adelantar sus ideas y, en especial, en hacer del sindicalismo el mejor y mayor abanderado de esta nueva y pendiente integración.

Como columna vertebral del movimiento, el sindicalismo argentino también precisa una urgente actualización: adherir a los principios de libre mercado tomando para sí la responsabilidad de los seguros de desempleo, apoyando la convertibilidad con su inmediata posibilidad de terminar con la inflación y tener salarios fijados en una moneda estable, de modo de dedicar las energías a luchar por la reeducación de los trabajadores, por la transparencia y eficiencia de las obras sociales y por todo aquello que los trabajadores, dentro de una economía liberada y con creciente inversión y prosperidad, puedan necesitar.

El peronismo ha sido y será, hasta su último día, revolucionario y capaz de romper con todos los preconceptos, aún los propios, sin renunciar a su doctrina. Hoy, el dirigente que va a predominar , a hacer grande a la Argentina otra vez y a sacar a su pueblo de la muy injusta pobreza en la que malos dirigentes lo hicieron caer, es aquel que sepa explicar cuáles son los términos de la revolución pendiente, hoy, obligadamente, tan liberal como peronista.

domingo, enero 19, 2020

CRISTINA KIRCHNER: RADICALIZACIÓN O RENOVACIÓN



La sorpresa del nombramiento de Alberto Fernández como candidato a presidente ya fue absorbida y los sentimientos de profundo disgusto acerca del nuevo poder otorgado a la ex presidenta se han  ligeramente apaciguado ante la falta de hechos contundentes que alimenten el encono. El malestar ahora es subyacente y oscuro: ¿qué nueva sorpresa deparará la hoy vicepresidenta Kirchner?

 Una sorpresa que no provenga de su nuevo rol institucional, sino de su rol como jefa política de un obediente y radicalizado 30% de la población más pobre y necesitada y, por default, de un peronismo que no ha podido aún elegir a su antagonista, el opositor lúcido y validado por elecciones a una jefa que una gran mayoría de peronistas todavía no reconoce ni como jefa deseable y ni siquiera como peronista.

¿Quiénes son hoy los candidatos a ocupar ese lugar?  Mauricio Macri, a pesar de incluir a Miguel Ángel Pichetto en la fórmula presidencial, desdeñó ese rol de conductor del peronismo afín. basándose en su finalmente inocultable deseo de aplastar al peronismo más que de liderarlo. Por su parte, Alberto Fernández es hoy el poco convincente depositario de una esperanza de traición a su jefa: a pesar de sus condiciones de político muy conocedor de la alternativa peronista liberal, no dará por sí mismo un solo paso en ese sentido, sin la autorización de quien le dio el poder. Y hay quienes ponen la esperanza en Massa, con sus consumadas aptitudes de traidor a todo, incluso a sí mismo, pero la traición no ha sido jamás un valor peronista y es difícil para muchos aceptarlo.

Por lo tanto, queda una vez más el lugar vacío—hace tanto tiempo que un dirigente peronista no se anima a defender los años 90 y la impecable conducción política y económica de Carlos Menem y Domingo Cavallo desde los años 91 al 96—hasta que alguien redescubra el legado inexplotado de este peronismo y termine para siempre con la inflación, la falta de inversión y crecimiento, y emprenda una nueva era de prosperidad, ahora con un mayor conocimiento, una mayor contribución y aporte de los sindicatos y un regreso al mundo internacional de los negocios.

Al costo del golpe institucional de Duhalde y Alfonsín que hizo caer a de la Rua, volteando a la vez la convertibilidad y los contratos en dólares, locales e internacionales, hay que sumarle ahora el fracaso político y económico de Mauricio Macri. Así,  el liberalismo, o el neoliberalismo como se persiste en llamarlo, en vez de ser visto como la única tabla de salvación para tener una moneda estable, inversión y crecimiento, continúa siendo el cuco que aleja a los argentinos de su mejor destino.

