domingo, mayo 27, 2018

EMILIO MONZÓ EN LA MIRA


La sensación de crisis terminal aún no diluida que se apoderó en las últimas semanas de la población y sus dirigentes, volvió a poner sobre el tapete dos cuestiones que a menudo se confunden: la estrategia acertada para la estabilización y el crecimiento de la Argentina y la capacidad del actual gobierno de Cambiemos para conducir con éxito esa estrategia.

Vale la pena poner de relieve que este gobierno ha elegido el camino adecuado para la estabilización y el crecimiento, ya que no hay otro posible para la golpeada Argentina de las últimas dos décadas. La estrategia general no tiene fisuras—el gobierno propone una correcta inserción en el mundo; sostiene una voluntad de pago de todas las deudas contraídas por anteriores gobiernos y las nuevas; expresa una gran claridad acerca de que la Argentina debe tener una macroeconomía sana, sin inflación, sin un déficit fiscal que no se pueda financiar genuinamente; promueve una Argentina abierta al mundo; manifiesta querer crear las condiciones internas y externas para lograr la más alta productividad y crecimiento.

Donde sí se presentan fisuras y se observan hoy los errores que cualquier gobierno puede cometer pero que debería esforzarse en corregir, es en las tácticas que deben servir a esa estrategia y, tan grave como esto, la grave falla política en perder poder cuando podría evitarse con mejores tácticas y la imperdonable falla de no ganarlo cuando todo está allí servido para aumentarlo.

Hoy existe una gran porción de la población, confundida y sin inserción ni conducción, el peronismo de clara orientación liberal, que apoyaría este proyecto y colaboraría activamente en mejorarlo e implementarlo. Cabe entonces la pregunta de por qué el gobierno, aún especulando con sus votos, se ha empeñado en mantenerla desdibujada, soñando con absorberla en términos propios y no incorporándola como una parte propia en lo que debería ser una gran fuerza nacional: el peronismo liberal, el peronismo que votó al actual Presidente Macri, está una vez más solo y espera.

La decisión inicial de las autoridades del PRO fue aliarse formalmente sólo con el Partido Radical y su escisión, la Coalición Cívica, manteniendo ex profeso a todo el peronismo identificado con el kirchnerismo como ejemplo de lo peor en la política argentina y del enemigo a derrotar—cumpliendo de paso con el rol complementario inaugurado por los Kirchner en esa “brecha” que les resultó siempre tan útil. El PRO aceptó, a lo sumo, cuadros peronistas sueltos rescatables dispuestos a jurar por la nueva bandera del PRO, en ese sueño no explícito de que el PRO se transformase a la larga en la nueva fuerza política popular que, luego de haber incorporado al Radicalismo, sustituyese al peronismo.

Las dificultades de estos días señalan, sin embargo, la realidad de otra historia en curso. Una historia que algunos cuadros peronistas dentro del PRO, en particular Emilio Monzó, con un fino instinto político y un buen oído para el devenir de los acontecimientos, hace tiempo vienen señalando: no se puede reducir al peronismo al kirchnerismo y tampoco a las viejas deshilachadas huestes social demócratas del duhaldismo.  Existe un peronismo, señalan, que es necesario aliar formalmente. Así, en estos días, todas las miradas están puestas en este dirigente que quizá logre forzar los prejuicios de muchos integrantes del PRO y mostrar el presente desde otro punto de vista para lograr un efecto político sostenible, duradero y finalmente exitoso.

A pesar de las interpretaciones opuestas, la historia argentina es sólo una, la del esfuerzo de una nación para crecer independiente e integrada. Las luchas de facciones han sido luchas de todo tipo, según las épocas, a veces culturales, a veces ideológicas, y otras veces por simple interés económico. Capas de todas esas luchas han sobrevivido en nuestra cultura y es así como muy a menudo las discusiones esenciales del presente se pierden en luchas remanentes de un pasado no totalmente asimilado como pasado propio, único y nacional. En la dirigencia de Cambiemos subsisten muchos de esos fantasmas y también persisten muchas viejas ilusiones. Lo que parece no existir, como por otra parte tampoco en ningún otro grupo político formal argentino, es la conciencia de qué momento de nuestra historia particular estamos viviendo.

La confusión, interesada o ignorante, acerca de los mal terminados años 90, nos impide ver que lo que estamos viviendo estos días, como historia nacional, es la oportunidad de terminar bien lo que se terminó mal en 2002, con la total destrucción del sistema económico liberal por Duhalde primero y los Kirchner después. El problema emocional y político de este gobierno es su resistencia a reconocer que fue el peronismo con Menem y Cavallo el que abrió este camino en 1989, que no se está haciendo nada nuevo y mucho menos desarrollismo—un desesperado intento de buscar alguna identidad histórica propia que no sea ni peronista ni radical—sino que simplemente se está tratando de retomar el camino virtuoso iniciado en los 90 que permitió la total modernización y puesta al día de la Argentina.

