sábado, septiembre 05, 2020

LA DESORGANIZADA REBELIÓN DEL PERONISMO CONTRA EL KIRCHNERISMO


¿Qué tienen en común Mauricio Macri y Cristina Kirchner, además de haberse elegido mutuamente como el enemigo para ocupar entre ellos el total del escenario político? Haber fracasado por no elegir una economía liberal—por falta de decisión en Macri y de convicción, en Kirchner—y haber intentado eliminar, sin éxito, al peronismo, ya que ambos debieron, a último momento y como única tabla de salvación política, recurrir a él. Macri, el fracasado más reciente, no pudo lograrlo con la incorporación de Miguel A. Pichetto, dejando a su rival kirchnerista con una victoria lograda gracias a la incorporación de un conjunto amorfo de oportunistas grupos peronistas. A pesar de que macristas y kirchneristas insisten en llamar peronismo al kirchnerismo, estos últimos continúan siendo dos cosas muy diferentes y en un combate del cual aún no se percibe ni la dimensión ni la importancia ni, mucho menos, el resultado final.

Aquellos que nunca quisieron al peronismo por su tenacidad y voluntad de supervivencia, bien harían en rescatarlo ahora, ya que el peronismo que se opone al kirchnerismo es republicano y liberal y, sí, progresista también, en su habitual y amplia aptitud inclusiva.

Nadie cree demasiado en que Macri pueda volver a conducir el total de la oposición y la que menos cree en esto, a pesar de lo mucho que esto le convendría, es Cristina Kirchner. Esta dirigente sabe cuál es su talón de Aquiles mucho mejor que cualquier liberal o radical: ese peronismo que jamás de los jamases ella podrá conducir y que hoy, desorganizadamente y sin liderazgo, le resiste en diferentes ámbitos—gobernaciones, sindicatos, Congreso, Poder Judicial. A los que se preguntan por qué sale el leal kirchnerista Sergio Berni con un supuesto discurso de peronismo tradicional y con supuestas aspiraciones presidenciales, esa es la respuesta: ocupar el espacio que, de otro modo e inexorablemente, va a ocupar el peronismo rebelde y resistente a la desviación kirchnerista, esa que ha hundido a la Argentina en la ruina y la pobreza, sin que Macri, por supuesto, remediara esto, para decepción de ese mismo peronismo esperanzado en él en un comienzo.

Para que el gran movimiento de rescate de la Argentina comience en modo visible y esperanzador, sólo hace falta recordar las bases de ese peronismo histórico evolucionado y siempre servidor de los trabajadores y de los aspirantes al trabajo y de las mejores condiciones para crear ese trabajo:

1. Sumisión republicana a la Constitución y a la ley

2. Rescate de la economía de los años 90—peronista liberal—que modernizó y dio estabilidad monetaria y prestigio mundial a la Argentina

3. Reconocimiento del Partido Radical como el partido de las instituciones y el moderador del poder y como su genuino contrapeso—en coalición con otros, como sucedió en los últimos años, o solo.

Estas bases son las que hacen profundamente diferente al peronismo del kirchnerismo y que hoy deben ser diferenciadas correctamente por el periodismo y los sectores políticos, incluyendo los propios.

¿Se puede prescindir de este peronismo? No. Las elecciones de 2019 lo demuestran y muestran además, algo que no es tan visible: ese peronismo se repartió entre Macri y C. Kirchner. Si se lo junta, quedará siempre del lado correcto. Y si se lo junta en una coalición mayor—ya mismo, en el Senado y en el Diputados—el kirchnerismo no tendrá otra chance que limitarse en principio y que ir haciendo lo correcto después, antes o pasadas las próximas elecciones.

Hay que abrir en el espacio público el lugar para ir anotando líderes genuinos aspirantes a liderar ese espacio—no Sergio Berni, un buen hombre leal que jamás traicionará a su jefa—que reivindiquen y vuelvan a presentar este espacio a los argentinos, con toda la carga de esperanza que esto llevará en un momento tan oscuro como éste. Líderes que compitan entre sí en la opinión pública y que refresquen las opciones posibles, para que la población los vaya conociendo y evaluando y, más importante aún, dando poder a esta vía de recuperación de la política, perdida tras el golpe duhaldo-alfonsinista de 2001.

Para los que no crean mucho en o aún odien el peronismo, piensen que en 2001 se perdieron al mismo tiempo la economía moderna creada por Menem-Cavallo en los años 90 (peronista-liberal, luego continuada por el radicalismo liberal), las instituciones y la legalidad que, aún recuperadas luego, no volvieron jamás a su lugar de origen, continuando el variado camino de ilegalidades y falta de libertad.

No hay que desesperar cuando la puerta de salida de la catástrofe en la que hoy estamos es la misma por la cual entramos en 2001 y por donde NUNCA hubiéramos debido entrar.

¿Puede ser que a los argentinos nos haya llevado 20 años entender esto? Sí, a una gran parte de ellos le llevó 18 años entender que el General Perón era una buena persona y un patriota, y a otra gran parte, los peronistas, que el resto de los argentinos no eran enemigos sino adversarios y hasta posibles socios en la epopeya de rescatar al país de sus miserias.

 

domingo, agosto 23, 2020

PERONISMO, ESA SOMBRA MALDITA DE LA LUZ

 

Lejos de aquella interpretación del peronismo por John William Cooke como “el hecho maldito del país burgués”, el peronismo real, hoy sin conducción visible, aparece más bien como la sombra maldita de la luz posible que tanto Cristina Kirchner como Mauricio Macri han evitado durante sus gobiernos. Con un Alberto Fernández ya cómodamente asimilado al juego de considerar a Cristina Kirchner como la jefa de su propio espacio peronista y a devolver a Mauricio Macri a su papel protagónico de jefe de la oposición a ese peronismo, se repite el escenario de la última década que conviene a ambos contrincantes. Este escenario de rivalidad teatral del que rápidamente el periodismo más torpe hace eco, deja fuera de toda posible conducción peronista a un amplio espectro opositor, en especial de los gobernadores, y al mismo Fernández.

El peronismo real, ese que podría muy bien avanzar una gran reforma económica con la base de una moneda sólida, libertad, y un gran apoyo de sindicatos renovados en su rol, es oscurecido tanto por un Macri que siempre prefiere a su lado al radicalismo como por la definitivamente izquierdizada Cristina Kirchner, que para salvarse de las muchas causas judiciales que la acechan, no solo promueve su propia y conveniente reforma de la justicia sino que no vacila en entregar a la misma Argentina a los planes de apropiación en el continente americano de China y Rusia. Entusiasmada con ser una Fidelita que por fin encontró, en este país postrado por la pandemia y el fracaso de dos gobiernos sin éxito económico, la Sierra Maestra de su propia gesta, escribe su libreto, sin esperanzas ya de que prime algún tipo de seria identificación con la Argentina y su destino. Por otra parte, si su motivación principal fuera sólo no ir presa, sería fácil terminar con el problema Cristina Kirchner: hacerla una arrepentida por DNU y crear la vía legal sin cárcel para ella y sus hijos a cambio de la devolución de lo expropiado al Estado. ¿Quién quiere una mezquina venganza cuando el precio es el destino del país?

El peronismo real, ese peronismo sin liderazgo que le haga honor, lejos de ser hoy el hecho maldito del país burgués, es el único salvador posible de ese país burgués del cual hoy, después de setenta años de asentamiento de la revolución peronista, forma parte, burgués él mismo como todo buen trabajador sindicalizado y orgulloso de su país y de sus derechos. Que varios millones de nuevos pobres, hoy izquierdizados en sus reclamos y absolutamente lejos de cualquier reminiscencia profunda del peronismo, nacido no en la confrontación de clases sino en la conquista de derechos, usen la simbología peronista confunde a muchos. A los mismos que además, usan pícaramente a Cristina Kirchner como la representante real del peronismo, intentando hacer de éste lo que no es en la realidad, pero continúa siendo en las amenazantes fantasías gorilas del pasado, esas fantasías que son la verdadera sombra que impide el avance nacional hacia la luz.

