miércoles, febrero 21, 2018

LA OTRA MEJILLA


Una de las cualidades del actual gobierno es la de permanentemente evitar las confrontaciones, eludiendo con sobriedad a los enemigos que buscan pelea e incluso, en un modo tan zen como cristiano, ofrecer la otra mejilla con una calma inhabitual en la política argentina. Aunque muchas veces los enfrentamientos son provocados por los propios errores de comunicación o de conducción, esta voluntad de pacifismo del gobierno merece una consideración especial.

En efecto, en una Argentina que parece condenada a sus tradicionales defectos de violencia, intransigencia, impaciencia y reiteración de estrategias y tácticas fallidas, tener un gobierno paciente y abierto al diálogo permite imaginar un camino nuevo en el cual se alienten estas mismas cualidades en la población y en las dirigencias no gubernamentales.

La tragedia argentina hecha de avances seguidos de retrocesos brutales puede bien haber terminado, si los cambios se plantean en el nuevo y previamente insospechado nivel de un diálogo abierto y colectivo. El gobierno podrá equivocarse en todo, pero esto no importará si se puede corregir cada error en forma consensuada, evitando el facilismo de las posiciones opuestas e irreflexivas.

Si miramos el pasado de las últimas décadas de vida democrática, podemos advertir claramente que el mal no estuvo en ésta o en aquella política sino en la falta de plasticidad y decisión consensuada para corregir el rumbo y/o las crisis. En todos los casos, aún en la sustitución electoral democrática, esta clásica locura de a dos, es la causa principal del estancamiento y deterioro de la vida nacional, con sus dos bandos enfrentados por políticas radicalmente opuestas y fatalmente enlazados sin poder predominar jamás por largo tiempo y sin poder tampoco prescindir del otro (lo que algunos llaman equivocadamente “efecto péndulo”).

El gobierno ha usado también a veces esta estrategia de confrontación para obtener un beneficio electoral pero intuitivamente, en su conducta de todos modos pacífica, parece tener amplia conciencia del salto de calidad que es necesario en la conducta colectiva para poder progresar, salto que debe inspirar y liderar.

Algo está sucediendo en un nivel profundo.

El cansancio de todos frente a los políticos, el mayoritario rechazo por la violencia generalizada y por la pasada delincuencia en los niveles más altos del Estado señala quizá un principio de madurez colectiva. Gobernantes y gobernados pueden estar ya listos para un debate a otro nivel, en el cual se dialogue sobre las alternativas del destino colectivo, ya sea en la vida comunitaria, en la economía, en la educación, en la seguridad y en todas las áreas que requieren ya una decisión urgente acerca de los qué, los por qué y los cómo.

Nunca, salvo quizá inmediatamente después del regreso del General Perón y su abrazo con Balbín—¡ah, si los militares hubiesen sido honestos y se hubiesen plegado al abrazo!—estuvimos tan cerca de una reconciliación profunda surgida del reconocimiento del interés común. Al contrario de lo que se cacarea en los medios acerca de la brecha—o sea, de los bandos opuestos eternamente enfrentados—más bien asistimos a los momentos previos a una unión profunda, no derivada de ninguna ideología ni de la conducción maravillosa de un líder iluminado, sino de la más absoluta y desesperante necesidad nacional. Ya no tenemos resto, ni tiempo, y todos, pensemos lo que pensemos, sabemos que hay que hacer las cosas bien.

¿Habremos aprendido que no es sólo tarea del gobierno hacer las cosas bien sino que es tarea de todos? ¿Podremos dejar de pensar que este país no tiene remedio y que sólo somos un despreciable conjunto de gente heterogénea incapaz de vincularse inteligente y productivamente en todas las áreas de decisión y, en cambio, creer más en nosotros como una suma grata y comunitaria del yo y los otros? ¿Seremos capaces de cerrar la boca antes de quejarnos por  algo que hace mal el gobierno y, en cambio, señalar con conocimiento y autoridad cómo sería hacerlo bien y animarnos a discutir y proponer o, por lo menos, a pedir explicaciones consistentes a los dirigentes y comunicadores?

Es muy posible que, si comenzamos a ser conscientes de esta nueva posibilidad a nuestro alcance, abierta por un gobierno calmo y capaz de escuchar y considerar caminos alternativos para sus errores, veamos en muy poco tiempo la luz de una legítima esperanza basada en la realidad. 


Esto sería lo diferente a nuestro pasado y el verdadero comienzo de nuestro postergado futuro. Los años macristas serán así, históricamente, los del pasaje de la adolescencia a la resistida madurez. 

miércoles, enero 31, 2018

EL INTERÉS NACIONAL Y EL ACTUAL GOBIERNO

Después de un enero relativamente calmo y la gira presidencial por Europa, se avecina la nueva temporada política. Quejas reprimidas, proyectos truncos, fracasos puntuales, errores tácticos y una duda generalizada en la población acerca de la estrategia de este gobierno, irrumpirán en vendaval una vez más, con la misma intensidad o aún mayor que en el pasado diciembre. ¿Qué se puede legítimamente reclamar a este gobierno, que no ponga en riesgo su permanencia en el Estado por todo el tiempo que sea necesario para completar las reformas prometidas?