¿Cuál es la reacción del “peronismo”? El kirchnerismo y otros enemigos de la libertad económica ven todo esto con su habitual oportunismo político, y los acusan con de neoliberales y de intentar imitar a Menem; el duhaldismo es ambiguo, en su esfuerzo de no identificarse con el kirchnerismo, aunque siempre denostando el liberalismo y, en estos días particulares, sintiéndose incluso muy orgullosos de haber destruido en su momento al sistema liberal; el peronismo liberal, en silencio, sigue solo y espera.

En estos días, también la amplia mayoría de los argentinos se siente sola y espera. Los efectos de las malas tácticas económicas los confunden acerca de si se está en el camino correcto. Tampoco es de ayuda la falta de claridad acerca de lo que ha sido—en toda su verdad—la historia, ya no de los últimos veinte años, sino de los últimos treinta. La corrección de las tácticas económicas está en estos días siendo apuntalada por un buen número de economistas con amplia experiencia política, entre ellos, el primero, Domingo Cavallo, quien tiene más de una lección para dar acerca de sus éxitos y fracasos en el mismo camino que hoy este gobierno ha emprendido, aún con el mismo incierto éxito. Lo que no parece existir en simultáneo, es una corrección de las tácticas políticas, cuyo primer movimiento debería ser no aislar al peronismo que históricamente ya transitó por este camino. Ese peronismo hoy puede ayudar enormemente en lo que hoy, más allá de las alianzas puntuales con gobernadores amigos, es imprescindible, dada la necesidad de una profunda reestructuración económica: la ayuda y participación de los sindicatos peronistas en este proceso.

Es por eso que hoy, Emilio Monzó, la figura del PRO que no ha dejado de mirar al peronismo e interactuar con él, concentra, a su vez, todas las miradas que hoy ven el amplio espacio político dividido de un modo diferente: según el rol efectivamente desempeñado por cada fuerza en un proceso histórico aún incompleto.

El momento presente y las elecciones de 2019 no deben presentar la oposición de Cambiemos contra un “peronismo” que quiere liquidar y sustituir. Debe ser, para asegurar su éxito, el de un gobierno de coalición con radicales y peronistas para construir una nación moderna, integrada al mundo con una economía liberal y con sindicatos modernizados y con nuevas funciones para acompañar el crecimiento con cada vez más y mejor formados trabajadores. Esta coalición se opondría así, en una verdad histórica actualizada y llevada a la conciencia colectiva, a todos aquellos, “peronistas” o no, que quieran una nación estatista, empobrecida y con un derrotero inevitablemente autoritario para contener el ostracismo y la pobreza.

Este Emilio Monzó, hoy regresado a la mesa chica de Cambiemos, abre la puerta a la esperanza de una efectiva consolidación de este gobierno en una coalición ampliada para continuar y concluir el cambio iniciado.

miércoles, mayo 09, 2018

ARGENTINA: EL AJUSTE MENTAL


En estos días de confusión, sería bueno recordar que la persistencia de viejos males en la economía argentina no es una fatalidad y mucho menos una fatalidad debida al peronismo en su conjunto, sino atribuible a la resistencia a la realidad que desde hace ya mucho tiempo despliegan la mayoría de los muy mal formados políticos y de muchos de sus economistas, en general más profesionales, pero muy a menudo dominados por viejos aprendizajes.  Son ellos, junto a un periodismo al cual le vuelve a costar tomar la iniciativa de la opinión pública, los que transmiten la confusión al conjunto del pueblo y a las organizaciones civiles que los representan, entre ellas los sindicatos y las entidades empresarias.

La locura informativa de las últimas semanas sumada a un mal disimulado malestar del gobierno que muchos mal interpretan como desesperación, llama la atención por la intensidad de las discusiones sobre la economía, a las que ahora se agrega el habitual cuco del FMI. Sería mucho más beneficioso que se discutiera sobre el ajuste mental que los argentinos debemos hacer para retomar la buena senda del crecimiento y el orgullo nacional. Un ajuste mental igualmente resistido y postergado por lo incómodo de tener que volver a pensar y tragarse antiguas creencias, lugares comunes, e ideologismos crecidos sobre los hechos reales.

El primer paso de este ajuste consiste en reconocer la realidad tal como es, y en especial, entre todas las realidades negadas y distorsionadas, la realidad de los años 90, cuando tuvimos por bastantes años un rumbo nacional claro, una estrategia internacional sin fisuras y una economía organizada, moderna y que hubiera sido sostenida si los equipos que funcionaron durante la primera parte de la década se hubiesen mantenido, mejorando y corrigiendo siempre las políticas para el mejor desarrollo y sostén del país.