El peronismo real, en los años 90, dio el ejemplo, y terminó la guerra con los adversarios gorilas de antaño, y ese hecho fundamental, creó una unidad nacional que permitió la gran reforma liberal de la economía y una inserción continental y global que permitió que la Argentina ingresara en el conjunto de las veinte naciones inspiradoras de las políticas globales.

 Esa inteligencia política que llevó por fin a acertar y encaminar a la Argentina en el sendero de su mejor destino, no es hoy correspondida por el liberalismo opositor, que prefiere recostarse en el errado facilismo de culpar al peronismo y hacer de Cristina Kirchner su jefa--¡qué regalo maravilloso le hacen para ayudarla en sus negociaciones con Pekín y Moscú!—en vez de producir el mismo efecto de los años 90, tomando esta vez la iniciativa para abrazar al peronismo real y hacerlo su aliado en una lucha en la cual no se puede regalar nada a los enemigos de  la única solución posible para el país.

En vez de salir a la calle para reclamar en contra de la reforma judicial, o sea en contra de Cristina Kirchner como “emblema peroncho”, mostrando la hilacha radical anti-peronista más que la verdadera y sabia visión estratégica que tiene el común de la gente: la absoluta necesidad de mantener a la Argentina dentro de sus alianzas occidentales y la infinita urgencia de dar ya un golpe de timón a la economía, creando una moneda sana y dando libertad. Es ese vasto conglomerado común, compuesto por liberales y peronistas, por radicales e independientes, y que no incluye al conglomerado de pobres izquierdizados y sin otro poder que el que los demás poderes regalen a su jefa, el que precisa un liderazgo, y ese liderazgo es el que va a ser el liderazgo de una genuina oposición.

¿Será posible el debate colectivo sobre este tema? ¿Será posible que los poderes reales y el del periodismo en particular, actúen con mayor habilidad para lograr un reordenamiento de los liderazgos?

El escenario está ocupado con los mismos actores, representando los mismos viejos libretos. Está claro que nadie los mira ni espera ya nada de ellos. El público desesperanzado no sabe de qué ni de quién agarrarse para dar lugar a una genuina esperanza. Es tiempo. Ya es hora.

Moneda y libertad, y a reconstruir desde ahí.

lunes, julio 13, 2020

PROGRESISMO: LA EMOCIÓN PAVLOVIANA


Una de las preguntas que ocupan a científicos y legos, es si las computadoras serán capaces de pensar en el futuro, con la previsible respuesta de que sí, serán capaces de pensar una vez alimentadas con la información adecuada que gatille el pensamiento. Existe otra pregunta que se formula menos frecuentemente: ¿serán las computadoras capaces de emocionarse? Y seguramente sí, aunque, como en el caso del pensamiento, también la emoción resulte de una respuesta pavloviana al estímulo de la información correspondiente. Cierto tipo de posiciones políticas reñidas con el más elemental sentido de la realidad, parecen ser, del mismo modo, la consecuencia de una emoción pavloviana alimentada por una información incorrecta u obsoleta. El peronismo ortodoxo, que se niega a revisar los viejos instrumentos, es un buen ejemplo de esto, pero también lo es el progresismo, que alguna vez se llamó así para indicar su voluntad de progreso de la humanidad hacia una sociedad más próspera y justa, una sociedad sin prejuicios y con más libertad.



Como la idea de progreso hacia estas metas, a comienzos del siglo pasado eran el comunismo y su versión lavada, el socialismo, la vieja idea del progreso sin revisar, continua anclada en viejos y jóvenes con emociones sin revisar, alimentadas por las ya caducas imágenes. En la Argentina, una importante clase media “progresista” según la vieja denominación, incluyendo al “progresismo” peronista, hoy conocido con el nombre de kirchnerismo, controla el péndulo por el cual se ganan o pierden elecciones.

No se trata solo de que los pobres Estado-dependientes, sin trabajo y sin afiliación sindical, voten a ese kirchnerismo estatista y le hagan ganar elecciones. Son muchos, pero no son tantos, y en general, tienen un mayor sentido de realidad que las clases medias, siempre más acomodadas y soñadoras. Es esta clase media a la que se debería provocar y llamar al debate, devolviendo además a la palabra progresismo su real sentido de progreso y nutriendo a ese nuevo progresismo de ideales más aptos para lograr un progreso.

Después del fracaso del comunismo y la estrepitosa caída del Muro de Berlín, debería quedar claro que el comunismo, lejos de indicar el progreso, indica la pobreza y el atraso. La emoción pavloviana local, sin embargo, registró apenas el hecho, para renovar el imaginario con diversas variantes de socialismo. En América Latina, aún se sueña con los ejemplos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, con sus fracasos estrepitosos y sus pocos logros (entre ellos, algunos auténticos progresos cubanos conseguidos no a través de la práctica comunista, sino gracias a la financiación de Moscú, imposible de sostener en la misma escala, terminada la guerra fría).

Las generaciones argentinas de los 60 y los 70, portadoras de la antorcha, se resisten a abandonar sus ensoñaciones de lucha contra el imperialismo yanqui y transmiten las glorias juveniles a las nuevas generaciones, como un ideal romántico sin basamento en la realidad. Las ideas anticapitalistas, en particular, tienen una continua prédica. Y aquí está el nudo de la cuestión: se continúa atribuyendo la capacidad de reparto y justicia social a un régimen comunista o, en su defecto, a un régimen socialista, sin reparar en que, antes de repartir hay que producir y generar riqueza. Las tan mentadas democracias escandinavas, último refugio discursivo de los estatistas, son democracias capitalistas con altos impuestos y generosos servicios del Estado. Se puede decir lo mismo de los Estados Unidos, estatista a su manera, pero eso jamás entra en la discusión de fondo. El parche bate contra los empresarios, las empresas capitalistas, y las empresas financieras que los financian y presenta al Estado como el régimen capaz de superarlos.

Existen  derechos individuales que muchos conservadores se resisten a aceptar, por ejemplo, todos los derechos referidos a la identidad sexual, al aborto, a la eutanasia, que expresan, sin embargo, un respeto a la libertad del individuo, lo que es en sí, una marca de progreso en la historia de la humanidad. Este respetable progreso, indicado por un mayor conocimiento científico,  no necesariamente va en desmedro de la fe espiritual, aunque sí vaya en desmedro de algunos dogmas religiosos. En este sentido, el progresismo local se ha encontrado mejor representado tanto por el liberalismo de algunos sectores del macrismo como por el kirchnerismo, que aprobó algunas leyes relevantes en este sentido. No es, sin embargo, el tema de los avances del conocimiento científico ni de las apreciaciones culturales de la libertad individual, lo que crea brechas o hace ganar o perder elecciones a unos o a otros, sino la permanente confusión acerca de qué es el progreso en una economía, aun partiendo de una genuina aspiración de reparto.

Este es un tema de profunda relevancia en la castigada Argentina de estos días, cuando vemos confusas maniobras expropiatorias, luego transformadas en una gesta para rescatar una empresa deficitaria, pasando de la emoción pavloviana de expropiar para favorecer a los trabajadores, a perdonar las deudas y la mala gestión capitalista en un movimiento igualmente discrecional y extraviado. Si el kirchnerismo quiere ser progresista no debe ya emocionarse con repetir un gobierno autoritario como los de  Cuba, Nicaragua y Venezuela, aunque tanto Rusia como China puedan interesarse en poner algo de plata en el intento. Deberían más bien intentar un camino genuino de crecimiento—junto al mismo peronismo ortodoxo retrasado que los acompaña—y progresar hacia una economía abierta de libre mercado, y, ya que quieren Estado, con un Estado buen recaudador y un reparto con excelentes servicios estatales basado en el crecimiento de la economía. En suma: cambiar las imágenes internas de la emoción y referirlas, por ejemplo, a ese ideal de las economías escandinavas, un ideal bastante más exitoso por cierto que el de Cuba, y ni qué hablar, de Nicaragua y Venezuela. Y sí, también en la educación y la medicina, siempre el único ejemplo cubano a elogiar.

