Por más vueltas que se le den al antiguo aforisma, la realidad sigue siendo la única verdad.
A más de medio siglo de la muerte del Gral. Perón, el
peronismo continúa siendo la incógnita fundamental de la política argentina. Para
peronistas y antiperonistas, la pregunta aún sin la imprescindible respuesta.
El último Gral. Perón dejó un claro y final legado: la
etapa revolucionaria terminada, el justicialismo pasaba a su etapa
institucional. El partido, ya no un
despreciable mero instrumento electoral, inferior en su trascendencia al movimientismo
necesario para el triunfo de la revolución, debía convertirse en el muy
republicano instrumento donde dirimir las diferencias y presentarse a las elecciones.
La revolución había consistido en otorgar un enajenable poder político a los
trabajadores. Cumplido su cometido, había terminado.
Los enemigos de esta revolución, sin embargo, no
entendieron bien el mensaje republicano e institucional y el golpe militar del
76 reiteró la vieja práctica de desplazar al peronismo de su legítimo acceso al
poder e intentar suprimirlo.
El antiperonismo, junto a esta táctica de represión y supresión,
desarrolló a partir de la involuntaria concesión militar del regreso a la
democracia, una nueva estrategia: si no se podía destruir al peronismo, se
podía intentar reemplazarlo copiándole modos y estrategias (menos las
fundamentales, las que justamente hacen a su incorruptible esencia) para conquistar
a su público votante tradicional. Así, asistimos durante los años de democracia
al Tercer movimiento histórico de Alfonsín, a ese particular antiperonismo
interno del kircherismo—el más exitoso en su intento de aniquilación—y al
esfuerzo de Macri junto al radicalismo antes de reconocer tardíamente que debía
aliarse al peronismo antes que destruirlo.
Durante los años de democracia, el Gral. Perón solo se
vio obedecido tras el fracaso de Alfonsín: Carlos Menem disputó una republicana
interna con Antonio Cafiero, la ganó, y gobernó durante dos períodos
actualizando además la interpretación de la doctrina justicialista en un mundo
globalizado en el que una nítida economía liberal era imprescindible para garantizar
la producción y el trabajo. La década de los 90 fue la demostración de la
verdadera renovación peronista, atenta siempre a sus tres banderas en un mundo integrado donde soberanía implicaba la mejor
alianza y en el que la independencia económica dependía del crecimiento y la
justicia social de un nuevo ingenio para concretarse. Los nuevos instrumentos tal
vez demoraron en reconocerse e implementarse y constituyen el debe a
rectificarse en una nueva etapa de peronismo liberal.
La destrucción del peronismo institucional por el
kirchnerismo, que el macrismo aprovechó
antes de entregar otra vez el poder a este último para que completase su tarea
destructiva, aún no terminó. El actual gobierno mira al kichnerismo del PJ y vuelve
a intentar la estrategia sustitutiva, armando un partido libertario, con su
propia doctrina, entrenamiento de cuadros y despliegue nacional, con la certeza
de que al peronismo solo le falta el golpe del final. Una certeza que confunde
al destructivo y parasitario kirchnerismo con el peronismo real.
Pero, ¿dónde está ese invisible peronismo real que, lejos
de aparecer para sacarse de encima al letal kircherismo, no ha hecho presente
institucionalmente? ¿Se extinguieron los vitales anticuerpos de antaño? Nadie
puede decirlo con certeza.
Cátulo Castillo solía referirse al peronismo como un
organizado cardumen detrás del pez líder. Hoy, el cardumen está desorganizado y
disperso por la sencilla razón de que no hay líder. Y no hay líder porque aún
no se ha comprendido institucionalmente la realidad fundamental que debe guiar
al peronismo: no hay justicia social posible sin economía liberal.
Tampoco se aprovecha la verdad de la consecuencia de ese
paradigma: una economía liberal sin la voluntad explícita de justicia social
jamás logrará la grandeza de la Nación y mucho menos la felicidad de su pueblo.
La columna vertebral del justicialismo sigue intacta y, más
aún, ha sido recientemente renovada con nuevas autoridades en la CGT. La
dispersión de dirigentes peronistas en gobernaciones, intendencias y centros de
estudios se suma a una dispersión no menos notable dentro de muchas estructuras
partidarias—incluyendo la del oficialismo—estructuras que sirvieron de refugio temporario
durante la usurpación kirchnerista.
La dispersión no quita identidad: el potencial cardumen sigue
allí, en el tormentoso y, para algunos, incomprensible mar político.
El antiperonismo seguirá esforzándose sin ver lo
esencial.
Mientras, el peronismo de la libertad económica unida a
la justicia social espera su voz.