El segundo paso de ese ajuste consiste en reconocer que durante el gobierno de la Rúa fue imposible recuperar los últimos años de la década anterior en piloto automático y sin que se hubiesen continuado las reformas que asegurasen la continuidad del cambio.

El tercer paso de ese ajuste mental consiste en reconocer que no fue la política liberal de Cavallo, y tampoco el corralito—una solución de urgencia mal explicada y peor comprendida—lo que provocó la tragedia del 2001-2002 sino el golpe institucional organizado por los viejos enemigos—peronistas y radicales—de la política liberal de modernización y apertura al mundo del país. Ellos lograron su objetivo de no pagar la deuda externa, pesificar los contratos públicos y privados, y devaluar el peso. Y sí, lo hicieron con la contribución del FMI, y del Tesoro de los Estados Unidos, transformados en la ocasión en cómplices involuntarios de sus enemigos por mal cálculo político acerca de lo que sobrevendría.

El cuarto paso de ese ajuste mental es más fácil, ya que una buena mitad de la población ya lo ha hecho al rechazar en dos elecciones consecutivas todo regreso al duhaldismo, al alfonsinismo, o al kirchnerismo en cualquiera de sus dos nefastas variantes. Dicho esto, queda no obstante una mitad menos uno para convencerse de que toda solución que no sea una solución de libertad de mercado y de una macroeconomía de reglas compatibles con el mundo y aptas para atraer la inversión genuina, será inútil y nos hará perder aún más tiempo y sólo ganar más pobres y más quebrantos.

El actual gobierno debería calmarse, evitando las políticas golpe de efecto coyunturales que sólo crean más confusión e intentando hacer una buena política de fondo—por caso, ampliando su frente de gestión formalmente con el peronismo liberal afín.

El camino argentino es sólo uno, y es el que por suerte este gobierno eligió, aunque de modo timorato, sin hacer suyo el pasado donde todo lo que hay que hacer ya fue hecho—Cavallo demostró que es posible. Por lo tanto, no hay grandes misterios acerca de lo que se debe hacer. Por otra parte, nadie en la oposición puede hacerlo ahora, simplemente porque precisan dos años para llegar al gobierno.

El cambio le toca, en efecto, a Cambiemos. La pregunta no es si lo van a hacer o no, porque no van a tener más remedio que hacerlo, sino si lo van a hacer bien rápido o no. Y para hacerlo bien rápido, tienen que enganchar ya mismo a la parte de la hoy oposición que le es afín y que está pidiendo pista para aterrizar y aportar a ese mismo cambio. Hay un peronismo que no sirve para nada porque no ha hecho aún su reflexión, pero hay también un peronismo desaprovechado, hoy sin conducción, que convendría alistar en la causa común de poner definitivamente en pie el país. ¿Será esa la misteriosa misión de Emilio Monzó? Sería bueno que no fuese misteriosa, sino una clara directiva presidencial, de modo que el país también pueda acompañar. Sería también una muestra—mucho hace falta—de buena conducción.

Habrá sin duda ajustes. Se cortará el gasto en un lado, pero eso permitirá que entre inversión por el otro. Así que, a pesar de lo que todos parecen creer hoy, éste no es el problema real y tampoco lo es el FMI, que como todo prestamista de última instancia sólo quiere estar seguro de que podamos pagar.

El problema es el de la resistencia a la realidad de que, para hacer los cambios necesarios, hace falta más gente que ayude y adhiera. Un ajuste mental, también en la más alta conducción del país, que se trasladará, finalmente, a una política correcta y duradera.

sábado, abril 21, 2018

PERONISMO: DESDE LAS CENIZAS



A pesar de los esfuerzos del periodismo en debatir si la reciente intervención del PJ se origina en una predilección de esa misma jueza Servini que permitió que el PJ estuviese paralizado durante casi dos décadas o, por el contrario, en un cálculo electoral del actual gobierno de Cambiemos, en los círculos peronistas la discusión es otra.

Entre la humillación y la vergüenza de algunos, el más absoluto caradurismo y oportunismo de otros, y el desinteresado pesimismo de aquellos que, aun parte, creen que el peronismo está muerto, lo que se abre en las filas peronistas es el tema de la genuina oportunidad de cambio y cuál debe ser ese cambio. Todos coinciden en que el más puro kirchnerismo está mejor servido en el nuevo partido de Cristina Fernández, Unidad Ciudadana, aunque mucho del kirchnerismo oportunista podría, sin embargo, tener cabida en un Partido Justicialista por fin dispuesto a revisar sus afiliaciones y a hacer internas como es debido, dejando que la pugna democrática haga lo que sus dirigentes no supieron hacer. Es decir, desde muchas posiciones diferentes, se piensa en la renovación de un partido manoseado, abandonado, usurpado o perseguido y sin oportunidad real en mucho tiempo de progresar por sí mismo como instrumento político capaz de servir al total de la Nación.