¿Y qué hará entonces Cristina Kirchner que, como tantos otros, cierra los ojos a ese pasado de los 90 que conoció bien, que disfrutó e incluso aprobó aunque con las reservas que muchos de los fundadores del grupo Calafate aún sostienen? Las reservas ideológicas provenientes de un peronismo más estatista o de un cuasi socialismo, y que alimentan la idea de un Estado que debe hacer más de lo que un sano liberalismo le permitiría, sin advertir que la puerta de salida diferencial del peronismo son los sindicatos, que deberían tener PRIVADAMENTE a su cargo muchas de las protecciones que el trabajador necesita por medio de una inteligente red de seguros, O reservas ideológicas anticuadas, que nutren la idea de que el liberalismo da ventaja a ese fantasma del imperio todopoderoso, en vez de darse cuenta de que, más bien, con el crecimiento de los países emergentes dentro del comercio global, los países hegemónicos se debilitan en favor de una mayor estabilidad política, militar y comercial mundial. A propósito de esto, Donald Trump no existiría si no fuese por este fenómeno que acabamos de describir y resulta muy extraño que los kirchneristas anti-imperialistas lo rescaten como un modelo nacionalista a seguir cuando Trump no ha hecho más que perjudicar a la globalización y al comercio mundial que nos permitirían crecer.

Entre estas contradicciones y falsos errores de apreciación—aún con la corrección Alberto, un tanto mejor informada y menos comprometida—Cristina Kirchner debe además mirar su situación judicial. La red de negocios a partir de coimas desde el Estado armada por su marido y algunos ministros y no desarmada ni aún reconocida por ella como un espantoso error político además de como un acto ilegal plausible de ser castigado por la ley, ha sido y continúa siendo perforada por varios fiscales y jueces no demasiado interesados en perdonarla. Este frente, que además involucra a sus hijos, atrapados en la misma telaraña paterna y necesitados de un urgente salvataje materno, requiere antes que nada no fracasar.

Si el gobierno de Alberto fracasa, su renuncia traerá a Cristina, y si Cristina repite la política de Alberto y fracasa del mismo modo en que lo hizo Macri, con un cálculo inexacto de cómo terminar con la inflación, tener una moneda estable y alentar la inversión y el crecimiento, sólo tendrá la alternativa de una radicalización.

Armar al 30% de pobres que la siguen, siempre deseosos de un lugar donde sean incluidos y coman, hacer realidad las milicias populares que hoy mismo predica Evo Morales ahí no más, a un paso de la Plaza de Mayo, y ningún juez perseguirá a Cristina, y tampoco a sus hijos. La radicalización tiene siempre esas ventajas y allí están Cuba y Venezuela para probarlo y, también, como las grandes directoras de esta ya antigua orquesta continental, para ayudar en ese sentido. El pequeño detalle es que, para salvarse, Cristina Kirchner en ese caso, hará que la Argentina se pierda y que termine de hundirse.

¿Qué otra opción tiene la hoy silenciosa jefa del actual presidente? No sólo dejar hacer, sino buscar la vuelta ideológica para asegurar el éxito de un nuevo plan económico liberal en lo macro y kirchnerista en lo micro, aceptando la realidad de la macroeconomía y su necesidad de adecuarse a las reglas mundiales para obtener necesidad y crecimiento, y, en contrapunto,  volver a poner el acento en los intereses culturales del kirchnerismo. No serían aún los del peronismo, pero serían más tolerables para éste y permitirían, poco a poco, un deslizarse de todos hacia el buen sendero. Se terminarían, en el conjunto de la población, muchas de las teorías abismales que enfrentaron, sin una razón profunda y verdadera, a vastos sectores. Y, finalmente, se abriría la puerta cerrada por Duhalde en 2002, mal entreabierta por un Macri que no tuvo el coraje de abrirla del todo, y la Argentina regresaría, de la sorpresiva mano de un kirchnerismo resignificado y renovado, hacia la senda que nunca debió haber abandonado como la importante nación que es.

En más de un foro se le pide a Alberto Fernández que haga “la gran Menem”. No es a él a quien hay que pedirle sino a quién hoy tiene el poder político, su jefa Cristina, para que lo autorice y más aún, lo lidere en esa dirección, para que no quepan dudas. El destino personal de Cristina Kirchner hoy vale tanto como el de los argentinos y, en la mesa de póker de la política y los juzgados, todos lo saben.

¿Esa nueva sorpresa hará morir de rabia a más de uno que no se animó a cambiar del todo o a alguno que se renovó y después desistió? Seguramente, y como el alacrán, podrán picar a la rana, y ahogarnos a todos. Pero, tal vez, no lo hagan, con la lección por fin aprendida. Y entonces, quizá, paguemos sin protestar demasiado el precio moral y ético de la renovación antes que sufrir una mortífera e inevitable radicalización.