martes, junio 01, 2021

EL GOBIERNO DE LA MUERTE

 

No se trata solo de los muertos por el Covid-19 ni de la mala gestión en la compra de vacunas y vacunación. Los que somos muy mayores y con mucho tiempo de encierro para hacer los inevitables balances, percibimos con claridad otras señales. Todo habla de muerte a nuestro alrededor. Hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos, todo huele a muerte. No ya de la propia, previsible a cierta altura, sino como un eco que reverberase desde todas partes. Los más jóvenes lo perciben, y hasta los niños, con su desarrollo familiar, social y escolar interrumpido. La muerte, como vida interrumpida, está en todos, como un poderoso sentimiento colectivo.

Es mucho lo que ha muerto en los últimos dos años de un gobierno que no pudo superar sus tendencias suicidas: además de las decenas de miles de muertos no vacunados, es la misma Argentina la que está muriendo aceleradamente, asfixiada en su productividad, sin la transfusión de nuevas inversiones y sin la menor esperanza de sobrevivir indemne los dos años que restan hasta el próximo cambio de gobierno.

¿Dónde está la falla fatal en el gobierno de los Fernández? De ambos Fernández, el presidente y su inexcusable vicepresidenta: aunque ésta se ausente del escenario público en su mudez sigue siendo la principal responsable de la caída argentina por su tozudez ideológica, reñida con las más elementales tendencias de vida e incluso, de su propia supervivencia política. La vida no es ideológica, la vida no es rígida, la vida no actúa en contra de sí misma. Por el contrario, la vida es flexible, cambiante, buscando siempre su propia existencia como tal, adaptándose y mudando para evitar la muerte.  

¿Quién le ha dicho a la Sra. de Kirchner que el mejor modo de sobrevivir al plan recaudatorio de su marido es subyugar a la justicia sin reparar que no podrá subyugarla sin antes asegurar una sobrevida real del país a través de lo que su gobierno haga o deje de hacer?

Todo el periodismo señala los cotidianos “tiros en los pies” del Presidente o de los ideólogos del kirchnerismo. Son tiros que cada vez más alcanzan el corazón de la misma Argentina.

No lo hacen a propósito, no. Quisieran que todo fuera diferente, pero no saben cómo. Y como no saben, insisten en sus ideas que son “bienintencionadas”. Y su ineptitud sigue matando.

Recordamos todos una Argentina del pasado. Liberal, radical o peronista, todas con sus más y sus menos, pero nunca fracasada como hoy, con tal grado de ceguera ante la propia ineptitud, cuando ya conocemos la propia historia y esta ha dejado demostrado el problema y su solución. Si antes de 1989, no sabíamos y nunca habíamos encontrado la solución para las recaídas casi mortales, en 1990 encontramos colectivamente no sólo, ¡por fin!, el diagnóstico de la enfermedad, sino una solución duradera, aunque no definitiva al ser abandonada en 2002. El diagnóstico final y la solución sucedieron durante un gobierno peronista, así que ¡guay de seguir echando la culpa al peronismo de un mal colectivo! Los ideologismos enferman y no sirven, provengan de donde provengan. La recaída de 2002, peronista y radical, fue casi fatal y sus efectos, perdurables. La recuperación de 2015, insuficiente.

Este gobierno es inexcusable en su seguir matando. Los Fernández saben qué deberían hacer. Incluso sería conveniente, dado el enorme éxito que tendría una rápida apertura de la economía en la inversión y producción, que el cambio lo hiciera directamente la vicepresidenta y se llevase los laureles de una gestión reacomodada para dar vida y no para seguir matando, ni, en su propia condición de múltiple acusada, para seguir suicidándose ante un país que jamás la va a perdonar. No ya por consentir en silencio a los desarreglos corruptos de su marido, sino por su férrea consagración ideológica a todo lo que mata la productividad, el trabajo, la inversión y el lugar de una Argentina viva e importante en el mundo.

Podemos, claro, seguir esperando dos años y saber que, como siempre, la Argentina resucitará desde sus cenizas. Podemos, por supuesto, asistir a nuevos inventos de travestismo intentando que el kirchnerismo luzca lo más peronista posible en las próximas elecciones, aunque el peronismo sea vida y no muerte y desmienta el disfraz poniendo su voto en otro lado. Podemos, naturalmente, seguir especulando con la oposición kirchnerismo-macrismo, para beneficiar al macrismo en 2023. Podemos hacer eso y podemos también intentar abrir los ojos de quienes hoy tienen en sus manos la inmediata solución para que quedemos, sin discusión,  del lado de la vida.

¡Es fácil! Mirar 1991, recordar y actuar. Sólo hace falta contratar el mejor de los equipos económicos disponibles y explicar al país que es mejor corregir el error que persistir en él.

Habrá quienes protesten y también quienes preferirían una solución más “justa” con el castigo de la cárcel. Pero, en una cuestión de vida o muerte, siempre es mejor elegir la vida.

sábado, mayo 01, 2021

EL NUEVO PROYECTO PERONISTA

 

Hay peronistas en todas partes y líderes que van asomando con un nuevo proyecto en manos: Schiaretti, Pichetto, Massa, entre los que destacan más por su clara idea de que el peronismo debe en primer término organizar una macroeconomía liberal para permitir el crecimiento y la inversión y, simultáneamente, reformular todo su instrumental de atención a los trabajadores y la nueva clase pobre que alcanza hoy niveles jamás vistos en la Argentina.

La enorme suerte con la que cuentan estos líderes potenciales, es la de tener en el haber del peronismo el antecedente de los años 90, y de un primer modelo interno de funcionamiento eficaz del peronismo aunado al liberalismo. Deberán, no obstante y ya mismo, construir un equipo peronista liberal semejante al que construyese en aquel momento Domingo Cavallo desde la Fundación Mediterránea y el IERAL, de modo de tener bien estudiados todos los problemas que va a dejar el nuevo fracaso del kirchnerismo y con todas las  soluciones evaluadas y preparadas. Quedan todavía muchos cuadros de aquel equipo inicial, y el mismo Domingo Cavallo, que pueden ser muy bien los referentes que ayuden en el armado de los nuevos equipos jóvenes con la mayor eficacia y celeridad.