¿Qué se puede esperar de un peronismo que, luego de la muerte del general Perón, no volvió a conocer una conducción del mismo nivel que adaptara su proyecto a las realidades de un mundo totalmente nuevo? Revisemos la historia post-Perón y la breve gestión de su viuda, interrumpida una vez más por un golpe de estado. Los nombres son pocos y ninguno de ellos tuvo la estatura necesaria para continuar la herencia y recrearla con la misma imaginación para consolidar un país moderno, con una clase media ampliada hasta el último confín y sin pobres. Luder, quizá el más claro ideológicamente en cuanto hacia dónde debía dirigirse el país, perdió las elecciones. Menem fue mejor líder que Duhalde o los Kirchner, pero su revolucionario cambio sólo pudo ser ejecutado por quien se había preparado para ello y formado los equipos necesarios, Domingo Cavallo, un liberal. Duhalde quedará en la historia como el que sepultó el proyecto liberal, acompañado por Alfonsín, un radical hoy por suerte superado por los que hoy acompañan a Cambiemos. Los Kirchner, a su vez, con aproximaciones ligeramente diferentes, consolidaron la sepultura del peronismo con la danza hueca de la izquierda festiva y el contante y sonante de los innumerables negociados a costillas del Estado.

Esta descripción, leída con cuidado, advierte sobre el verdadero problema que hoy debe resolver el peronismo si pretende renacer de sus cenizas, hacer valer su antigüedad de casi 75 años como partido histórico de la Argentina y retomar su tradicional defensa de la clase trabajadora: cómo incluir a los sectores productivos, a los sindicatos, y a los trabajadores en general dentro de una economía liberal, de libre mercado y con las fronteras abiertas. La respuesta a este problema es: creyendo primero en la inevitabilidad de la globalización—a pesar del merchandising ruso de la no globalización, que tanto éxito ha tenido en los espíritus vulnerables, corruptos o simplemente lentos en comprender—y luego en la igualmente inevitable necesidad de cambiar los instrumentos habituales del peronismo, buenos en el pasado para ingresar en la clase media a millones de argentinos postergados pero de extraordinaria ineficiencia en el mundo actual.

Una vez que el peronismo en general pueda asumir y comprender los términos de esta nueva discusión, estará listo para renacer, ya no como un rival del PRO sino como un aliado necesario. Tanto el PRO más avanzado en su percepción de la realidad y del mundo, como un peronismo renacido para recrear y ampliar la responsabilidad sobre sindicatos y trabajadores, limitando la intromisión del Estado en estas asociaciones privadas y haciendo que éstas tomen el rol fundamental que les cabe en la promoción de los argentinos más postergados y excluidos del trabajo, podrán avanzar más velozmente en las reformas que el país necesita. 

Juntos podrán derrotar la resistencia al cambio de los sectores más retrasados de la política (que viven no sólo en el peronismo, sino en el radicalismo e incluso en los sectores socialdemócratas del PRO). Sólo juntos, y en la compañía de aquel radicalismo ya renovado, podrán garantizar la continuidad institucional de determinadas políticas y favorecer la estabilidad, la inversión y la justicia.

El PRO tiene una razonable apertura al diálogo, y también la tienen algunos acompañantes de Cambiemos, que identifican bien al enemigo político de la Nación sin distraerse con el eventual adversario electoral. El peronismo, hoy en un comienzo de institucionalización imprescindible y bienvenido, tiene como conducción a un Luis Barrionuevo no del todo insensible a la economía liberal y a la modernización sindical y a dos asesores que representan a un peronismo aún demasiado ortodoxo, anclado a un pasado idealizado y hoy falto de creatividad revolucionaria, pero llenos de honestidad personal, como Carlos Campolongo y Julio Bárbaro. Las burlas acerca de la edad de estos tres dirigentes, aunque comprensibles en un país al que le cuesta hacerse cargo de su tradición como un valor, son inconducentes ya que sólo remiten a lo que muchos de los que hoy se ríen permitieron, por acción u omisión: que el PJ fuese usurpado y paralizado. Es de ley entonces que vuelvan aquellos que desde hace veinte años han esperado en vano para entregar en hora las banderas a las nuevas generaciones. 