Por lo tanto, en las discusiones familiares y amicales o en las de la radio y la televisión,  se podría hacer el ensayo de cambiar las referencias emocionales de aquellos progresistas que ya no saben muy bien cómo lograr sus objetivos sin caer en el peor de los mundos. Las referencias actualizadas para ellos son las democracias capitalistas, que permiten el libre comercio, la inversión y el crecimiento, con un Estado que cobra altos impuestos y reparte, en consecuencia, servicios masivos de altísima calidad. Esa es la meta que hoy debería provocar una emoción genuina en todos aquellos “progresistas” amigos del Estado repartidor, y no la falsa emoción, ¡cómo podría ser verdadera!, ante la pobreza cubana, nicaragüense o venezolana.

Para todos aquellos verdaderos progresistas del siglo XXI que creemos en la libertad y en la autogestión—por ejemplo, en el peronismo, autogestión de los sindicatos y de las bien llamadas por el General Perón, Organizaciones LIBRES del pueblo—nos queda lo que se opondría amablemente al modelo citado en el párrafo anterior, una economía libre hasta sus últimas consecuencias con la igualdad generada por asociaciones privadas de todo tipo, en especial sindicales, con poco Estado, e impuestos bajos.

Entonces, en vez de elecciones siempre dramáticas como las que tememos hoy, entre el inexistente imperialismo yanqui o del FMI y el socialismo repartidor de miseria a la venezolana, tendríamos elecciones entre un conjunto político capaz de permitir la generación de riqueza aunque optando por impuestos altos y servicios sociales del Estado, y la oposición, un conjunto político más centrado en la libertad general, no solo de la economía, con bajos impuestos y reparto social auto-gestionado.

La emoción del progreso nos alcanzará así a todos, porque de un modo u otro, con un conjunto político o el otro, estaremos progresando y caminando hacia adelante.

Y no para atrás, como ocurrió específicamente en las últimas dos décadas, en las cuales fuimos retrocediendo con el duhaldismo, el kirchnerismo y el macrismo—había que elegir una de las dos nuevas posibilidades, y no seguir repitiendo la confusión emocional, estimado Mauricio!

Como está a la vista, ganaron todos elecciones con emociones no revisadas racionalmente ni renovadas en su concepción, y no supieron hacer otra cosa que seguir caminando hacia atrás, con cada vez menos recursos, menos inversión y más pobreza. 

No hay que tener miedo a la palabra progresismo, por el contrario, hay que rescatarla, cambiarle las imágenes y referencias que la distorsionaron, y llenarla de un contenido que sea capaz de hacernos progresar de verdad, con un modelo de país u otro, y donde la mayor diferencia sea la velocidad o la intensidad del progreso. 

lunes, junio 15, 2020

REIVINDICACIÓN DE DOMINGO CAVALLO



Ante la falta de plan económico de la actual administración, los veinte años de penuria en la organización económica argentina merecen una nueva revisión, desprejuiciada y sin el peso de las incorrectas y ya  irrelevantes interpretaciones ideológicas. La figura de Domingo Cavallo, que logró en términos prácticos el resurgimiento de la Argentina como gran Nación en los años 90, tras la decisión del Presidente Menem de entregarle el total manejo de la economía, no es ajena a esta discusión entre un modelo de país u otro.

El complicado final del Gobierno de de la Rúa, en el cual Domingo Cavallo volvió a servir como ministro de economía, y en el cual, para lograr imponer el modelo opuesto, las fuerzas antagónicas de Duhalde y Alfonsín crearon un golpe institucional, derrumbaron el modelo liberal e, injustamente, achacaron toda la culpa a Domingo Cavallo y, de paso, lograron una inmediata impopularidad del modelo liberal, llamado errónea y despectivamente “neoliberal” para que loros propios y ajenos continuasen repitiendo el escarnio, sin  la menor reflexión durante veinte años.

Pues no, la culpa de la enorme devaluación y pesificación no fueron culpa de Cavallo, sino de Duhalde, rápidamente convertido en presidente y apoyado por todos aquellos empresarios y provincias endeudados en dólares. La economía que siguió, rápidamente corrupta bajo la mano de un Kirchner primero y continuada por ósmosis, por la siguiente administración kirchnerista, sólo se sostuvo por el extraordinario precio internacional de la producción agraria argentina y por las reformas de infraestructura, principalmente en energía y comunicaciones, que se habían realizado en los años 90 y que le permitieron a los deficientes gobiernos del siglo XXI gozar de una modernización que no supieron, de todos modos, continuar.

Entre las cosas que injustamente se le reprochan a Domingo Cavallo están:
1) El haberse fascinado con el 1 a 1 y no haber adoptado un cambio flotante. Reproche injusto, ya que el 1 a 1 fue diseñado para estabilizar la inflación, cosa que logró durante todo el período de Cavallo como ministro—período  que terminó en 1996, desplazado por el mismo Menem y por otras cuestiones que las económicas—y un diseño que nunca fue una doctrina, sino un instrumento. El mismo Cavallo se encargó varias veces de advertir en 1998 que era el momento de pasar a una convertibilidad flotante, pero ya no era ministro y el 1 a 1 quedó durante el resto del gobierno menemista, no como su creativo esfuerzo para detener la inflación, sino como el fetiche que mágicamente la impediría, mientras las provincias se endeudaban en dólares a todo galope. Luego, durante el gobierno de de la Rúa, a pesar de las pésimas condiciones heredadas de la última administración Menem en cuanto a la estabilidad de la moneda, intentó ir hacia ese esquema mediante una renegociación de la deuda. Pero, ya los endeudados pretendían la solución drástica con una  devaluación y pesificación, y Cavallo fue nuevamente desplazado y peor aún, señalado como el responsable de la catástrofe final que aún, en Diciembre de 2001 no había ocurrido y que Duhalde se encargaría de precipitar en enero de 2002,
2) El corralito, en los días previos a las vacaciones y la Navidad, es la segunda cuestión por la que muchos aún lo odian, sin reparar que no fue el corralito la razón de su infortunio, sino el corralón posterior de Duhalde. Ni de la Rúa ni Cavallo eran Churchill ni el pueblo argentino el pueblo inglés listo para combatir a un enemigo perfectamente identificado—el posible colapso de la economía si no se tomaban las duras medidas necesarias—y  los malos dirigentes, incapaces a su vez de identificar ese colapso como el enemigo de la Nación y solo atentos a sus propias necesidades, se salieron con la suya. Hasta hoy, estos últimos siguen sosteniendo que el 1 a 1 y el corralito de Cavallo, y por supuesto el “neoliberalismo” que engendró a ambos, son los culpables de lo que seguimos llamando la tragedia del 2001. Pero, la tragedia del 2001 fue en realidad la tragedia del 2002, cuando se desposeyó a los ahorristas de sus ahorros en dólares depositados en los bancos, pesificándolos y reduciéndolos a una cuarta parte de su valor real, y procediendo de la misma manera con bonos, títulos y todos los contratos firmados pactados en dólares, y, en el mismo movimiento, destruyendo toda la seguridad jurídica de la Argentina. La realidad es que el corralito de Cavallo fue una simple medida de bancarización obligatoria para dejar a los dólares dentro del sistema bancario, con total disponibilidad de los mismos por medio de operaciones bancarias, tarjetas de crédito, etc. y, justamente, evitar el triunfo del enemigo que acechaba, es decir, la devaluación descontrolada y la pesificación posterior. La medida de Cavallo fue necesaria pero indudablemente impopular por la época de Navidad y vacaciones en la cual solo un pueblo bien alertado e instruido en la realidad, hubiese aceptado la necesidad para evitar males mayores, mientras se renegociaba la enorme deuda externa acumulada, no por el plan “neoliberal” sino por la indisciplina de los gobiernos provinciales—en especial, el de la Provincia de Buenos Aires de Duhalde—empeñados, por motivos electorales en endeudarse y gastar más allá de sus posibilidades reales. El que Duhalde perdiera frente a de la Rúa, no lo amilanó. Buscaría ser presidente del modo que fuese y al precio que fuese. En la tragedia de 2002, Cavallo no expresaba el bando de los malos, sino el de los buenos: el que quería un país sin inflación, con libertad, con responsabilidad administrativa y seguridad jurídica.

