jueves, febrero 29, 2024

¿ANARQUÍA O LIBERALISMO?

 


El desorden político parece crecer cada día a pesar de que el Presidente Milei sigue contando con una alta aceptación de una buena parte de la población, siempre legítimamente esperanzada en que este gobierno termine con la inflación y consega una moneda estable para regresar a una economía de libre mercado.

Decimos regresar, pero no inocentemente. La Argentina ya conoció su revolución peronista-liberal en los años 90 y el recuerdo es el de una gestión hábil y ordenada, tanto en lo político a cargo de Menem como en lo económico a cargo de Cavallo. Había un esfuerzo, como lo hubo después durante el gobierno de Macri, de respetar las instituciones y de favorecer una atmósfera cordial y políticamente educada.

En el caso de Javier Milei, se esperaba un prolijo político liberal, algo así como un discípulo de Cavallo, por quien siempre mostró tanta bien merecida admiración. Un Cavallo que incluso anunció que votaría por él, brindándole no solo su confianza y dándole un espaldarazo, sino aconsejándolo toda vez que lo precisase. Sin embargo, el Milei economista no parece estar completamente dedicado a su trabajo, muy distraído con sus aspiraciones de líder global del anarco-capitalismo. Una doctrina que precisaría quizá convencer antes a una todavía pesada minoría anti-liberal de las bondades del liberalismo, en vez de promover una suerte de trotskismo capitalista universal. A la hora de la sensatez, los extremismos confunden y sí, crean anarquía.

Una anarquía a la que una Argentina pobre y debilitada en todos sus ámbitos, no puede responder. La Argentina precisa un Milei que acepte modestamente el rol real que le otorgó una parte de la ciudadanía y el que le consintió Macri al prestarle sus votos para ganar la presidencia: el de ser un buen liberal y lograr otra vez lo que Menem y Cavallo lograron,  lo que Macri intentó y no consiguió.

La Argentina precisa una conducción estratégicamente sensata, capaz de hacer buenos acuerdos, en especial con ese peronismo que también apoyó a Menem en su momento y que sigue a la deriva, esperando más bien conducción que confrontación.

Hoy tenemos otra vez una división. Lamentablemente, no es la que el Presidente Milei identifica. No es él contra la casta y ni siquiera él contra el estatismo (ver el interesante giro de Cristina Kirchner que por fin parece entender que el peronismo no solo puede sino que DEBE ser liberal en la economía). Se trata de algo nuevo: un estilo anárquico y rupturista--extremadamente grosero y maleducado, además—contra la institucionalidad y las mejores maneras de la política civilizada.

Si los adolescentes hoy prefieren pavear en las redes, emborracharse en el primer día de la secundaria y soñar con irse a otro país, en vez de aprender a hablar, escribir y leer correctamente, no hay que sorprenderse. No hay una realidad visible que los contradiga. Siguen la moda de la época: la anarquía que se les propone desde el mismo máximo poder nacional.

Tuvimos casi veinte años de kirchnerismo con su fantasía setentista de la Cuba socialista. Podemos tener veinte años más de anarquía a la moda de mal admirado Trump, promotor de la más escandalosa rebelión contra las instituciones norteamericanas. Inadecuadamente admirado, además, por ser un enemigo declarado de América Latina y cerrar la frontera al libre comercio. Inoportunamente admirado, además, por proponer retirar a Estados Unidos de Europa y dejar que Rusia continúe con su expansión, además de su persistente y destructivo accionar en las Américas.

El juvenil presidente con alma de adolescente puede seguir su fortuna porque así lo dicen el I Ching, el Tarot y las fuerzas del cielo, pero la Argentina tiene otras creencias y otras cartas y, aparentemente, está decidida a jugarlas.

Sería mejor un profundo baño de sensatez y que el Presidente—que ya sabemos es honesto y acepta que tiene que esforzarse para ser buena persona—madure de una vez y dé el ejemplo a tanto chico que no sabe cómo tiene que ser ni qué tiene que hacer para vivir una vida plena, útil y feliz.

Y no solo él debe madurar. La carencia de adultos responsables y confiables en la política es enorme. Faltan líderes sensatos, experimentados y respetables. Los que supimos tener hasta la debacle kirchnerista.

¿Quién será el primero en dar el ejemplo y demostrar que la Argentina no solo quiere sino que todavía puede?

sábado, enero 27, 2024

UN BUEN GOBIERNO DE MILEI TODAVÍA ES POSIBLE

 Y, naturalmente, llegó la hora de la verdad. En la cancha se ven los pingos, y en la cancha, el recién electo presidente Milei tropezó y rodó, a pesar de que el liberalismo fue la opción más votada por los argentinos y que el candidato perdedor, Sergio Massa, expresaba también la aún no formulada vertiente liberal del peronismo.


Ya se ha dicho demasiado en los últimos días acerca de los motivos del tropiezo, la falta de experiencia política y el desconocimiento práctico de qué hacer cuando se es una notable minoría en ambas cámaras.