De estas nuevas generaciones se trata; de ellas, sin referentes honorables, sin estructuras partidarias, sin escuela política y sin equipos técnicos modernos de los cuales aprender. Para ellas es el cambio. Para ellas, el regalo de un partido por fin institucionalizado y republicano, modernizado en sus estrategias e instrumentos, pero siempre consciente de sus banderas doctrinarias y de su tradición.

Desde las cenizas a la nueva vida, todo será posible si la discusión se instala sobre los temas correctos. También, si los argentinos en su conjunto, peronistas y no peronistas, continúan con su reclamo de instituciones democráticas y transparentes, donde todo se discuta y donde el postergado avance hacia la modernidad y la prosperidad encuentre en el peronismo a su defensor y aliado, y no a su enemigo.

viernes, marzo 30, 2018

DEJAR HACER Y CONSTRUIR POR FUERA



Muchas son las dudas que el actual gobierno del Presidente Macri presenta a la mayoría de los argentinos, quienes, lo hayan votado o no, no pueden terminar de definirlo con absoluta certeza. Así, se oscila entre la silenciosa paciencia frente a la falta de una oposición alternativa, el hartazgo declamado frente el país y su incorregible clase dirigente, o la schadenfreude ante un eventual fracaso que permitiría regresar al inmediato pasado. Las reacciones frente a las políticas del gobierno pueden ser diversas pero, sin embargo, todas tienen algo en común: la persistente convicción de que el destino del país depende del gobierno de turno y no de las acciones privadas de cada uno de los argentinos.

Este gobierno, opuesto en esto al que sucedió, se caracteriza por un absoluto dejar hacer en materia de opinión privada y pública. Se dice y se publica todo. El gobierno responde en general a lo que la opinión pública manifiesta a través de los medios de comunicación o en la voz de personalidades que dejan oír su mensaje, sin que pueda registrarse más violencia que la de los típicos vaivenes de toda relación política entre gobernantes y gobernados. Las rispideces se absorben y pasan, dejando lugar a otras nuevas que cumplen el mismo ciclo. Sin embargo, las dudas colectivas acerca de la médula del programa gubernamental persisten y agobian a través de la diaria avalancha informativa.

Las preguntas acerca de si el gradualismo en la macroeconomía era la vía correcta o si las políticas elegidas sólo tienen la mira puesta en la reelección, continúan apasionando a un periodismo que aún no ha descubierto al principal actor en la comedia de enredos de la política argentina y el único que no debería tener este tipo de dudas: el pueblo. Ese pueblo, nombrado como abstracto y, no obstante, personificado en cada uno de nosotros.

¿Qué dice el pueblo argentino en su voz colectiva o en las voces particulares que surgen de sus entrañas para representarlo? Muy poco por sí mismo o nada que no haya escuchado antes en boca de los dirigentes, de la radio, la televisión, las poco espontáneas redes sociales o los periódicos. Ese actor colectivo, principal responsable de la conformación de los partidos políticos y votante de los candidatos presentados por éstos, ese actor colectivo que hoy no sabe y duda, no se ha mirado aún al espejo. No ha descubierto aún que la respuesta a sus dudas no está en el gobierno, sino en la formulación propia e informada del destino común. El “pueblo”, así, pueblo en su variopinto conjunto, no se ha dado aún los instrumentos para su propio análisis y, por lo tanto, carece de las necesarias certezas en sus propias metas. No puede así confrontar las dudas sobre el accionar del gobierno con sus propias metas y verificar si el gobierno las cumple o las obstruye. Esta característica en la relación entre gobernantes y pueblo, en la cual unos adivinan y hacen y otros miran y padecen, es la explicación última del fracaso argentino como Nación. La relación correcta, cumplida por muchos otros pueblos exitosos, es la de gobernantes que ejecutan lo que el pueblo le marca como metas propias.

El pueblo argentino, ya sea que se manifieste como apolítico, liberal, radical o peronista, no ha tomado aún debida conciencia de que la pobreza conceptual y representativa de sus partidos políticos, la confusión pública acerca de cuáles son los problemas reales del país y los verdaderos efectos de cada posible política para solucionarlos, el empantanamiento en el barro de los clichés ideológicos, y la relativa oscuridad acerca del destino personalizado de Nación, son de su exclusiva responsabilidad.

Con mayor precisión, son estos rasgos negativos los que producen una clase dirigente que replica las carencias intelectuales de base y es sobre estos rasgos colectivos negativos sobre los que hay que trabajar. Es, por lo tanto, más en las organizaciones privadas para el análisis de los problemas y políticas públicas que hay que poner el acento y no en el gobierno. 