Más allá de las muchas gratuitas acusaciones que se hacen contra el peronismo, tomando al kirchnerismo como una expresión de éste y no como lo que es, algo totalmente ajeno al espíritu real del peronismo, hay que reconocer que, por encima de la supuesta exclusiva batalla y elección entre kirchnerismo y macrismo, lo que hay es un peronismo disperso que con su proverbial tradición de organizado cardumen, sólo espera el pez líder para abrir, otra vez, la esperanza argentina hacia un horizonte de productividad y grandeza.

No importa desde qué fuerza o bajo qué nombre el líder actúe, todo el peronismo se encolumnará detrás de él. Lo que importa es la idea rectora de un peronismo recuperado en su esencia y renovado en su instrumental.

Es fundamental, entonces, crear ya, en conjunto y desde las miradas afines, un sólido equipo visible que vaya planteando a la comunidad el nuevo horizonte.

El nuevo horizonte es el de una macroeconomía liberada de todas las trabas que hoy la asfixian—una  economía liberal—donde se ejerza, simultáneamente, el mejor modo peronista de resolver la protección de los trabajadores y de solucionar la pobreza creando vías de salida de ésta, genuinas y escalonadas.

Ese mejor modo peronista, sin embargo, esta vez debe recurrir a nuevos instrumentos. No hace falta dibujar el cómo de una economía liberal, ya que esta es bien clara, conocida y practicada en muchísimos países que nos sirven de ejemplo. Hace falta sí, cambiar algunos de los instrumentos de protección de los trabajadores y de superación de la pobreza de modo de que no traben la inversión ni la producción y sean muy eficientes, además, en proteger realmente a los trabajadores y en crear los caminos de auténtica y duradera superación de la pobreza.

Organizar una nueva estructura fiscal desde el inicio es crucial para eliminar los excesivos impuestos y distorsiones, como cualquier economista liberal puede señalar, pero, en esta estructura fiscal hay que incluir la liberación de las provincias en cuanto a organizarse y disponer de sus propios recursos. Hay que tener la valentía de hacerlo, ayudando a las provincias más pobres de un modo diferente y original, para llevarles inversiones, gente con la que agrandar su mercado y nueva tecnología. No existirá ninguna reducción real de la pobreza si no se potencia a las provincias para que sean focos de inversión y crecimiento y para que, poco a poco, vayan reabsorbiendo el exceso de población de la Provincia de Buenos Aires y de la Ciudad de Buenos Aires. Un buen modo de sentar la base de este nuevo desarrollo federal es recordar y obedecer la consigna popularizada por el hoy muy lamentado Gobernador de la Sota: “Recaudan las provincias y aportan a la Nación”, y no al  revés, es decir como es hoy, en esa extraordinaria asfixia centralista disfrazada de equiparación benévola y discrecional desde el poder ejecutivo, entre provincias ricas y provincias pobres.

Organizar una economía auténticamente liberal, supone dejar a los empresarios, grandes, medianos o pequeños, liberados de toda intromisión en su inversión por las leyes laborales, justas en un momento pero que con el correr del tiempo se transformaron en abusivas y en detrimento final de los trabajadores. El trabajador tiene que estar protegido, pero no por el empleador, con el cual sólo debería tener un contrato normal de trabajo. Del mismo modo en que el peronismo logró que todos los trabajadores tuvieran una cobertura de salud de calidad por medio de las obras sociales de los sindicatos, puede tener una cobertura de seguro de desempleo. Con el aporte de los trabajadores direccionado hacia su seguro sindical, semejante a su seguro de salud, se libera a los empleadores de responsabilidad y juicios, con una gestión justa de cada aseguradora sindical, solidaria del trabajador por su misma constitución y a salvo de la intromisión de indebidos juicios.

Los sindicatos, lejos de tener que ser considerados hoy como enemigos del progreso económico, tienen que retomar su rol de socios en la economía liberal y en el progreso personal de los trabajadores, creando, en conjunto con el Ministerio de Educación, una escuela primaria y bachillerato sindical, de una modalidad sencilla para alcanzar a formar en el menor tiempo posible a aquellos que hayan quedado atrás y, por otra parte, creando en cada sindicato y a escala nacional, escuelas de oficios (los oficios pertinentes a cada sindicato)  donde se formen los jóvenes o mayores hoy aspirantes, sin trabajo o en transición.

Siendo los sindicatos el lugar de protección de los trabajadores con trabajo o en transición de un trabajo a otro, y además, el lugar por excelencia de acceso a la educación adulta y primer trabajo, se puede ver con claridad que es allí, en esa tradicional columna vertebral del peronismo, donde está la primera puerta para salir de la pobreza. Lo notable de esta solución peronista es que no se apoya en el Estado, y que no requiere tampoco de los recursos de éste. Es una solución privada, a cargo del esfuerzo y progreso de los mismos trabajadores que, a la vez que liberan a empresarios e inversores para aumentar la productividad y el número de empleos, van sumando personal mejor capacitado.

La solución de la pobreza, desde el lugar de un pensamiento peronista actualizado a la nueva realidad argentina de más de un 40% de pobres, tiene que tener también una aproximación que cree un lugar legítimo de salida de la pobreza para las familias que viven hoy en villas miseria en las grandes ciudades o en asentamientos precarios en los suburbios de éstas.

Con la ayuda de la tecnología, hoy es fácil tener un registro de cada argentino, de su lugar de residencia, familia, educación, ingresos, gastos y ocupación. Interesa tener un registro limpio y actualizado de todas las personas en situación de pobreza, de modo de poder eliminar, en primeria instancia, los planes superpuestos, la falta de planes y todo el desorden que existe hoy debido a la intermediación de organizaciones políticas u otros motivos. El Estado debe continuar ayudando, pero dentro de un plan bien organizado de promoción por etapas para que cada persona salga de la pobreza poniendo su esfuerzo. Cada argentino adulto debe estar bancarizado y recibir la ayuda pertinente en modo directo.