Estamos nuevamente en la hora de tener que tomar importantes decisiones para el futuro de la Argentina y nos convendría enfrentar colectivamente las dos únicas opciones disponibles:
a) las de una sumisión a la posible ayuda rusa o china con la cesión de importantes recursos militares estratégicos, para ir construyendo una economía estatal de pobreza a la venezolana o a la cubana, con una comunidad colectivamente empobrecida y con escasos derechos, o bien
b) regresar a la Argentina a su destino de potencia sudamericana, con una economía libre y una infinita capacidad de crecimiento, de reparto y de empuje hacia arriba de los sectores más postergados por medio de un aumento exponencial de las inversiones y el trabajo, en total acuerdo con sindicatos modernizados y ampliados en su incidencia y funciones.

 No se trata de una opción entre peronismo y liberalismo, como una prensa perezosa y mal entrenada para dirigir la políticas pretende hace creer, sino de una opción entre el hundimiento de la Argentina como Nación independiente a manos de dirigentes egoístas e irresponsables, animados por falsas ilusiones de justicia social, muy alejadas de las realidades de la justicia social del peronismo, por otra parte, o el crecimiento y prosperidad en libertad y sin otros límites que el esfuerzo del trabajo nacional. La distinción de las opciones es importante porque el peronismo y el liberalismo están otra vez del mismo lado y opuestos al kirchnerismo irreflexivo, aún de sus propios intereses de largo plazo, si de verdad pretenden la promoción de los más pobres y tener medios con los cuales ayudar de verdad a los países con los cuales simpatizan, en especial Cuba, que adoraría tener buenas inversiones argentinas fuera del bloqueo y a la cual en nada beneficiaría una nueva hermanita rusa o china en el continente.
  
En estos días, con todas las malas respuestas acerca del por qué de la decadencia argentina agotadas y ante la inminencia del peligro de una mala decisión, los medios han vuelto a acercarse tímidamente a Domingo Cavallo pero, sin animarse aún a hacer propias las ideas que permitieron su enorme éxito en los años noventa. Su plan de libertad total en la operación monetaria, con una convertibilidad fija que más tarde debería convertirse en una convertibilidad flotante, con un mercado libre y competitivo, con la venta de inoperantes y deficitarias compañías estatales para asegurar una veloz inversión privada y modernización de la infraestructura obsoleta, y con un plan orientado a las relaciones y comercio con todos los países del mundo--no hay que olvidar el paso previo de Domingo Cavallo como Canciller de Menem—logró un total giro del destino argentino y lo puso otra vez en la senda del progreso y crecimiento. ¿Fue todo obra mágica de su genio personal? No: antes de siquiera pensar que iba a ser el más importante ministro de economía de la Argentina en medio siglo, se preocupó por preparar equipos en la Fundación Mediterránea y en el IERAL, que le permitiesen hacer las reformas necesarias si alguna vez tuviese la oportunidad, En los años 90, no se trataba solo del genio político de Menem de rumbear hacia el lado correcto, ni de la inmensa creatividad económica e inteligencia de Domingo Cavallo, sino también de un equipo perfectamente formado y adiestrado.

¿Dónde están hoy el posible ministro de economía y su afinado equipo que puedan servir a Alberto Fernández del mismo modo en que Cavallo sirvió a Menem? ¿Dónde está hoy la lucidez de conducción para orientar al país hacia donde sea más fácil obtener inversiones, crecimiento, trabajo y prosperidad? ¿Dónde la inteligencia del periodismo como comunicador de las ideas que sirven, de modo que el pueblo argentino pueda cotejar la información con su propia realidad y comprender bien qué le conviene apoyar y a quién debe temer?

Esperemos que la inteligencia nacional esté despertando y despojándose de las telarañas de prejuicios en los ojos y mire por fin hacia donde debe mirar: hacia los que hicieron grande a la Argentina en su momento y que solo no continuaron haciéndolo, porque, como en muchas batallas, los malos fueron más.

sábado, junio 06, 2020

REPENSAR LA ARGENTINA


El actual tiempo de repliegue y silencio, debería ser propicio para volver a imaginar la Argentina que deseamos. Atrapados en las construcciones ideológicas del pasado—ya sean liberales, radicales, peronistas o de izquierda—los dirigentes políticos continúan fallando al no poder  imaginar una Argentina en la que la mayoría de las tradiciones políticas queden por fin integradas en una única identidad colectiva.
 Sin embargo, no hay que ser pesimistas: cada vez más se ha ido produciendo una integración de hecho, aunque nunca explicitada por un dirigente, como un proceso en marcha que aún debe culminar.
En este sentido, hay que hacer notar que el último presidente, Mauricio Macri, estuvo muy cerca de completar el proceso. Si no se hubiera resistido hasta el último momento a incorporar peronistas a su movimiento, además de ganar las elecciones, se hubiera llevado los lauros de ser el primer dirigente integral argentino, después de Menem y de veinte años de angustia económica. Veinte años sin un destino claro que se hubieran evitado si Menem no hubiese lamentablemente abortado el proceso, por no querer dejar un sucesor. Ese lugar hoy vacante del dirigente nacional que se anime a construir el gran paraguas político que albergue todas las tradiciones argentinas, podría muy bien ocuparlo el actual presidente, aprovechando la simpatía que ha sabido ganarse en la mayoría de la población, por su gestión paternalista de la pandemia.
En principio, el hoy gris Presidente Fernández  es alguien que generacionalmente ha aceptado las tradicionales banderas radicales del republicanismo, además de las obvias tradicionales banderas peronistas por ser él mismo peronista,  e incluso algunas de las banderas progresistas de la izquierda—por gravitación generacional y por su aún no renegada alianza con el kirchnerismo—y sólo le faltaría hacer públicamente suya la tradición liberal. Públicamente,  ya que privadamente, su paso político por el gobierno de Menem  primero y, más aún, su paso por el partido de Domingo Cavallo aliado a Gustavo Béliz después, brindan  una certeza de su familiaridad con los presupuestos liberales en la economía. Como esto es algo que aún al peronismo le falta la valentía de aceptar masivamente y de hacer suyos los instrumentos liberales para poder cumplir mejor con los propios objetivos, por ejemplo, crear mucho más trabajo y riqueza y nuevos modos de progreso sindical, nadie más indicado que un peronista conocedor del tema para alzar otra vez esta revolucionaria bandera de reforma integral de la economía. Y, de paso, salir de la grisura, para tomar un color propio.

Así es que, junto con las fantasías rusas de que la Argentina sea una nueva playa en Latinoamérica al estilo cubano, o las fantasías chino-kirchneristas de la gran granja china destruyendo a la “oligarquía estanciera” comprando sus tierras y adueñándose de puertos y vías fluviales, o las más modestas fantasías estatistas y europeístas remanentes en un peronismo no actualizado, se levanta una posibilidad más realista, a la que incluso la ex presidenta Cristina Kirchner, si viese muy trabada su fantasía china y en un brote de sensatez y autoprotección judicial, podría adherir.