Si algo se puede hoy reprochar con justeza al actual gobierno es que, en su etapa civil y privada previa al acceso al gobierno, no haya dotado a sus varias fundaciones con el rigor necesario para analizar y desmenuzar los problemas nacionales allí donde el Estado debe reformar y remodelar, y que el público en general y las organizaciones financieras, productivas y sindicales no hubiesen sido llamados a contribuir en dicha tarea con más recursos materiales e intelectuales. Si el trabajo hubiese sido hecho con seriedad seguramente hoy veríamos algo mucho mejor que un programa gradual y una gestión bienintencionada pero mediocre. Incluso quizá asistiríamos a la revelación última de un viejo deseo nacional reprimido, el del federalismo, y a la postergadísima construcción de un régimen fiscal federal perfecto—semilla del único desarrollo argentino genuino posible—y no al zurcido habitual de coparticipaciones en la inútil frazada centralista que ya no abriga a nadie.

Que hoy el gobierno haga lo que sepa y puede, y que las diversas y desorganizadas oposiciones hoy sólo se planteen a su vez hacer mañana lo que sepan y puedan, perpetuará el fracaso de fondo. Desde las últimas bases de la pirámide social hacia la cima, hay que pensar y decir, y aprender a formular con claridad los problemas; el instrumento: nuevas organizaciones privadas sin fines de lucro destinadas a estudiar a fondo la estructura general de la Argentina y las modificaciones precisas a realizar en su aparato estatal y en la legislación.

Este trabajo de diagnóstico preciso se ha comenzado muchas veces en las etapas preelectorales, en forma acotada y con escasísima participación popular, pero rara vez se ha extendido hacia los planes específicos de acción, ya no enunciados en sus titulares, sino detallados y listos para la ejecución. El verdadero cambio argentino sucederá cuando el mismo pueblo genere organizaciones privadas para el estudio, análisis y preparación de planes específicos, sabiendo que quien manda—el pueblo—debe saber siempre más que sus servidores—los políticos. A menos que se prefiera resignar la posición de mando en los servidores, invirtiendo la relación natural, que es exactamente lo ha que sucedido en la Argentina durante muchísimo tiempo, a pesar de las sucesivas revoluciones democráticas.

El fin último de la creación de estas organizaciones privadas de alta participación popular sería el de permitir que el pueblo argentino eleve su nivel de conocimiento de su propia realidad y se una en la conciencia de un destino común, en la claridad racional acerca de los problemas y sus posibles soluciones, y en la confianza de que, sabiendo dónde está y a dónde quiere ir, llegará. Invirtiendo la relación pasiva entre gobernantes/periodistas que “saben” y público que absorbe pasivamente lo que se le dice, facilitar la creación de infinitos focos presenciales donde se debata, razone y deduzca activamente, haciendo de gobernantes y periodistas los sujetos pasivos destinados respectivamente a ejecutar o reportar.

Obtendríamos así una relación comunitaria entre gobernantes y gobernados más sana y productiva, de la cual por lo menos tenemos una intuición profunda, ya que en los últimos años el colectivo periodístico tomó el rol vacante y representó a los gobernados pasivos. Pero, el periodismo no es sino una minúscula fracción del pueblo que aún no ha decidido mandar por sí mismo, y de ahí lo acotado de su éxito.

En contra de la opinión generalizada, se puede asegurar que no es la “brecha”, lo que más desordena a la comunidad argentina. Es, más bien, la gran ignorancia colectiva acerca del propio rol como pueblo en la construcción de una nación moderna y viable. La resistencia, en fin, a asumir el mando del propio destino.

miércoles, febrero 21, 2018

LA OTRA MEJILLA


Una de las cualidades del actual gobierno es la de permanentemente evitar las confrontaciones, eludiendo con sobriedad a los enemigos que buscan pelea e incluso, en un modo tan zen como cristiano, ofrecer la otra mejilla con una calma inhabitual en la política argentina. Aunque muchas veces los enfrentamientos son provocados por los propios errores de comunicación o de conducción, esta voluntad de pacifismo del gobierno merece una consideración especial.

En efecto, en una Argentina que parece condenada a sus tradicionales defectos de violencia, intransigencia, impaciencia y reiteración de estrategias y tácticas fallidas, tener un gobierno paciente y abierto al diálogo permite imaginar un camino nuevo en el cual se alienten estas mismas cualidades en la población y en las dirigencias no gubernamentales.

La tragedia argentina hecha de avances seguidos de retrocesos brutales puede bien haber terminado, si los cambios se plantean en el nuevo y previamente insospechado nivel de un diálogo abierto y colectivo. El gobierno podrá equivocarse en todo, pero esto no importará si se puede corregir cada error en forma consensuada, evitando el facilismo de las posiciones opuestas e irreflexivas.