La ayuda pertinente, por otra parte, debe ser una ayuda para prepararlo para el trabajo o para ayudarlo a mejorar su condición de vida; por ejemplo, comenzando a pagar su nueva vivienda. Al eliminar la carga de aportes laborales de los empresarios, no habrá motivo para que estos insistan en mantener en negro a sus trabajadores. Blanquearlos hará que estos sean sujetos de crédito. En este sentido, el temor de muchos receptores de planes a perderlos si comienzan a trabajar debe ser eliminado: el “exceso” del plan va a ser en la mayoría de los casos destinado a mejorar las condiciones de vida, por ejemplo, accediendo a una vivienda digna.

La construcción de viviendas populares de calidad puede ser alentada desde el Estado cediendo tierras fiscales a empresas constructoras que deseen invertir en este tipo de propiedad a la cual accederán los nuevos trabajadores por medio de un leasing, una fórmula que en la Argentina se usa poco, pero que combina las ventajas de un alquiler que se va contabilizando a cuenta de la compra.

Hace poco, durante la ocupación ilegal de tierras por parte de gente sin viviendas, el dirigente Grabois propuso una modalidad de ocupación legal, por medio de tierras fiscales cedidas principalmente por las provincias de modo de radicar allí a familias que se dediquen a la agricultura intensiva. Este es otro modo posible de ir, poco a poco, terminando con los asentamientos, quizá pensando en la constitución de nuevos pueblos autosuficientes, donde los habitantes no sólo sean los que construyan sus viviendas según un plan facilitador, sino que tengan disponibles para ellos, además de la producción agrícola, todos los demás empleos de servicios del pueblo. Esta es una iniciativa que, por estar orientada a la producción, puede ser también encarada en forma privada, por medio de créditos, y con sólo el aporte de tierra por parte del Estado. No es una idea original, en la España y Europa de las respectivas posguerras se construyeron muchísimos pueblos nuevos. En la Argentina, esto hoy es necesario porque la destrucción del país en las últimas dos décadas y la pérdida de recursos de los argentinos vuelven a requerir soluciones no sólo de educación y laborales sino colonizadoras.

La conjunción de esfuerzos privados, estatales y sindicales, con el enorme aumento de la inversión y productividad que se verificará una vez que se libere la economía, hacen que las perspectivas de la Argentina, lejos de estar sumergidas en la desesperanza, puedan visualizarse claramente. El liderazgo y la planificación harán la diferencia. No hay que dudar de que podemos y de que lo haremos. La tercera es la vencida.

Y un último secreto peronista: hay que pensar en la creación de padrinazgos culturales. A cada familia pobre o marginada, brindarle la amistad y padrinazgo de una familia en situación normal. No para donar dinero, comida o ropa, ni compartir nada que no se desee compartir, sino para integrar culturalmente. Para hacer que aquellos que no tuvieron la oportunidad de estar informados o educados, puedan recibir, rápido, de primera mano y con un ejemplo vivo presente delante de ellos, la más útil información acerca de la higiene, la alimentación, la salud, los modos de organizar una vivienda, de educar a los niños, el comportamiento ciudadano, etc. La tecnología hará la conexión entre apadrinados y padrinos, esa conexión hoy improbable, dificultada, rehuida, reemplazando a la desconexión que divide hoy a las dos Argentinas, la que se sabe valiosa pero no puede mirarse en el espejo de su propio horror. Con un año de padrinazgos efectivos y de promoción escalonada para salir de la pobreza, la Argentina será otra, la que queremos, y la que quizá fue en algún momento, aunque nunca del todo.

El todo es pronto y ya comenzó a ser, aunque hoy solo veamos la nada y no nos demos cuenta de cuántos y cuántos argentinos están pensando en la misma dirección y uniéndose sin saberlo.

domingo, abril 04, 2021

LAS PIEZAS DISPERSAS DEL ROMPECABEZAS PERONISTA

 

Mauricio Macri y Cristina Kirchner tienen algo en común: no quieren ni a Perón ni al peronismo. Eso no les impide a uno, tratar de seducirlo tardíamente para sustituirlo como partido popular, y a la otra, continuar con la invasión ilegítima del PJ para intentar concretar su proyecto socialista y montonero, específicamente defenestrado por Perón. En un año electoral, las semejanzas y diferencias cuentan. El peronismo sigue siendo la manzana de la discordia, o, lo que pocos ven hoy, la posibilidad de una salvación definitiva si vuelve a organizarse tras las ideas correctas.

De Macri, solo se puede decir que es una pena que no haya recogido la herencia liberal peronista de los años 90 para repetir el éxito. Si llegase a ganar de nuevo las elecciones, quizá repetiría el mismo error, quizá no, pero, su política económica tibia no haría nunca peligrar a la Argentina, ya que tiene las ideas que a la Argentina le convienen en materia de encuadre internacional y de orientación general hacia una economía abierta.

En cambio, Cristina Kirchner, enamorada del poder autocrático en Cuba y Venezuela, arrodillada ante China y Rusia para obtener una protección que no sabe dar al país de otro modo, y convencida de sus ideas estatistas y antiliberales, por más que una y otra vez la lleven al fracaso, representa un peligro para el desarrollo y crecimiento normal del país, que corre el riesgo además de quedar atado a una alianza geopolíticamente muy desfavorable. Donde mandan los ideologismos, no manda la realidad, esa que el kirchnerismo ve, pero desea torcer hacia un lado que no favorece ni a la Nación, entorpeciendo su crecimiento ni al pueblo, sea este empresario grande o pequeño, trabajador asalariado o no, o pobre de toda pobreza y fuera del sistema.  