Esta posibilidad no es otra que la ya probada unión del liberalismo económico tradicional  y el liberalismo político radical con el peronismo modernizado, en una unión y acuerdo político que, sin eliminar las procedencias de origen, convergiese en una idea amplia de nación con espacio para todas sus viejas tradiciones. ¿Existe acaso lo opuesto, el espacio para seguir negando hoy lo que ya es historia y sigue firmemente encarnado en un sector u otro de la comunidad? La guerra civil se acabó y no la terminó la victoria de un bando sobre el otro, sino un virus letal al que no le costó el menor trabajo unir a los dos para el bien de la Nación.

El problema básico de la Argentina desde el advenimiento del radicalismo primero y el peronismo después, ha sido el de no poder integrar la tradición liberal que hizo grande a la Argentina, con la tradición federal anterior que aseguró sus fronteras y su condición de Nación, y así continuar con la persistente división, oponiendo siempre la necesidad de crecimiento y expansión en el mundo, a la necesidad de progreso de los trabajadores y desposeídos, cuando en realidad, la Argentina no puede prescindir de satisfacer ambas necesidades al mismo tiempo.

Es la hora de que los dirigentes más inteligentes sepan hacer suyas todas las tradiciones y combinarlas del modo más adecuado para asegurar, otra vez, la grandeza de la Nación—la Argentina es siempre, inevitable y potencialmente, una gran Nación, ya lo fue y, para ser ella misma, debe volver a serlo en toda su dimensión—y la felicidad de su pueblo. La frase es peronista, pero define muy bien cuál es la meta, la única meta a la que puede aspirar un dirigente digno de ese nombre y capaz de hacer honor a todos los dirigentes que hicieron antes que él, una Argentina grande y un pueblo feliz.

Y para los argentinos de a pie, ¿no es mejor ser los orgullosos dueños de un conjunto de ricas y variadas tradiciones, que los huraños y rencorosos soldados de sólo una de ellas?

martes, mayo 12, 2020

NO SON DOS, SON TRES



Mientras poco a poco va calando en la dirigencia y en la población, la idea de una pandemia que durará hasta que exista una vacuna y que la única estrategia posible para revivir la economía, es prepararse para convivir con ella, conviene ir pensando en una lectura adecuada de los espacios políticos. El punto de una buena lectura de estos espacios es encontrar la forma más viable de llegar a un rápido consenso  para crear una economía libre que permita el mayor, mejor y más rápido crecimiento.

Volvemos a repetir lo que ya dijimos muchas veces: el gran error de Macri fue no asociarse también con el peronismo afín, mucho más entrenado y hábil que los radicales en la comprensión y manejo de una economía liberal, por su historia de los años 90. Se asoció tardíamente y sin mucha convicción, lo cual terminó de anularlo como el líder que se esperaba hiciera la tan necesaria reforma liberal. Hoy, esa posibilidad, tal como existía en todo su potencial en 2015, no existe más. Lo que debe primar en estos días en que los enojados con el actual gobierno porque no muestra nada que indique la comprensión de lo que habría que hace, vuelven a agitar las banderas anti-peronistas.

Lo hacen  del mismo modo enceguecido en que lo hacían desde el meollo mismo de Cambiemos, como si todo fuese siempre una cuestión binaria de peronistas contra liberales, como si los años 90 no hubiesen existido, y como si el peronismo fuese el breve peronismo del 17 Noviembre de 1972 al 13 de Julio de 1073, reino fugaz de los Montoneros a la conquista del poder, incluyendo la presidencia de Cámpora, y no el peronismo en constante evolución instrumental, desde 1945 hasta 1999. Este peronismo, el verdaderamente revolucionario, el que tiene a los trabajadores como su columna vertebral y como su objetivo principal, es el peronismo que comprendió la globalización y la necesidad de una economía abierta, liberal y moderna que sirviese al crecimiento y al progreso genuino de los trabajadores. Desde luego, el peronismo retrógrado estatista de Duhalde primero y Kirchner después, y el peronismo de la izquierda fantasiosa de Cristina Kirchner, poco tienen que ver con el peronismo evolucionado según sus propias leyes.

Ya Perón había rechazado claramente la variante comunista cubana y toda versión del poder que no fuese republicana y democrática, señalando que los años de la “toma del poder” por parte de los trabajadores, ya estaba en el pasado, y que ahora sólo se trataba de seguir con el dogma doctrinario del trabajo y el trabajador y entrar lo más rápido posible en una etapa institucional. Más tarde, Menem ayudaría a esta institucionalización, haciendo las paces con todos los viejos enemigos y organizando una auténtica economía peronista y liberal a la vez, en la cual los sindicatos ayudaron mucho, aunque sin llegar a todo que podían y pueden aún hacer para asegurar la mejor vida de sus afiliados.

Entonces, no se trata de que en el país exista una brecha con dos facciones en pugna. Existe una división antigua, que se insiste en hacer pasar por actual, y una división verdaderamente actual, una que no se puede ver, en tanto las facciones no son dos, sino tres.

Aspiran al poder los no peronistas, los peronistas, y la izquierda que sueña con hacer de la Argentina una Cuba más grande, ya provengan sus mentores e integrantes de la izquierda tradicional o del peronismo, como Cristina Kirchner, quizá la más interesada en perpetuar la antigua división entre peronistas y liberales, como personaje en busca de un rol estelar en el escenario global. ¿Qué podría dárselo sino una bonita y colorida dictadura? Claro está que también podría lucirse con un sorpresivo rol de moderna líder reformista liberal, rompiendo con su propio pasado, pero, que sepamos, aún no considera interesante el nuevo libreto que, sin embargo, tendría la ventaja de dejar a sus descendientes viviendo en una gran y bella nación.

Si el gran peligro que corre hoy la Argentina en pleno derrumbe, es que efectivamente por su falta de dirección y creciente pobreza caiga en una desordenada venezuelización con el espejismo cubano como meta, habría que revisar en muchos enclaves del poder, la actitud hacia el peronismo y, buscar la estrategia para construir un sólido polo liberal, uno que incluso, eventualmente, pueda apoyar con éxito al actual Presidente Fernández, el inevitable día en que éste deba elegir entre la espada y la pared.

 Los peronistas y los no peronistas, están llamados a enfrentar tanto el estatismo y el antiliberalismo, como el posible giro a una dictadura de izquierda. El Presidente Fernández, a su vez, tendrá que optar por el camino adecuado para la Nación, ya que ésta ha sido puesta en sus manos y no solo para que administre la pandemia.

Como de costumbre, lo que escasea son los buenos líderes que, entendiendo el espacio político sin prejuicios, puedan plantear la correcta asociación de los que hoy tienen los mismos objetivos y terminar con la insistencia en las diferencias del pasado. Los verdaderos peronistas son todos, por la fuerza, inevitablemente liberales: no hay posibilidad de progreso duradero para los trabajadores si no es dentro de una economía liberal.  Los verdaderos liberales son, por fuerza, inevitablemente peronistas, ya que una economía liberal, además del capital, debe hacerse con trabajadores que la acepten y fortalezcan.

¿Quiénes son hoy los enemigos de la Argentina y los que van a retardar su crecimiento y progreso si llegaran a hacerse de TODO el poder? Los estatistas, los antiliberales, los antiperonistas, los izquierdistas y todos aquellos que aún tienen, por insensatez o propia conveniencia, la vista en el pasado.

No son dos, sino tres. Nótese que esto es cierto hasta el punto en que, en las últimas elecciones, en las que ninguno de los tres podía ganar por sí mismo, la estrategia fue partir a uno de ellos, quedándose los otros dos cada uno con un pedazo. En total oscuridad, sin que se discriminase bien las partes del peronismo, por lo cual, por ejemplo, alguien como Massa, quedó ubicado en el lado incorrecto. Si la población hubiese sido mejor preparada desde antes en esta visión de tres en disputa y si los dirigentes de Cambiemos hubiesen sido más lúcidos tempranamente, la alianza de dos nítidos liberales contra un tercero hubiera dado la victoria a la alianza más genuinamente fuerte, a la que de verdad expresa el sentir de la mayoría de la población, y no cómo resultó, con la victoria de la frágil y poco creíble alianza actualmente en el poder.