Si miramos el pasado de las últimas décadas de vida democrática, podemos advertir claramente que el mal no estuvo en ésta o en aquella política sino en la falta de plasticidad y decisión consensuada para corregir el rumbo y/o las crisis. En todos los casos, aún en la sustitución electoral democrática, esta clásica locura de a dos, es la causa principal del estancamiento y deterioro de la vida nacional, con sus dos bandos enfrentados por políticas radicalmente opuestas y fatalmente enlazados sin poder predominar jamás por largo tiempo y sin poder tampoco prescindir del otro (lo que algunos llaman equivocadamente “efecto péndulo”).

El gobierno ha usado también a veces esta estrategia de confrontación para obtener un beneficio electoral pero intuitivamente, en su conducta de todos modos pacífica, parece tener amplia conciencia del salto de calidad que es necesario en la conducta colectiva para poder progresar, salto que debe inspirar y liderar.

Algo está sucediendo en un nivel profundo.

El cansancio de todos frente a los políticos, el mayoritario rechazo por la violencia generalizada y por la pasada delincuencia en los niveles más altos del Estado señala quizá un principio de madurez colectiva. Gobernantes y gobernados pueden estar ya listos para un debate a otro nivel, en el cual se dialogue sobre las alternativas del destino colectivo, ya sea en la vida comunitaria, en la economía, en la educación, en la seguridad y en todas las áreas que requieren ya una decisión urgente acerca de los qué, los por qué y los cómo.

Nunca, salvo quizá inmediatamente después del regreso del General Perón y su abrazo con Balbín—¡ah, si los militares hubiesen sido honestos y se hubiesen plegado al abrazo!—estuvimos tan cerca de una reconciliación profunda surgida del reconocimiento del interés común. Al contrario de lo que se cacarea en los medios acerca de la brecha—o sea, de los bandos opuestos eternamente enfrentados—más bien asistimos a los momentos previos a una unión profunda, no derivada de ninguna ideología ni de la conducción maravillosa de un líder iluminado, sino de la más absoluta y desesperante necesidad nacional. Ya no tenemos resto, ni tiempo, y todos, pensemos lo que pensemos, sabemos que hay que hacer las cosas bien.

¿Habremos aprendido que no es sólo tarea del gobierno hacer las cosas bien sino que es tarea de todos? ¿Podremos dejar de pensar que este país no tiene remedio y que sólo somos un despreciable conjunto de gente heterogénea incapaz de vincularse inteligente y productivamente en todas las áreas de decisión y, en cambio, creer más en nosotros como una suma grata y comunitaria del yo y los otros? ¿Seremos capaces de cerrar la boca antes de quejarnos por  algo que hace mal el gobierno y, en cambio, señalar con conocimiento y autoridad cómo sería hacerlo bien y animarnos a discutir y proponer o, por lo menos, a pedir explicaciones consistentes a los dirigentes y comunicadores?

Es muy posible que, si comenzamos a ser conscientes de esta nueva posibilidad a nuestro alcance, abierta por un gobierno calmo y capaz de escuchar y considerar caminos alternativos para sus errores, veamos en muy poco tiempo la luz de una legítima esperanza basada en la realidad. 


Esto sería lo diferente a nuestro pasado y el verdadero comienzo de nuestro postergado futuro. Los años macristas serán así, históricamente, los del pasaje de la adolescencia a la resistida madurez. 

miércoles, enero 31, 2018

EL INTERÉS NACIONAL Y EL ACTUAL GOBIERNO

Después de un enero relativamente calmo y la gira presidencial por Europa, se avecina la nueva temporada política. Quejas reprimidas, proyectos truncos, fracasos puntuales, errores tácticos y una duda generalizada en la población acerca de la estrategia de este gobierno, irrumpirán en vendaval una vez más, con la misma intensidad o aún mayor que en el pasado diciembre. ¿Qué se puede legítimamente reclamar a este gobierno, que no ponga en riesgo su permanencia en el Estado por todo el tiempo que sea necesario para completar las reformas prometidas?

En primer lugar, apoyarlo ante la carencia de una opción alternativa pero, también, pidiéndole una muy clara explicitación de su plan. Es obligación del gobierno elevar la cultura política tanto de la ciudadanía como del periodismo, que aparece muchas veces tan confundido como ella.

La primera reforma inmediata a pedir, anexa al apoyo, es entonces la de la estrategia comunicacional del gobierno que hace agua por todas partes. Como ya se sabe, muchos de los infortunados momentos del año pasado no hubieran tenido lugar, si la más alta conducción política tuviera mejor definido su rol como tal. Una buena conducción política incluye, en primer lugar, el alentar la participación ciudadana ofreciéndole ideas claras y consistentes, de modo que todos ayuden al propósito común, excepto naturalmente, la de aquellos que tienen otros propósitos cuyo desatino quedará aún más en evidencia cuando estén confrontados con un plan mejor y realista.  La pésima estrategia de conducción y comunicación de este gobierno es la responsable de que una gran mayoría de gente que los votó, en la actual confusión, hoy dude y retacee su apoyo.