Los argentinos elegirán sus representantes entre aquellos que quieren una sociedad libre y aquellos que hoy están consiguiendo un país ahogado en su estatismo. Los antiperonistas de siempre sonreirán ante esta frase, que parece describir la antinomia creada a partir del primer y segundo gobierno de Perón. Aquel estatismo e incluso autoritarismo revolucionarios, sirvieron para organizar a los trabajadores y reconocer sus derechos, elevarlos a la clase media, y salvar a la Argentina de tener sindicatos socialistas y comunistas. La revolución peronista fue un éxito. Hoy, otros, usurpando el PJ,  quieren hacer una nueva revolución, opuesta a aquella. Intentan otra vez lo que no lograron en los años 70. Y es por esto que hoy, el peronismo genuino no está del lado del estatismo, sino del lado de la libertad, donde viene estando desde que el General Perón volvió a la Argentina en 1972, defendiéndola hasta su último día de todo socialismo o comunismo.  

 La gran pregunta es por qué el peronismo encarnado en  los gobernadores, los sindicatos o en dirigentes relevantes como Sergio Massa, sigue sin reaccionar como tal, sin trazar y defender un nítido espacio peronista. Miguel Pichetto lo intenta, dentro de una Alianza con Macri, pero eso no es suficiente. Ya está Guillermo Moreno juntando peronistas sueltos, en teoría en contra del Presidente Fernández y en la práctica a favor de Cristina Kirchner, repitiendo la estrategia colectora de peronistas que la llevó a la vicepresidencia y otra vez al poder.

Intriga la falta de conciencia de muchos peronistas antikirchneristas que no defienden el PJ, como una posesión por lo menos histórica, que debería estar en manos de los afiliados por medio de elecciones libres y no sujeta al dedo de alguien que se declara peronista por conveniencia y no convicción. El robo del partido es descarado: los usurpadores lo quieren, además, para hacer antiperonismo. Algunos intendentes se dan cuenta de esto y hacen lo que pueden, aunque siempre sospechados de hacerlo en interés propio y no en defensa de la causa superior del peronismo.

Intriga también, a propósito del interés propio, la escasa empatía que muchos peronistas siguen demostrando por el único gobierno exitoso de la era democrática, el gobierno peronista de Menem con Cavallo, y que, en vez de exhibirlo con orgullo por sus múltiples logros y hacerlo propio, se lo tape con ideologismos tan nocivos como los de Cristina Kirchner, aunque envueltos en la antigua fraseología discursiva de un Perón que, en vida, ya se había editado a sí mismo.

Importa para el destino argentino, no tanto la omnipresente puja del macrismo y el kirchnerismo por predominar en las próximas elecciones, sino la actitud final de un peronismo que no termina de asumir correctamente su pasado, ni su cada día más vigente misión hacia la Nación y hacia su pueblo.

El peronismo genuino hoy no es solo republicano, es también liberal y se enmarca dentro de una alianza continental amplia, que incluye a los Estados Unidos y a Canadá, y dentro de la alianza occidental global, con Europa en primer término.  Favorece la inversión como único modo de crecimiento y de creación de trabajo e insiste con su promoción de los sindicatos como instrumentos de contención y progreso de los trabajadores, modernizándolos y dándole nuevas funciones dentro de una economía abierta y facilitada. Es trabajo de los dirigentes y aspirantes a dirigentes de un peronismo fiel a su misión de engrandecer la Nación y hacer feliz a su pueblo, de difundir estas ideas sencillas que se oponen en un todo al proyecto socialista de asfixia de la economía capitalista y su paulatina estatización.

Las diversas piezas dispersas del peronismo se reconocerán en su validez por su adhesión a este ideario modernizado y harán más fácil la discriminación electoral en las próximas elecciones. Unidas en un espacio común y otra vez en alianza con el liberalismo como en los años 90, ofrecerán en las posteriores elecciones presidenciales de 2024, una alternativa a los partidos de izquierda, incluyendo al kirchnerismo, y al radicalismo ampliado con el PRO y otros partidos afines.

miércoles, marzo 03, 2021

MASSA-PICHETTO, EL PRINCIPIO DEL FIN

 


¿Dónde está el peronismo? El peronismo real, el peronismo que en los años 90 abrazó al liberalismo y consiguió diez años de crecimiento con moneda estable y sin inflación y la mejor de las posiciones posibles en el continente y en el mundo, parece haber desaparecido de la escena política hace ya mucho tiempo, desde los malhadados experimentos estatistas y anticapitalistas de Duhalde y los Kirchner. Sin embargo, sin ese peronismo, ninguna de las dos facciones en pugna, la kirchnerista y la macrista, podría haber ganado en su momento y seguir ganando en la actualidad. 

 El invento del Frente de Todos consiguió no solo a Alberto Fernández como mascarón de proa de su averiado navío, sino también a Sergio Massa. Y el macrismo renunció  a disgusto a su manifiesto antiperonismo, ese que le impidió convertirse en una opción abarcativa, e incorporó a Miguel Ángel Pichetto tardíamente. Y es allí, bajo el liderazgo de Massa y bajo el liderazgo de Pichetto, amen de los liderazgos de varios gobernadores, en especial, Juan Schiaretti, que se esconde una formidable fuerza, con una tradición inmediata para reclamar, la de los años 90, que debería volver, corregida y mejorada, para recuperar velozmente el status económico de la Argentina como nación en desarrollo, pleno crecimiento y clara adscripción a su mundo cultural de referencia, las Américas y Europa. 

¿Por qué el peronismo dividido debería aceptar el papel de segundón en una coalición estatista y de izquierda liderada por Cristina Kirchner que ha llevado y seguirá llevando a la Argentina a un profundo fracaso económico y a una alianza indeseable estratégica con China, país con el cual deberíamos limitarnos a tener relaciones comerciales y amistosas e incluso ayudar en la solución de eventuales enfrentamientos con los Estados Unidos? ¿Por qué el peronismo dividido debería aceptar el papel de segundón en la alianza macrista, allí donde nunca ha sido debidamente apreciado, comprendido ni querido? ¿Por qué el peronismo seguiría dividido, alimentando en esa división la ridículísima “brecha” entre un kirchnerismo que se hace pasar por peronista, estando décadas atrasado en sus ideas e instrumental para pretender serlo, y un macrismo que juega a tomarlo en serio y le acepta el disfraz de peronista, reviviendo así viejos odios que el peronismo real ya había superado?