Este es tiempo de construcción y cuánto más se entienda que no son dos, sino tres las fuerzas aspirantes al liderazgo, más rápido será el camino a una coalición y a la estabilización de la Argentina como una nación democrática y moderna, capaz de comprender su historia—su historia completa—y conducir su propio destino.

viernes, abril 17, 2020

LA ARGENTINA Y EL PROYECTO POSIBLE DE LA OPOSICIÓN



Como en una profecía auto-cumplida, el coronavirus vino a reforzar la locura nacional-proteccionista que desde hace unos años viene aquejando al planeta. Desde el Estados Unidos de Trump a la Gran Bretaña del Brexit, pasando en muchos otros países por diversos estadios de rechazo a la globalización, la negación planetaria acerca de los enormes beneficios que trajo la creciente intercomunicación comercial del planeta a partir de la caída del Muro de Berlín, no ha parado de crecer. La  Argentina, durante el lúcido gobierno de Mauricio Macri en este aspecto, con su punto culminante en la reunión del G-20 en Buenos Aires, hoy en el gobierno kirchnerista del dúo Fernández, se ha perdido mucho del terreno ganado. Desde el fatídico cepo final de Mauricio Macri a la parálisis económica de los presentes días de la pandemia, hemos permanecido a la espera de definiciones en el rumbo, con pocos resultados.

Hemos visto, en cambio,  recientes declaraciones del Presidente Fernández, unido en lo teórico a la Vicepresidente Fernández mucho más de lo que se esperaba. Ahora ya sabemos que es social-demócrata, estatista antes que liberal y muy dispuesto a proteger los ingresos del estado por retenciones a las exportaciones e impuestos a los ricos, y que no se preocupa por la emisión desmedida de pesos, además de insistir en espantar los dólares que quisieran transitar libremente por el sistema, en vez de abrazarlos y mimarlos, para animarlos a confiar en el país.
Tan cómoda en la gestión de la pandemia como el mismo presidente en su insospechada capacidad de liderazgo didáctico que genera—por ahora—una notable obediencia en los díscolos compatriotas, la muy callada oposición  no sabe bien qué hacer. Este no saber qué hacer y tener un perfil político tan bajo se debe esencialmente al mismo problema que aquejó a Mauricio Macri durante su gobierno: la predominancia, por debajo de las esperadas ideas supuestamente liberales de Macri, de las recetas y programas estatistas de una influyente mayoría radical que predominó allí donde el par debería haber sido el peronismo liberal que aún hoy espera su líder. Se trata de algo más que agregar un vicepresidente peronista a la fórmula presidencial. Se trata de abrazar sin timidez la excelencia de lo que se hizo en los años 90.

Así, ya provenga de liberales amigos y socios del peronismo que ya dio sus exámenes de modernidad, o de peronistas amigos y socios de un liberalismo con el que ya tuvieron una fructífera producción política, una oposición auténtica hoy debe volver a defender sin tapujos la apertura de fronteras, la eliminación de las retenciones a todas las exportaciones, la apertura inteligente del mercado favoreciendo por medio de créditos privados la exportación de las marcas argentinas, alertando y entrenando a los sindicatos en todas las nuevas competencias de las que deben hacerse cargo para defender del modo adecuado a los trabajadores del siglo XXI sin entorpecer a las empresas,  y, en primerísimo término, para que todo este conjunto de acciones sea posible, eliminar el cepo y permitir una nueva convertibilidad flotante para que las personas puedan operar en la moneda de su preferencia y los precios tengan un ancla estable y confiable, más allá de la emisión de pesos que pueda seguir creando inflación durante el tiempo de transición hacia una convertibilidad estable. El criterio de la oposición, en todos los campos, debe estar regido por la idea que es la libertad lo que proporcionará el crecimiento que tanto precisa la Argentina, y no las trabas o las restricciones.
Peronista opositor a la social-democracia estatista del resto del peronismo retrasado y/o llanamente liberal, el nuevo conjunto de peronistas y liberales, aún sin nombre ni líder que lo reclame, tiene un discurso posible y disponible, listo para usar. Justamente, el discurso didáctico que describe el proyecto que la población, harta de los malos manejos y desaciertos de unos y otros, está ansiosa por escuchar y acompañar, con tanto corazón como el que pone en salir a flote de la pandemia.


jueves, marzo 26, 2020

EL VIRUS QUE NO SE COMBATE: LA FALTA DE MONEDA





Grandes loas ha recibido el Presidente Fernández por su rápida y correcta reacción ante la pandemia y su efecto local. Se rodeó de expertos, obtuvo la cordial ayuda de la oposición y la comprensión de una gran parte de la ciudadanía que, en general, respondió bien a la voz de mando y, sobre todo, a la explicación detallada de por qué se tomaron medidas tan ingratas. Un modelo de actuación política colectiva—muy al mejor antiguo estilo peronista de conducción con explicación—que logró cohesión por un único y exclusivo motivo: el miedo a morirse y la existencia comprobada de un virus que, en algunos casos, mata.

Este modelo de conducción y acción colectiva, sin embargo, no ha podido ser aplicado en el caso de ese virus que nos viene aquejando desde que otro peronista poco ilustrado y apurado por ser presidente de cualquier modo, destrozó la convertibilidad, pesificó los depósitos bancarios y los contratos en dólares y creó el virus letal de una moneda nacional inservible junto a la dificultad de usar otras, como el dólar, eterna moneda referente de los argentinos. El gobierno medianamente responsable en lo fiscal y con ingresos maravillosos por los precios de las producciones agrícolas argentinas de Néstor Kirchner, disimuló por un tiempo este tema, que se agravó en la segunda presidencia de Cristina Kirchner y que se esperaba que Mauricio Macri como presidente resolviese, por su profesada fe liberal, pero malos cálculos electorales lo hicieron desistir.

El resultado, desde Duhalde para aquí, ha sido una Argentina fundamentalmente enferma en su economía no por su falta de recursos (abunda el capital argentino en las cajas fuertes y colchones locales y en la seguridad de los bancos del exterior, fuera del alcance de los nuevos Duhaldes) sino por la falta de libertad para disponer y usar una moneda confiable y estable en todas las transacciones.

Hoy la Argentina en coma, casi muerta, aún más golpeada por la paralización de la economía tras el Covid-19, pide a gritos que alguien cree un equipo de atención del mayor problema básico que tiene la economía argentina, que es la falta de confianza en su moneda frente a la constante emisión y al rezago de un efectivo equilibrio fiscal. Un equilibrio, por otra parte, que jamás se encontrará mientras no se ataque el problema principal que es la falta de una moneda estable con la cual se pueda invertir y recaudar y operar en total libertad, tanto internamente como en las operaciones que involucran el exterior.

Sorprende que un Alberto Fernández, que supo representar al partido de Domingo Cavallo, continúe con los ojos cerrados a este problema que tiene una sencilla solución para aquellos que entienden cuándo exactamente comenzó a arruinar la macroeconomía la falta de una moneda estable y a ir matando, en especial en tiempos difíciles en el mundo, toda posibilidad de crecimiento.

Se debe volver a una convertibilidad, como bien explican desde ya hace mucho tiempo los mejores economistas argentinos, desde Domingo Cavallo—descubridor de las bondades específicas de permitir una moneda convertible a otras que merezcan más confianza como modo de promover el ahorro dentro del sistema y volver a inversiones libres y rentables—hasta Carlos Melconian.