De lo que poco se habla, es de qué debería hacer Milei para conseguir, a pesar de todo, un gobierno digno y eficaz que cumpla con las principales metas de estabilidad de la moneda y de libertad y seguridad en la inversión y la producción.


Los consejos de sentido común de su hermana o de sus jóvenes acompañantes habituales, no bastan a la hora de tener que contar con una comprensión cabal de cómo proceder. A nadie con una mínima experiencia política se le hubiera ocurrido entramparse con un DNU que abarcase tantos temas y una ley ómnibus en la misma línea. Eso ya ha quedado claro y está en vías de solución. Lo que no está claro, es el marco político general en el que Milei debe desenvolverse.


En vez de dialogar con la CGT y los movimientos sociales para hacerlos parte del proyecto de una economía liberal que beneficie a todos, Milei se creó un enemigo innecesario, un enemigo además perdido en su propio pasado sin la conducción política adecuada para hacerlo avanzar en su misión de proteger a los trabajadores y las fuentes de trabajo de modo pragmático.


El peronismo se perdió la ocasión de hacer una revolución liberal al estilo de Menem. Sumergido y paralizado por el kirchnerismo, no se animó a tanto, a pesar de que fuimos muchos los que, desde hace más de dos décadas, venimos señalando ese inevitable rumbo.


Si hubiese ganado Massa, hubiéramos asistido a esa revolución liberal, en modo más lento, con un ministro de economía que seguramente hubiese sido Melconian o, incluso, el mismo Milei, con tanto lazo entretejido con Massa. Y la CGT y los trabajadores y los movimientos sociales—que, en realidad, deberían ser parte de la CGT ya que también sus integrantes son trabajadores, solo que desocupados—hubieran comenzado a considerar los nuevos instrumentos modernos para proteger a sus afiliados y, más aún, lograr la incorporación masiva a los sindicatos de todos aquellos que hoy están en la economía informal o desocupados. Sí, eso es posible, pero, para darse cuenta de que lo es, hay que tener una mentalidad que sea a la vez peronista y liberal. Y no, no es un oxímoron: el peronismo no está de ningún modo reñido con el capitalismo, como lo demostraron los hoy nuevamente admirados Menem y Cavallo.


Pero Milei no es Menem ni Cavallo, así que hay que ayudarlo a ser un poco de los dos, mostrándole qué partes de su proceder político no funcionan.


En Davos, pareció demostrar que le importa más su rol global de único líder anarco-capitalista que ser el eficiente y moderno presidente de un país destruido. Error: los argentinos ya tuvimos casi dos décadas con una ambiciosa supuesta líder de la izquierda latinoamericana, que nos hundió allí dónde estamos, con una base china en la Patagonia, además, y una cantidad respetable de agentes cubanos al acecho. Lo que precisamos ahora es un modesto líder liberal, que olvide los sueños grandilocuentes y se dedique a aquello para lo que fue votado: lograr una Argentina económicamente viable. Con un liberalismo sencillo y bien entendido y buen diálogo con todos los actores productivos, incluyendo a los trabajadores ocupados y desocupados, es suficiente.


¿Nos importan los Estados Unidos? ¿Nos importa Israel? Sí, pero no hay que fascinarse ni confundirse con Trump, el gran amigo de Putin que lo ayuda financiando las largas caravanas de latinoamericanos ilegales en la frontera. Una cierta distancia que permita una soberanía real en la política exterior, es lo conveniente, ya que la supuesta afinidad capitalista es engañosa. Los EE UU son capitalistas sea quien sea el presidente. Hay que mirar el mapa del mundo y las guerras en curso.


¿Cómo construir una mayoría en las cámaras? Hace falta un Menem real para organizar esto, y no solamente uno que porte el apellido. El peronismo está sin conducción, pero su último aspirante a conductor, Massa, está desocupado. Puede ser un perfecto jefe de gabinete y armar todo lo que hoy está disperso, incluyendo el diálogo con los trabajadores. No le va a gustar a Macri, que apoyó a Milei solo para evitar que Massa fuera presidente, pero eso no tiene importancia. También Macri deberá rever su cerrazón a aliarse a tiempo al peronismo. Pichetto puede ayudarlo y ayudar a Massa también, si este es invitado a participar para cerrar por fin la famosa brecha y cambiar el aire político.


Y hace falta agregar el ingrediente Cavallo: la dolarización distrae, inquieta y debe revestir su mejor, más práctica y rápida forma, la de la convertibilidad  flotante. Libertad para operar con las dos monedas, ya mismo, y Banco Central independiente, confiando en que, si esta vez se logra eliminar el déficit fiscal y con él, la inflación, a nadie se le ocurrirá volver atrás. ¿Por qué no confiar en que hemos crecido y aprendido?


El Presidente Milei puede dejar de lado su comprensible decepción y aceptar que la hora de las grandes utopías todavía no llegó y concentrarse en no fracasar en el intento de lo que sí es posible. Se transformará en un muy respetado líder liberal mundial si consigue, con la ayuda interesada del peronismo que quiere zafar del kirchnerismo para siempre, transformar a la Argentina en un país con una economía libre y próspera, y, de paso, justa y soberana. ¿Qué más?