 No es que al peronismo dividido le convenga unirse para que sus dirigentes tengan mejores chances electorales o más poder por sí mismos: es la sociedad que está pidiendo a gritos algo diferente a los dos fracasos, el reciente del macrismo y el pasado y repetido actualmente, del kircherismo. Ese algo diferente es todo el peronismo hoy no identificado como fuerza comunitaria independiente, debidamente individualizada, y, peor aún, hoy atado al carro de dos perdedores. Es la hora de que ese peronismo tenga el coraje de plantarse frente a la sociedad como lo que es en realidad y terminar con la hegemonía de los dos perdedore que persisten en su estrategia de mostrarse separados según una interpretación falseada de la historia política argentina para seguir alternándose cómodamente en  el poder. ¿Por qué el peronismo sería cómplice de esta maniobra canalla para destruir su historia real y borrar sus éxitos? 

No hay oposición real entre el “peronismo” y “el antiperonismo” cuando ya supieron caminar juntos para el bien del país, ni oposición entre “conservadores liberales” y “progresistas” cuando los contenidos de toda la modernidad, económica y cultural, ya se fusionaron en el peronismo de hace tres décadas, incluso con todos los contenidos deseables de republicanismo y libertad. 

El peronismo real, o sea el que supo gobernar el país con éxito durante los años 90, tiene un muy claro lugar dibujado en la comunidad: no es ni macrismo ni kirchnerismo, es peronismo. Solo le falta ocupar ese lugar, reivindicando con orgullo un pasado de éxito que ni el macrismo ni el kirchnerismo tienen—ni por asomo—tras de sí y presentarse a la comunidad nacional como la alternativa que esta espera para las elecciones de este año. 

No le faltarán aportantes una vez que el proyecto quede claro y el peronismo real presente como currículum vitae, no solo el pasado exitoso sino la solución a una serie de necesidades pendientes. Entre estas necesidades podemos contar:  las bases para una estabilización macroeconómica con libertad para favorecer inversiones; el proyecto de una reforma laboral inteligente consensuada con una CGT que también debe perder el temor y dedicarse a una renovación cuidadosa para favorecer de verdad a los trabajadores; una reforma fiscal y un perfeccionamiento de la justicia, poniendo en primer lugar la recuperación de los activos del Estado distraídos por dirigentes anticuados o enredados por sus familiares y no el acento en la venganza política, que solo sirve para dividir más cuando lo que se precisa es considerar el bienestar espiritual del total del país; y, por último aunque dadas las circunstancias electorales debería ser lo primero, recuperación del PJ, eliminación de las listas sábana, internas limpias, todo lo que macristas y kirchneristas se negaron a reformar en las dos últimas décadas para que los representantes representen auténticamente a sus distritos y no a los dirigentes que manipulan las listas. 

Esta es quizá la hora más negra de la Argentina reciente, pero también la hora en la que aparece la límpida imagen de los años de éxito que unos y otros quisieron negar. ¿Por qué el peronismo renunciaría a su historia? ¿Por qué se dejaría pisotear una y otra vez por dirigentes que o lo niegan o lo usan, pero jamás le dan la identidad que tiene o le reconocen un éxito que jamás fue el de ellos?  El lugar del peronismo está ahí, enorme y vacío, tan grande como la esperanza de la comunidad, esperando que los dirigentes que hoy están mal ubicados o sin ubicación, lo ocupen y se presenten, no solo como lo que falta hoy, sino como lo que estuvo faltando en las dos últimas décadas y cuya falta nos llevó a la actual bancarrota. 

sábado, febrero 20, 2021

EL LEGADO NO RECLAMADO DE CARLOS MENEM

 


Y se fue el Presidente Menem, correctamente despedido en el Congreso con los honores que le correspondían y, como era previsible, despreciado hasta el último momento por mucho de la derecha y el centro y por toda la izquierda. Para unos, por los eternos defectos atribuidos al peronismo que  borran la visibilidad de cualquier éxito y, para los otros, por haber transformado el peronismo en un peronismo liberal o, lisa y llanamente, por ser él mismo un desenfadado “neoliberal”.   

La muerte del exitoso presidente que junto a Domingo Cavallo, logró una década con estabilidad monetaria y sin inflación, un despliegue de la Argentina en el mundo nunca antes visto con la inserción de la Argentina en el selecto grupo de los 20 países más importantes del mundo, y el descomunal nivel de inversión, crecimiento y modernización de toda la infraestructura productiva, incluyendo la energía y las comunicaciones, parece no haber echado una nueva luz sobre los años 90, exceptuando algunos sentidos y lúcidos homenajes aquí y allá.

 La última década argentina del siglo 20 continúa siendo criticada por lo menos determinante del destino argentino a la hora de considerar el total de la historia. Se insiste una y otra vez con definirla por la corrupción de propios y amigos, por meter mano en la Justicia para ocultarla, y por la falta de respuesta a la dificultad de una parte del aparato productivo y su fuerza laboral para reconvertirse, en vez de reconocerla y rescatada por sus éxitos.

Lo que Menem hizo, no pudo hacerlo el macrismo, cuando debiera haberlo hecho. Lo que Menem hizo, el peronismo cooptado por el kirchnerismo, se resistió hasta hoy a hacerlo. No se puede aceptar que haya sido un peronista el que encontró la llave política para destrabar el clásico antagonismo peronismo-liberalismo que consumió a la Argentina durante casi medio siglo en una guerra civil ya abierta, ya solapada: el Presidente Menem terminó con un abrazo el clásico antagonismo. El peronismo pudo no solo amigarse políticamente con el liberalismo  sino adoptar todo su instrumental económico para hacer la grandeza de la nación y la felicidad de su pueblo. 