La inflación es un mal del peso y del déficit fiscal, pero la parálisis de la economía argentina  se puede controlar con una nueva convertibilidad flotante y la libertad total de circulación de otras divisas estables y confiables.
Urge que el Presidente Fernández cree un veloz consejo para una reforma monetaria  y que se la ejecute con tanta rapidez como el plan para minimizar los efectos del virus Covid-19. Una buena conducción y una buena explicación de este problema y de su inevitable solución, ayudarán a poner la Argentina de pie, aun en medio de la pandemia, y abrirán el camino para un crecimiento sostenido.
 Las inevitables discusiones intra- gobierno podrán desarrollarse después acerca de qué impuestos cobrar a las ganancias (¡no a la producción! ) y cómo distribuirlos, pero quedará zanjada de una vez y para siempre, esperemos, la discusión acerca de la conveniencia de permitir operar libremente, hacia adentro y hacia afuera en la moneda de preferencia. Un DNU o, mejor, una ley aprobada por un Congreso en el cual la oposición no podrá oponerse a la solución que no se animó a tomar en su momento, para no ceder la delantera política, permitirá demostrar, colectivamente, que no habrá crecimiento sin moneda y que esa moneda no puede, por ahora, ser un peso devaluado que se devaluará aún más.

El premio de la lealtad a la verdad será el comienzo del crecimiento de Argentina durante el gobierno menos esperado para lograr ese objetivo. Pero, así es la vida, que cuando no mata, enseña.

lunes, febrero 17, 2020

LA RESIGNIFICACIÓN DEL PERONISMO


Con una ciudadanía cada vez más dividida y desorientada, la reorganización de los espacios políticos y la reformulación de sus propuestas requieren más atención de las que la misma ciudadanía, sus dirigentes políticos y la prensa, le otorgan.

Lejos de concentrarse en las aparentes diferencias entre el hoy presidente Alberto Fernández y la ex presidente Cristina Kirchner, vale la pena intentar una mirada más amplia sobre el peronismo en su conjunto. Franquicia gratuita al servicio de quien se apodere de sus insignias y/o partido, para unos, rémora inservible del pasado para otros, tradición no revisitada para los nostálgicos, el peronismo no parece nunca concluir pero tampoco reorganizarse a la luz de las nuevas necesidades nacionales.

Agotadas están tanto la cultivada brecha entre macrismo y kirchnerismo como la renovada brecha entre peronismo y antiperonismo  de los últimos años, con el triunfo inesperado de un peronismo variopinto. Tambíén fracasó la muy tardía intervención del ex Presidente Macri como socio del peronismo anti-kirchnerista, en un esfuerzo sin demasiada convicción. Así, hoy, con una alianza muy imperfecta de diversos sectores del peronismo y del kirchnerismo en el gobierno tras el triunfo en las elecciones presidenciales de 2019, vale la pena preguntarse si existe una posibilidad de unificación legítima del peronismo y cuáles serían las propuestas que un nuevo y emergente liderazgo podría ofrecer al conjunto de modo de no ahuyentar a ninguna de las partes que hoy aspiran a constituirlo.

Para realizar un efectivo trabajo de integración de esas partes, es necesario considerar que, desde la muerte del general Perón, el peronismo atravesó muchos cambios en sus políticas tradicionales, pero sin dirigentes que, retomando la palabra y estricto método didáctico del General Perón, actualizasen el formato de antiguas políticas conservando las esencias doctrinarias. Así, dirigentes como Carlos Menem supieron encontrar el éxito sin dar mayores explicaciones a los ciudadanos y pagando el precio después en la destrucción de sus exitosas políticas a manos de Eduardo Duhalde, un dirigente igualmente peronista, pero interesadamente aferrado a ortodoxias del pasado, así como su seguidor Néstor Kirchner, que además introdujo a su mujer como seguidora y catalizadora de políticas ya ortodoxas, ya culturalmente antagónicas  en  muchas de sus formulaciones a la doctrina peronista. 

Hoy, en la inmensa crisis y desorden que atraviesan el país, volver al pasado sólo es útil para recordar lo que no se hizo: resignificar al peronismo como un instrumento político útil también en el siglo XXI, un instrumento  capaz de lograr, a la vez, la prosperidad de la Nación y el ascenso social de sus clases trabajadoras y aspirantes al trabajo.

No tiene mucho sentido discutir hoy las propuestas culturales que trajo la administración de Cristina Kirchner, algunas de las cuales fueron estandartes explícitos de la generación del 70 y, como tal, parte también de la historia del peronismo, propuestas que la ciudadanía afín absorbió bastante pacíficamente sin una oposición demasiado enérgica en el resto. La Argentina admite esa multiplicidad cultural y lo hace, tradicionalmente, en paz.  En cambio, sí tiene mucho sentido discutir el enorme atraso que los Kirchner y antes que ellos Duhalde, entronizaron en el país con su insensato discurso anti-liberal en la economía, porque eso afecta la vida real de cada habitante para mal y no sus creencias personales.

Aferrándose a la antigua oposición entre peronismo y liberalismo y su sangrienta historia en los tiempos del final del primer gobierno de Perón y hasta el regreso de la democracia en 1983, muchos peronistas—kirchneristas y no kirchneristas-- quedaron anclados en un pasado estatista improductivo. El éxito de Menem, iluminado en la necesidad de unir los dos antiguos bandos, debería haber quedado como la lección práctica pero, como período no concluido con éxito durante la siguiente afín administración radical, y sin líderes respetados que hicieran suya la lección, permanece aún oculto en el pasado.

Sí, el éxito de los años 90 continúa ignorado en un país que hoy no puede ni quiere recordar su propia experiencia de cómo supo una vez terminar con la inflación y terminar con la escasez de dólares.  Tampoco el ex presidente Macri se animó a hacer suya la lección, perdiendo así la oportunidad de entrar por la puerta grande de la historia. El rol del líder unificador del peronismo con el liberalismo y capaz de absorber en el intento los contenidos liberales de izquierda del kirchnerismo sigue vacante.

La necesidad de un nuevo liderazgo que rescate los opuestos y los resitúe en el nuevo escenario nacional es más que urgente. No hay tanta necesidad de asustarse con posibles guerras civiles, con nuevos enfrentamientos entre dirigencias poco afines del peronismo, si se es capaz de ubicar a cada uno en su correspondiente lugar de acción.

El kirchnerismo, hoy bajo el peso de sus innumerables delitos de defraudación del Estado, precisa a la vez un justo castigo judicial y un rescate de todas y cualquiera de las buenas intenciones que haya tenido, reencauzadas en una política más general. Por ejemplo, sus grandiosos y valorables proyectos de inclusión, no cumplidos y menos alcanzados en la población más carenciada, deben ser reencauzados en los sindicatos, la mejor organización posible para permitir no sólo mejores condiciones de trabajo, educación y salud, sino una inclusión ascendente hacia la clase media.

 El peronismo ortodoxo y aferrado al pasado, debe ser reeducado acerca de qué instrumentos usar para tener una economía organizada y productiva, a perder el miedo a reeditar su exitosa experiencia de los años 90 con la convertibilidad y la política económica de libertad, y a entender que el “neoliberalismo” o el “liberalismo” pueden ser crueles en países donde no existen sindicatos con la proyección que éstos tienen en el nuestro, o sea, donde no existe una doctrina peronista capaz de encontrar el recurso justo para hacer crecer el país a la vez que protegiendo a sus trabajadores.


 Finalmente, el peronismo liberal que después de Menem y Cavallo no ha encontrado hasta ahora dirigentes capaces de representarlo cabalmente—Macri no se atrevió a ser ni peronista ni liberal---debe hacer un esfuerzo suplementario en adelantar sus ideas y, en especial, en hacer del sindicalismo el mejor y mayor abanderado de esta nueva y pendiente integración.

Como columna vertebral del movimiento, el sindicalismo argentino también precisa una urgente actualización: adherir a los principios de libre mercado tomando para sí la responsabilidad de los seguros de desempleo, apoyando la convertibilidad con su inmediata posibilidad de terminar con la inflación y tener salarios fijados en una moneda estable, de modo de dedicar las energías a luchar por la reeducación de los trabajadores, por la transparencia y eficiencia de las obras sociales y por todo aquello que los trabajadores, dentro de una economía liberada y con creciente inversión y prosperidad, puedan necesitar.