En primer lugar, apoyarlo ante la carencia de una opción alternativa pero, también, pidiéndole una muy clara explicitación de su plan. Es obligación del gobierno elevar la cultura política tanto de la ciudadanía como del periodismo, que aparece muchas veces tan confundido como ella.

La primera reforma inmediata a pedir, anexa al apoyo, es entonces la de la estrategia comunicacional del gobierno que hace agua por todas partes. Como ya se sabe, muchos de los infortunados momentos del año pasado no hubieran tenido lugar, si la más alta conducción política tuviera mejor definido su rol como tal. Una buena conducción política incluye, en primer lugar, el alentar la participación ciudadana ofreciéndole ideas claras y consistentes, de modo que todos ayuden al propósito común, excepto naturalmente, la de aquellos que tienen otros propósitos cuyo desatino quedará aún más en evidencia cuando estén confrontados con un plan mejor y realista.  La pésima estrategia de conducción y comunicación de este gobierno es la responsable de que una gran mayoría de gente que los votó, en la actual confusión, hoy dude y retacee su apoyo.

El segundo pedido que podemos y debemos hacer al gobierno, es el de mayor velocidad. Sin embargo, sin conducción ni buena comunicación, es  imposible ganar velocidad. Una vez que la estrategia de cambio quede clara y todos puedan, a su modo, apoyarla y sostenerla, la economía podrá cambiar a una velocidad acorde con la realidad comercial y financiera del mundo, más liberal y menos teñida de ortodoxia peronista o prudencia radical. Crear un mercado auténticamente libre, ordenando las cuentas del banco Central de modo que la deuda fiscal quede definitivamente a cargo de Hacienda o abriendo totalmente, por ejemplo, la aduana a la importación sustituyendo el cierre por altísimos impuestos según las industrias que se quiera proteger y de eliminación gradual relativa a la modernización y competitividad de dichas industrias, son dos cosas que se pueden hacer en un suspiro, una vez explicadas y consensuadas, y que alterarían inmediatamente la percepción de programa a medias que hoy se tiene de este gobierno.

El tercer pedido, tiene que ver con lo que hoy no se discute mucho: la política exterior. Sin embargo, en este momento de confusión en el mundo, originado en la pésima administración estadounidense actual, tironeada entre su voluntad de legalidad y el impulso real reprimido de volver a ocupar un lugar consistente de liderazgo en el mundo y, muy especial, en Latinoamérica, la Argentina tiene un rol importantísimo a jugar, si la actual conducción se decide a revisar el interés profundo de la Nación. 

En un mundo que, extraviado en sus conclusiones, quiere volver al pasado de los nacionalismos, la Argentina puede demostrar su voluntad de internacionalismo y globalización, ya ejercida con suficiencia en los años 90 y gracias a la cual hoy el país es parte del G20 y, por lo tanto, factor implícito de influencia y decisión en el rumbo global.

Lejos de presentar un intercambio entre el Mercosur y Europa como una aspiración tendiente a fortalecer los únicos lazos que la Argentina parece poder imaginar para sí, aquellos que la unen al viejo continente, la Argentina debería incluir ese posible comercio en un marco global más amplio. Globales, sí, pero principalmente tomando conciencia de que la aspiración mayor de la Argentina debe continuar siendo la de la alianza continental, bajo la forma del ALCA o cualquier otra que se puede crear, y que incluya a América toda, de un polo al otro. Esta posición continentalista, asumida en su momento por ambos Presidentes Bush hoy es firmemente combatida por el atrasado Presidente Trump y es este mismo vacío de liderazgo, el que le permitiría a la Argentina tomar una vez más una posición de vanguardia (¡tal como en los 90, cuya continuidad la ignorancia de Duhalde y Alfonsín destruyó con éxito hasta el día de la fecha!).

La Argentina puede en los hechos discutir la actual cerrazón de los Estados Unidos, aliándose con aquellas fuerzas norteamericanas que comprenden bien el valor del libre comercio y desarrollo intensivo de América Latina no sólo para sí misma sino para los mismos Estados Unidos, necesitados de un mayor mercado elevado a su propia altura y posibilidad de consumo. La Argentina puede entender y difundir la idea de que no es un muro lo que va a detener la inmigración latinoamericana a los Estados Unidos, sino la oportunidad de trabajo y seguridad en sus países de origen. ¿Está el actual gobierno dispuesto a asumir esta responsabilidad de liderazgo local latinoamericano ante el vacío norteamericano?

Se podrían pedir muchas cosas más a la gestión del Presidente Macri, pero estas se parecerían a las que tanto el periodismo como la ciudadanía que nutre su pensamiento en éste, le piden a diario. Mayor justicia para los corruptos, menor inflación, salarios acordes con la inflación. Vistos estos reclamos a la luz de los tres grandes pedidos prioritarios y pendientes, antes de que estas demandas cotidianas, totalmente dependientes de aquellos, puedan cumplirse con éxito, tal vez se entienda un poco más la necesidad de reorganizar la conducción y comunicación de este gobierno para que la Argentina cambie, y de una buena vez, y para siempre.


Es posible que este gobierno no entienda, aunque escuche. En ese caso, este mismo rol y accionar que esperamos hoy de él, quedará como un traje vacío para quien se anime a vestirlo. El destino argentino es uno, y hay que animarse a saber y comunicar, de una vez por todas, cuál es y por qué. “Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”. Si no se quiere escuchar al último General, que se escuche al primero.