Desde luego, los que hoy tienen menos de 30 años no tienen mucha idea de todo esto y consumen las interesadas versiones de los muchos liberales que siguen siendo antiperonistas aunque nunca tuvieron alguien que gobernara el país más de acuerdo a muchos de sus ideales que el mismo Menem, en especial en su etapa Cavallo, en las versiones del peronismo ortodoxo que no terminó de entender lo que pasó y sigue tan confundido como cuando apostó a los Kircnher, y, desde luego, el frívolo kirchnerismo heredero de los ideologismos setentistas. Bueno sería que se preguntaran por qué se persiste en disfrazar de fracaso a un éxito, ese tradicional recurso de los envidiosos incapaces de triunfar y crear un éxito propio, como demuestran los últimos veinte años de derrumbe argentino. En estos jóvenes está hoy el volumen del voto para cambiar el destino de la Argentina. ¿Despertarán a tiempo?

 En estos días, la Argentina está asfixiada por un kirchnerismo que no quiere resignarse a perder el poder y que, para ello, no vacila en comprometer el destino del país en dudosas alianzas con China --¿por qué hay militares chinos en el territorio nacional operando la base espacial de Neuquén?—o en paralizar su economía para llegar con una apariencia de estabilidad a las elecciones de octubre de este año. Entonces, la pregunta de fondo acerca de la actitud en relación a la década peronista de los 90 no hay que hacerla ni al kirchnerismo ni a la oposición: hay que hacerla a un peronismo histórico que, al respecto, sigue mudo de estos días.

¿Dónde está el dirigente peronista que se anime por fin a reclamar para sí y la Argentina el legado peronista de un presidente peronista y de una década peronista, brillante y exitosa? ¿Dónde está el dirigente peronista que se anime por fin a señalar a Duhalde no como el ilustrado piloto de tormentas sino como el creador de la tormenta—como bien lo definió Jorge Asís—al destruir la convertibilidad y la seguridad jurídica de los contratos en dólares de la Argentina? ¿Dónde está el dirigente peronista que se atreva por fin a describir el sinsentido de la ridícula “gesta” kirchnerista para hacer una revolución que sólo consiguió que hoy tengamos más de un 50% de pobres, una economía en la miseria, y ningún rol en el mundo?

 Macri podría haber sido ese dirigente, pero no quiso abrazar el peronismo o solo lo hizo cuando ya era demasiado tarde. Otros liberales siguen resistiéndose a dar ese abrazo que con tanto tino dio desde la vereda opuesta Carlos Menem (y no por ser un descendiente de árabes, tan amables y obsequiosos, como sostiene alguna otra absurda nota por ahí, también incapaz de reconocer el talento y el acierto político de un peronista). Tampoco el Presidente Fernández, escondido bajo las polleras de su vicepresidenta, se animó a dar la cara y proceder no solo en su propio favor histórico sino en el que su responsabilidad como presidente de los argentinos le indica: repetir el modelo que dio salida a décadas de frustración nacional y ayudar con su acción a que la Argentina sea otra vez un país exitoso.

El legado de Carlos Menem no tiene quien lo reclame.

¿Nadie tiene vocación de triunfo? ¿Nadie quiere encarar una verdadera gesta de redención del país y de los pobres? Cómo hacerlo no es un secreto: ya se hizo. Es fácil, solo hay que volver a hacerlo.

¿Quién se anima a reclamar el legado disponible y pendiente?

miércoles, febrero 03, 2021

PERONISMO: LA APATÍA SINDICAL

 

Mientras el kirchnerismo continúa absorbiendo puestos en el Estado para sus militantes y manteniendo la macroeconomía lo más aletargada posible con la ilusión de llegar a las elecciones en un falso clima de estabilidad, el país entero se pregunta dónde vamos y cuándo alguien va a hacer finalmente lo que corresponde. Se desea una estabilidad macroeconómica real y se anhela una economía de la producción y del comercio libre, pujante y próspera, pero nadie asume ni la descripción cabal que abarque todos los sectores y mucho menos el liderazgo de una propuesta realista e innovadora.  

Quizá lo que más sorprende en estos días es la apatía sindical: siendo la clase trabajadora tradicionalmente la columna vertical del peronismo, se esperaría de sus dirigentes, en todos los niveles sindicales, una mayor participación en el debate y una enérgica iniciativa para aportar y exigir soluciones. Es decir, lo que proveía el mismo General Perón: pensamiento eficiente y liderazgo.

El problema es que, como buena parte de la dirigencia peronista, la dirigencia sindical ha quedado atrapada en la comodidad de las fórmulas del pasado y no se ha animado—con la excepción del período conducido por Carlos Menem en los años 90—a examinarlas, reverlas y, sobre todo, a entender el rol fundamental de las organizaciones sindicales en una nueva economía liberal del siglo XXI.

Lejos de percibirse, como es habitual, en el lado opuesto de los empresarios, ya sean rurales, industriales, comerciantes, grandes, medianos o PYMES, los modernos dirigentes sindicales peronistas, deberían más bien asumir su inevitable rol de socios en la estructuración de una economía productiva que prospere, creando paulatinamente más y nuevos trabajos. Los empresarios no quieren tampoco a los sindicatos y los economistas liberales quisieran que desaparecieran, del mismo modo en que quisieran que desparezca el peronismo. Toca entonces a la dirigencia sindical, la grandeza y la inteligencia de proponer no la oposición, sino la integración, funcionando armónicamente con el empresariado para posibilitar el crecimiento. Lo que el antiperonismo no ve, el peronismo lo ve, y debe anticiparlo.