El segundo pedido que podemos y debemos hacer al gobierno, es el de mayor velocidad. Sin embargo, sin conducción ni buena comunicación, es  imposible ganar velocidad. Una vez que la estrategia de cambio quede clara y todos puedan, a su modo, apoyarla y sostenerla, la economía podrá cambiar a una velocidad acorde con la realidad comercial y financiera del mundo, más liberal y menos teñida de ortodoxia peronista o prudencia radical. Crear un mercado auténticamente libre, ordenando las cuentas del banco Central de modo que la deuda fiscal quede definitivamente a cargo de Hacienda o abriendo totalmente, por ejemplo, la aduana a la importación sustituyendo el cierre por altísimos impuestos según las industrias que se quiera proteger y de eliminación gradual relativa a la modernización y competitividad de dichas industrias, son dos cosas que se pueden hacer en un suspiro, una vez explicadas y consensuadas, y que alterarían inmediatamente la percepción de programa a medias que hoy se tiene de este gobierno.

El tercer pedido, tiene que ver con lo que hoy no se discute mucho: la política exterior. Sin embargo, en este momento de confusión en el mundo, originado en la pésima administración estadounidense actual, tironeada entre su voluntad de legalidad y el impulso real reprimido de volver a ocupar un lugar consistente de liderazgo en el mundo y, muy especial, en Latinoamérica, la Argentina tiene un rol importantísimo a jugar, si la actual conducción se decide a revisar el interés profundo de la Nación. 

En un mundo que, extraviado en sus conclusiones, quiere volver al pasado de los nacionalismos, la Argentina puede demostrar su voluntad de internacionalismo y globalización, ya ejercida con suficiencia en los años 90 y gracias a la cual hoy el país es parte del G20 y, por lo tanto, factor implícito de influencia y decisión en el rumbo global.

Lejos de presentar un intercambio entre el Mercosur y Europa como una aspiración tendiente a fortalecer los únicos lazos que la Argentina parece poder imaginar para sí, aquellos que la unen al viejo continente, la Argentina debería incluir ese posible comercio en un marco global más amplio. Globales, sí, pero principalmente tomando conciencia de que la aspiración mayor de la Argentina debe continuar siendo la de la alianza continental, bajo la forma del ALCA o cualquier otra que se puede crear, y que incluya a América toda, de un polo al otro. Esta posición continentalista, asumida en su momento por ambos Presidentes Bush hoy es firmemente combatida por el atrasado Presidente Trump y es este mismo vacío de liderazgo, el que le permitiría a la Argentina tomar una vez más una posición de vanguardia (¡tal como en los 90, cuya continuidad la ignorancia de Duhalde y Alfonsín destruyó con éxito hasta el día de la fecha!).

La Argentina puede en los hechos discutir la actual cerrazón de los Estados Unidos, aliándose con aquellas fuerzas norteamericanas que comprenden bien el valor del libre comercio y desarrollo intensivo de América Latina no sólo para sí misma sino para los mismos Estados Unidos, necesitados de un mayor mercado elevado a su propia altura y posibilidad de consumo. La Argentina puede entender y difundir la idea de que no es un muro lo que va a detener la inmigración latinoamericana a los Estados Unidos, sino la oportunidad de trabajo y seguridad en sus países de origen. ¿Está el actual gobierno dispuesto a asumir esta responsabilidad de liderazgo local latinoamericano ante el vacío norteamericano?

Se podrían pedir muchas cosas más a la gestión del Presidente Macri, pero estas se parecerían a las que tanto el periodismo como la ciudadanía que nutre su pensamiento en éste, le piden a diario. Mayor justicia para los corruptos, menor inflación, salarios acordes con la inflación. Vistos estos reclamos a la luz de los tres grandes pedidos prioritarios y pendientes, antes de que estas demandas cotidianas, totalmente dependientes de aquellos, puedan cumplirse con éxito, tal vez se entienda un poco más la necesidad de reorganizar la conducción y comunicación de este gobierno para que la Argentina cambie, y de una buena vez, y para siempre.


Es posible que este gobierno no entienda, aunque escuche. En ese caso, este mismo rol y accionar que esperamos hoy de él, quedará como un traje vacío para quien se anime a vestirlo. El destino argentino es uno, y hay que animarse a saber y comunicar, de una vez por todas, cuál es y por qué. “Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada”. Si no se quiere escuchar al último General, que se escuche al primero.