El peronismo ha sido y será, hasta su último día, revolucionario y capaz de romper con todos los preconceptos, aún los propios, sin renunciar a su doctrina. Hoy, el dirigente que va a predominar , a hacer grande a la Argentina otra vez y a sacar a su pueblo de la muy injusta pobreza en la que malos dirigentes lo hicieron caer, es aquel que sepa explicar cuáles son los términos de la revolución pendiente, hoy, obligadamente, tan liberal como peronista.

domingo, enero 19, 2020

CRISTINA KIRCHNER: RADICALIZACIÓN O RENOVACIÓN



La sorpresa del nombramiento de Alberto Fernández como candidato a presidente ya fue absorbida y los sentimientos de profundo disgusto acerca del nuevo poder otorgado a la ex presidenta se han  ligeramente apaciguado ante la falta de hechos contundentes que alimenten el encono. El malestar ahora es subyacente y oscuro: ¿qué nueva sorpresa deparará la hoy vicepresidenta Kirchner?

 Una sorpresa que no provenga de su nuevo rol institucional, sino de su rol como jefa política de un obediente y radicalizado 30% de la población más pobre y necesitada y, por default, de un peronismo que no ha podido aún elegir a su antagonista, el opositor lúcido y validado por elecciones a una jefa que una gran mayoría de peronistas todavía no reconoce ni como jefa deseable y ni siquiera como peronista.

¿Quiénes son hoy los candidatos a ocupar ese lugar?  Mauricio Macri, a pesar de incluir a Miguel Ángel Pichetto en la fórmula presidencial, desdeñó ese rol de conductor del peronismo afín. basándose en su finalmente inocultable deseo de aplastar al peronismo más que de liderarlo. Por su parte, Alberto Fernández es hoy el poco convincente depositario de una esperanza de traición a su jefa: a pesar de sus condiciones de político muy conocedor de la alternativa peronista liberal, no dará por sí mismo un solo paso en ese sentido, sin la autorización de quien le dio el poder. Y hay quienes ponen la esperanza en Massa, con sus consumadas aptitudes de traidor a todo, incluso a sí mismo, pero la traición no ha sido jamás un valor peronista y es difícil para muchos aceptarlo.

Por lo tanto, queda una vez más el lugar vacío—hace tanto tiempo que un dirigente peronista no se anima a defender los años 90 y la impecable conducción política y económica de Carlos Menem y Domingo Cavallo desde los años 91 al 96—hasta que alguien redescubra el legado inexplotado de este peronismo y termine para siempre con la inflación, la falta de inversión y crecimiento, y emprenda una nueva era de prosperidad, ahora con un mayor conocimiento, una mayor contribución y aporte de los sindicatos y un regreso al mundo internacional de los negocios.

Al costo del golpe institucional de Duhalde y Alfonsín que hizo caer a de la Rua, volteando a la vez la convertibilidad y los contratos en dólares, locales e internacionales, hay que sumarle ahora el fracaso político y económico de Mauricio Macri. Así,  el liberalismo, o el neoliberalismo como se persiste en llamarlo, en vez de ser visto como la única tabla de salvación para tener una moneda estable, inversión y crecimiento, continúa siendo el cuco que aleja a los argentinos de su mejor destino.

¿Y qué hará entonces Cristina Kirchner que, como tantos otros, cierra los ojos a ese pasado de los 90 que conoció bien, que disfrutó e incluso aprobó aunque con las reservas que muchos de los fundadores del grupo Calafate aún sostienen? Las reservas ideológicas provenientes de un peronismo más estatista o de un cuasi socialismo, y que alimentan la idea de un Estado que debe hacer más de lo que un sano liberalismo le permitiría, sin advertir que la puerta de salida diferencial del peronismo son los sindicatos, que deberían tener PRIVADAMENTE a su cargo muchas de las protecciones que el trabajador necesita por medio de una inteligente red de seguros, O reservas ideológicas anticuadas, que nutren la idea de que el liberalismo da ventaja a ese fantasma del imperio todopoderoso, en vez de darse cuenta de que, más bien, con el crecimiento de los países emergentes dentro del comercio global, los países hegemónicos se debilitan en favor de una mayor estabilidad política, militar y comercial mundial. A propósito de esto, Donald Trump no existiría si no fuese por este fenómeno que acabamos de describir y resulta muy extraño que los kirchneristas anti-imperialistas lo rescaten como un modelo nacionalista a seguir cuando Trump no ha hecho más que perjudicar a la globalización y al comercio mundial que nos permitirían crecer.

Entre estas contradicciones y falsos errores de apreciación—aún con la corrección Alberto, un tanto mejor informada y menos comprometida—Cristina Kirchner debe además mirar su situación judicial. La red de negocios a partir de coimas desde el Estado armada por su marido y algunos ministros y no desarmada ni aún reconocida por ella como un espantoso error político además de como un acto ilegal plausible de ser castigado por la ley, ha sido y continúa siendo perforada por varios fiscales y jueces no demasiado interesados en perdonarla. Este frente, que además involucra a sus hijos, atrapados en la misma telaraña paterna y necesitados de un urgente salvataje materno, requiere antes que nada no fracasar.

Si el gobierno de Alberto fracasa, su renuncia traerá a Cristina, y si Cristina repite la política de Alberto y fracasa del mismo modo en que lo hizo Macri, con un cálculo inexacto de cómo terminar con la inflación, tener una moneda estable y alentar la inversión y el crecimiento, sólo tendrá la alternativa de una radicalización.

Armar al 30% de pobres que la siguen, siempre deseosos de un lugar donde sean incluidos y coman, hacer realidad las milicias populares que hoy mismo predica Evo Morales ahí no más, a un paso de la Plaza de Mayo, y ningún juez perseguirá a Cristina, y tampoco a sus hijos. La radicalización tiene siempre esas ventajas y allí están Cuba y Venezuela para probarlo y, también, como las grandes directoras de esta ya antigua orquesta continental, para ayudar en ese sentido. El pequeño detalle es que, para salvarse, Cristina Kirchner en ese caso, hará que la Argentina se pierda y que termine de hundirse.

¿Qué otra opción tiene la hoy silenciosa jefa del actual presidente? No sólo dejar hacer, sino buscar la vuelta ideológica para asegurar el éxito de un nuevo plan económico liberal en lo macro y kirchnerista en lo micro, aceptando la realidad de la macroeconomía y su necesidad de adecuarse a las reglas mundiales para obtener necesidad y crecimiento, y, en contrapunto,  volver a poner el acento en los intereses culturales del kirchnerismo. No serían aún los del peronismo, pero serían más tolerables para éste y permitirían, poco a poco, un deslizarse de todos hacia el buen sendero. Se terminarían, en el conjunto de la población, muchas de las teorías abismales que enfrentaron, sin una razón profunda y verdadera, a vastos sectores. Y, finalmente, se abriría la puerta cerrada por Duhalde en 2002, mal entreabierta por un Macri que no tuvo el coraje de abrirla del todo, y la Argentina regresaría, de la sorpresiva mano de un kirchnerismo resignificado y renovado, hacia la senda que nunca debió haber abandonado como la importante nación que es.

En más de un foro se le pide a Alberto Fernández que haga “la gran Menem”. No es a él a quien hay que pedirle sino a quién hoy tiene el poder político, su jefa Cristina, para que lo autorice y más aún, lo lidere en esa dirección, para que no quepan dudas. El destino personal de Cristina Kirchner hoy vale tanto como el de los argentinos y, en la mesa de póker de la política y los juzgados, todos lo saben.

¿Esa nueva sorpresa hará morir de rabia a más de uno que no se animó a cambiar del todo o a alguno que se renovó y después desistió? Seguramente, y como el alacrán, podrán picar a la rana, y ahogarnos a todos. Pero, tal vez, no lo hagan, con la lección por fin aprendida. Y entonces, quizá, paguemos sin protestar demasiado el precio moral y ético de la renovación antes que sufrir una mortífera e inevitable radicalización.