Desde un punto de vista estrictamente peronista, lo que un dirigente sindical debe hacer es proteger al trabajador y la primera protección es asegurarse de que la economía funcione en su máximo potencial como modo de mantener los puestos de trabajo existentes, crear otros nuevos y mejorar cada vez más las condiciones de trabajo y salariales. El General Perón concibió a las organizaciones sindicales como organizaciones libres, es decir independientes tanto del Estado como de los empresarios y como un poder político autónomo destinado a crear el progreso ascendente de las clases trabajadoras. Esta condición de libertad, que permitió, por ejemplo, la creación de un excelente sistema de obras sociales—que hoy debería ser mejorado para contener a los sindicatos con menos aportantes y actualizado en su gestión—y de una gran hotelería y servicios de turismo, ha quedado congelada en el tiempo, como si la libertad inicial no hubiese podido ser renovada. Ningún dirigente o equipo técnico de la CGT o de alguno de los grandes sindicatos reparó todavía en el nuevo lugar que las organizaciones sindicales pueden tomar para proteger a los trabajadores en una economía de libre mercado, abierta al mundo, altamente competitiva y proveedora de bienes y servicios de la más alta calidad.

 Desde la experiencia de loa años 90, mucha dirigencia política y sindical ha visto a este tipo de economía 100% liberal, como enemiga de los trabajadores Apoltronados en ese razonamiento izquierdista--que tan cómodo resulta al kirchnerismo y al peronismo ortodoxo tradicional de un Duhalde o un Lavagna, por sólo mencionar a dos de los resistentes a una economía 100%liberal--tanto la CGT como una buena mayoría de los dirigentes sindicales han quedado apaciblemente instalados en esa aparente “verdad”. Allí están los innumerables desocupados de los años 90 para dar testimonio y ofrecer la mitad de la verdad, siendo la otra mitad, la enarbolada por los liberales, la del fracaso de empresas poco competitivas o productoras de bienes y servicios de peor calidad que los importados.

Impresiona que la única respuesta sindical a este dilema haya sido la sistemática oposición a una reforma laboral y la constante defensa de empresas inviables—incluyendo en estas empresas a grandes porciones del Estado, saturadas de ñoquis e inútiles sin formación—para “conservar el trabajo de los trabajadores”. La posición correcta sería más bien conservar el ingreso de los trabajadores y asegurar la movilidad laboral, y con esto se inicia el cambio que debe operarse en el pensamiento sindical.

Algunas nuevas verdades justicialistas:

1) No es misión de los sindicatos ni de la CGT defender a las empresas inviables ni a los sectores del Estado que consumen salarios y recursos sin prestaciones eficientes. El foco sindical debe estar puesto en la seguridad salarial del trabajador y en la movilidad laboral del trabajador, garantizada por la pujanza de una economía próspera y en permanente crecimiento.

2) Tampoco es una misión sindical defender las empresas estatales u oponerse a su privatización. Importan los puestos de trabajo y la calidad y remuneración que éstos ofrecen al trabajador, no quién es dueño o administrador del capital.

3) Es una misión sindical crear y administrar un seguro de desempleo, del mismo modo que se crearon las obras sociales, sin fines de lucro para asegurar la mejor salud del trabajador al mejor costo posible. Con un seguro de desempleo, desaparece la mayor traba para lograr una nueva legislación laboral en la cual el trabajador esté TOTALMENTE protegido contra cualquier contingencia de desempleo. Un seguro administrado por los propios trabajadores y basado en sus aportes (más quizá un fondeo simultáneo inicial de las empresas) haría que esta protección no sea abusada como lo es en la actualidad y eliminaría a toda la casta de abogados intermediarios y promotores de juicios, hoy siempre en perjuicio de las empresas y, en última instancia, de los trabajadores, por la distorsión inevitable en la creación de empleo y, más aún, en la renuencia empresaria a emplear legalmente. El seguro de desempleo sindical tiene su efecto colateral en el sistema de jubilaciones, favoreciendo el empleo en blanco y legal.   

4) Con un 50% de pobreza, este momento es aún peor que el que encontró el General Perón en su primera concepción de la protección del trabajador, excepto en que dejó la herramienta de la organización sindical para ser usada con inteligencia. Es urgente que la educación y preparación para el trabajo alcancen a todos aquellos en edad de ingresar al mercado de trabajo y a aquellos que quedaron marginados por obsolescencia de sus conocimientos u oficios. El rol de la CGT es indelegable para restaurar la justicia social, creando pequeños núcleos de instructores en oficios y promoviendo entre los jóvenes y adultos el ingreso a un rápido bachillerato sindical que los termine de formar o los forme en lo esencial. Desde el Estado puede haber y habrá otras iniciativas, pero ninguna tan contenedora y expeditiva como la de los mismos trabajadores experimentados formando a los inexperimentados para que puedan acceder a un trabajo semejante, e incluso promoviendo las pequeñas cooperativas y micro-emprendimientos con los trabajadores en formación.

5) Por último, entender que el rol de los sindicatos puede ser tan libre y eficiente como la misma economía libre y ser capaz de defender ahora a los trabajadores con nuevos e imaginativos instrumentos. La dirigencia sindical podría muy bien dar esa sorpresa que el país está esperando del peronismo y promover ya mismo y con toda la fuerza de que las organizaciones sindicales son capaces, el gran cambio. Este cambio implica: asociarse con las equivalentes entidades empresarias para reclamar el inmediato reordenamiento de la macroeconomía con la libertad de elegir una moneda estable que permita la certeza en transacciones y salarios, y estudiar en conjunto la reforma impositiva y la reforma laboral, con la mira puesta en la inversión y la prosperidad.

Muy atrás debería quedar el tiempo en que los sindicatos y el peronismo eran vistos por el liberalismo como los enemigos a destruir, guerra que está en el origen de tanta distorsión sindical, con dirigentes permitiéndose sin culpa  extraer fondos de los sindicatos y poniéndolos a su nombre, como modo de poder seguir haciendo política.

En una sociedad libre, en esa misma sociedad libre en la que van a ser ellos mismos los aportantes de su seguro de desempleo sindical y también los mentores y padrinos de la educación laboral de los nuevos trabajadores o aspirantes al trabajo, los trabajadores pueden y deben también hacer un mínimo aporte a una auditoría, independiente del Estado y de los sindicatos, que audite a la vez las finanzas sindicales y la limpieza de las elecciones. El no robarás, debe otra vez enseñarse de abajo hacia arriba.

La dirigencia política se resiste a describir la realidad con verdad. La dirigencia sindical, en cambio, ubicada en el mismo centro político de la realidad, allí donde la ubicó el General Perón y no precisamente para que se enriqueciera o disfrutara gratuitamente de un poder que no es suyo, puede hacer el milagro del cambio que todos esperamos. Despertarnos una mañana y escuchar que alguien reclama con firmeza y poder lo que hay que reclamar: una moneda sana en la que se pueda operar libremente, una macroeconomía sana que liquide la inflación y otorgue toda la libertad e incentivo posibles a la inversión y producción, como forma certera de crear prosperidad.

Y sí, para los eternos objetivos peronistas: la grandeza de la Nación y la felicidad del pueblo.

¿Se enderezará la columna vertebral y pondrá de pie el cuerpo nacional?

domingo, enero 03, 2021

ARGENTINA: EL COMIENZO DE LA REBELIÓN

 

El Presidente Fernández parece haber resuelto su conflicto, eligiendo el kirchnerismo y no el peronismo, como muchos esperaban de él. Primero, la Patria, después el Movimiento, por último los hombres, dice el axioma peronista, pero el presidente Fernández eligió invertir los términos y poner primero a ambos Kirchner, Cristina y Máximo, al movimiento luego, tratando de conservar para sí la titularidad de un irreconocible PJ transformado por su gesto previo en un PK, y, por último, a la desorganizada Patria, que reclama una urgente reorganización económica y laboral para poder crecer, y a la que se ha vacunado políticamente, vaKunado una vez más, ante los incrédulos ojos de un 60% de los argentinos. El tema de las vacunas para enfrentar la pandemia resulta menor frente a la creciente fiebre kirchnerista, preocupada por las elecciones de 2021, de devorar toda resistencia y apoderarse de todo lo que caiga a mano, con la esperanza de salvarse, aún a costa de la destrucción nacional.

¿Dónde reside el poder del kirchnerismo para terminar de doblegar a un presidente y seguir intentando postrar, una vez más un país? En un 30% de desesperados por planes que ya no alcanzan, en una mayoría variable en Diputados, una mayoría más sólida en el Senado, y en una red de funcionarios adictos en el Estado, que dependen del Poder Ejecutivo. Eso a Cristina Fernández de Kirchner solo puede alcanzarle con un Presidente obediente y, sobre todo, con un peronismo obediente. Pero el peronismo no la quiere, y por más cálculos electorales que muchos peronistas puedan hacer sobre sus destinos personales, a ninguno se le escapa que si las cosas siguen así, el kirchnerismo sólo juntará más poder por defección de los que podrían enderezar el rumbo. Al peronismo le corresponde la primera línea de resistencia al kirchnerismo, poniendo como corresponde a la Patria primero, al Movimiento después y a los intereses personales de los hombres, en ultimísimo lugar.

Es del peronismo no kirchnerista de quien se espera hoy una rebelión manifiesta. Ese peronismo—hoy disperso en la Cámara de Diputados y en el Senado, en las gobernaciones e Intendencias y, mucho más específicamente, en las filas sindicales—no quiere una Argentina venezolanizada, con un Estado destruyendo toda posibilidad de inversión privada y, por lo tanto, de trabajo y de progreso real colectivo.

La rebelión ya ha comenzado, encabezada una vez más por las nuevamente atacadas entidades del campo, acompañadas por las empresas tanto exportadoras como por las productoras locales que precisan insumos importados. No tardaremos en ver la rebelión imprescindible para torcer rápidamente el rumbo: la de un peronismo que finalmente desaloje al kirchnerismo de un poder que jamás debió haberse dejado usurpar.

El peronismo no es un movimiento socialista y ya ni siquiera estatista, siendo su preocupación principal asegurar el trabajo y el bienestar de los trabajadores, sólo posible con una intensiva inversión capitalista y una modernización y rediseño de los sindicatos para asegurar, a la vez, una máxima productividad y una protección cabal de los trabajadores. En las batallas que se avecinan para derrumbar el mito del inextinguible poder kirchnerista, los dirigentes sindicales más importantes serán los grandes aliados de  las entidades productivas. Faltan los líderes peronistas que se anoten en la diferenciación pública entre peronismo y kirchnerismo, y entre una economía a la Venezolana o una economía capitalista y libre, abierta al mundo. Basta con uno que se levante, para que los demás lo sigan.

Ni siquiera se trata de hacer un partido, ni de preocuparse mucho por el PJ, sino de crear un irreversible movimiento hacia el orden y hacia la luz. Hay peronistas en todas partes, ni qué decir en la electoralmente exitosa coalición hoy en el poder, y también en la oposición, en los cuadros peronistas que revistaron junto a Macri y que hoy por fuerza  tienen vuelo propio, todos además con representantes en Diputados y en el Senado, en las Gobernaciones y en las Intendencias de todo el país. Se trata, sí, una vez más, de un movimiento amplio, para servir a la Patria. De un movimiento que funcionará, como muchas otras veces en el pasado, como anticuerpo para destruir todo aquello que solo llevó al fracaso.

Si éstas son horas de dolor y desconcierto, también son horas de esperanza, en tanto ésta reside en la conducta honorable de todos aquellos que no se rinden, que no aceptan el robo y la distorsión de una historia, y que tienen la voz y el lugar para hacerse oír y valer.

No es Cristina Kirchner la persona más poderosa del país aunque actúe  como si esto fuera cierto, creyendo quizá que con la ilusión y los velos amedrentará a los rivales, tal como ha sucedido en muchos casos en el pasado. Lamentablemente para ella y sus interesados seguidores, el poder real está en el conjunto del pueblo argentino con sus necesidades totalmente incomprendidas e insatisfechas y su frustrado impulso de producir, trabajar y crecer. Falta quiénes se alcen y representen debidamente a este pueblo, formulando un plan claro y dentro de un proyecto sencillo de comprender para todos.

Un movimiento, el Movimiento.